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Sunday 22 May 2022 00:25:04 GMT
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El sueño es un proceso fisiológico complejo, regulado por los ritmos circadianos y organizado en ciclos de aproximadamente 90 minutos que se repiten de cuatro a seis veces por noche.  Cada ciclo incluye fases de sueño ligero (N1, N2), sueño profundo (N3) y sueño REM.  La calidad del descanso depende no solo de su duración, sino también de la continuidad del sueño, de la fase en que se produce el despertar y de la sincronización con el reloj biológico. Despertar durante una fase de sueño ligero es fisiológicamente más favorable, pues el cerebro ya se encuentra en condiciones próximas a la vigilia.  En cambio, un despertar en sueño profundo o en fase REM puede provocar inercia del sueño, un estado transitorio de hiporreactividad que puede durar entre 30 minutos y varias horas.  Esto explica por qué, en determinadas circunstancias, seis horas de sueño continuo y bien estructurado pueden resultar más reparadoras que ocho horas fragmentadas o que finalizan en una fase no favorable del ciclo. La calidad del sueño es determinante: las interrupciones frecuentes impiden que el cerebro complete eficazmente los ciclos fisiológicos y comprometen sus beneficios neurocognitivos y metabólicos.  Además, el desajuste con el ritmo circadiano reduce la calidad del sueño, independientemente de su duración. Existen casos raros de «short sleepers» —personas con variantes genéticas (p. ej., DEC2, ADRB1)— que se recuperan eficazmente con cinco o seis horas de sueño; sin embargo, son excepciones que no pueden generalizarse. La evidencia científica indica que la mayoría de los adultos necesita entre siete y nueve horas de sueño para garantizar el correcto funcionamiento de los sistemas nervioso, inmunológico, endocrino y cardiovascular.  La privación crónica de sueño, aunque subjetivamente tolerada, se asocia con un mayor riesgo de enfermedades cardiometabólicas y neurodegenerativas.
El sueño es un proceso fisiológico complejo, regulado por los ritmos circadianos y organizado en ciclos de aproximadamente 90 minutos que se repiten de cuatro a seis veces por noche. Cada ciclo incluye fases de sueño ligero (N1, N2), sueño profundo (N3) y sueño REM. La calidad del descanso depende no solo de su duración, sino también de la continuidad del sueño, de la fase en que se produce el despertar y de la sincronización con el reloj biológico. Despertar durante una fase de sueño ligero es fisiológicamente más favorable, pues el cerebro ya se encuentra en condiciones próximas a la vigilia. En cambio, un despertar en sueño profundo o en fase REM puede provocar inercia del sueño, un estado transitorio de hiporreactividad que puede durar entre 30 minutos y varias horas. Esto explica por qué, en determinadas circunstancias, seis horas de sueño continuo y bien estructurado pueden resultar más reparadoras que ocho horas fragmentadas o que finalizan en una fase no favorable del ciclo. La calidad del sueño es determinante: las interrupciones frecuentes impiden que el cerebro complete eficazmente los ciclos fisiológicos y comprometen sus beneficios neurocognitivos y metabólicos. Además, el desajuste con el ritmo circadiano reduce la calidad del sueño, independientemente de su duración. Existen casos raros de «short sleepers» —personas con variantes genéticas (p. ej., DEC2, ADRB1)— que se recuperan eficazmente con cinco o seis horas de sueño; sin embargo, son excepciones que no pueden generalizarse. La evidencia científica indica que la mayoría de los adultos necesita entre siete y nueve horas de sueño para garantizar el correcto funcionamiento de los sistemas nervioso, inmunológico, endocrino y cardiovascular. La privación crónica de sueño, aunque subjetivamente tolerada, se asocia con un mayor riesgo de enfermedades cardiometabólicas y neurodegenerativas.

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