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erasyl.akhmet
erasyl.akhmet :
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2025-03-27 07:56:47
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angelwk2m
𝕯𝖆𝖗𝖐 𝕬𝖓𝖌𝖊𝖑 :
мен 5 сын енды Маган чикен,суши,пицца,кола берындер🤣
2025-03-27 07:58:37
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almasnazarbay
boks :
1
2025-03-27 08:00:00
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_be1bxxq_
𝓫𝓮𝓲𝓫𝓲𝓽 :
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2025-03-27 08:01:34
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neznahj4
Блмим :
🤣🤣🤣🤣🤣🤣
2025-03-29 08:16:36
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neznahj4
Блмим :
🔥🔥🔥
2025-03-29 08:16:38
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uur_80
Asylbekuly :
😁
2025-08-04 15:35:06
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Socrates (470 a. C.–399 a. C.) afirmaba que filosofar era aprender a morir. Martin Heidegger (1889–1976) sostenía que el ser humano solo comprende realmente su existencia cuando enfrenta la certeza de su final. Y Albert Camus (1913–1960) observó que la pregunta más seria de la filosofía es decidir si la vida merece o no ser vivida. Por eso, la verdadera inquietud de la muerte no está en morir, sino en interrumpir una vida que quizás nunca terminamos de comprender. “Si la muerte se sentara junto a ti y te dijera: ‘Termina de comer, es hora de irnos.’ ¿Qué le responderías?” La pregunta parece simple, pero destruye una ilusión silenciosa: la idea de que siempre habrá más tiempo. Más tiempo para cambiar. Más tiempo para amar. Más tiempo para convertirnos en alguien distinto de quien somos ahora. La mayoría de las personas no teme a la muerte en sí misma. Teme descubrir, en el último instante, que vivió postergando su propia existencia. Porque el ser humano actúa como si la vida fuera una reserva infinita de días, cuando en realidad cada rutina repetida, cada conversación evitada y cada deseo aplazado es una pequeña renuncia acumulándose en silencio. La muerte no vuelve valiosa a la vida por alguna belleza romántica. La vuelve valiosa porque impone límite. Sin final, nada tendría urgencia. Sin pérdida, nada parecería irrepetible. Y tal vez la pregunta más incómoda no sea qué responderíamos a la muerte cuando venga a buscarnos. Tal vez la pregunta real sea otra: ¿por qué esperamos la presencia de la muerte para empezar a cuestionar si realmente estamos viviendo?
Socrates (470 a. C.–399 a. C.) afirmaba que filosofar era aprender a morir. Martin Heidegger (1889–1976) sostenía que el ser humano solo comprende realmente su existencia cuando enfrenta la certeza de su final. Y Albert Camus (1913–1960) observó que la pregunta más seria de la filosofía es decidir si la vida merece o no ser vivida. Por eso, la verdadera inquietud de la muerte no está en morir, sino en interrumpir una vida que quizás nunca terminamos de comprender. “Si la muerte se sentara junto a ti y te dijera: ‘Termina de comer, es hora de irnos.’ ¿Qué le responderías?” La pregunta parece simple, pero destruye una ilusión silenciosa: la idea de que siempre habrá más tiempo. Más tiempo para cambiar. Más tiempo para amar. Más tiempo para convertirnos en alguien distinto de quien somos ahora. La mayoría de las personas no teme a la muerte en sí misma. Teme descubrir, en el último instante, que vivió postergando su propia existencia. Porque el ser humano actúa como si la vida fuera una reserva infinita de días, cuando en realidad cada rutina repetida, cada conversación evitada y cada deseo aplazado es una pequeña renuncia acumulándose en silencio. La muerte no vuelve valiosa a la vida por alguna belleza romántica. La vuelve valiosa porque impone límite. Sin final, nada tendría urgencia. Sin pérdida, nada parecería irrepetible. Y tal vez la pregunta más incómoda no sea qué responderíamos a la muerte cuando venga a buscarnos. Tal vez la pregunta real sea otra: ¿por qué esperamos la presencia de la muerte para empezar a cuestionar si realmente estamos viviendo?

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