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حيا تي عذاب
حيا تي عذاب
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saif_5611
سيوفي :
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2025-08-29 20:44:44
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En el verano de 1986, en el campus de la Universidad del Sur de California (USC) en Los Ángeles, fui testigo de un momento tan cargado de tensión y dramatismo, que aún hoy me estremece recordarlo. Andrés Segovia impartía lo que sería sus últimas clases magistrales. Moriría apenas siete meses después, a los 94 años.  El ambiente en la sala era denso, casi místico. Reinaba un silencio sagrado, como si todos supiéramos —instintivamente— que estábamos presenciando el final de una era. Entonces, sucedió.  Uno de los estudiantes interpretó Mallorca, de Albéniz. Pero cometió un pecado capital ante los ojos del Maestro: había cambiado la digitación original publicada por Segovia con la editorial Schott. A los segundos de iniciar, Segovia lo observó fijamente. Su mirada no era de simple desaprobación… era un veredicto. Y luego, con una voz baja, firme, cargada de decepción y un dejo de furia contenida, inició un ataque despiadado frente a mil personas estupefactas. La tensión en la sala era insoportable. Nadie osaba moverse. El estudiante, pálido y derrotado, recogió su partitura y abandonó el aula en completo silencio. El aire seguía cortante. Segovia retomó las masterclasses … pero todos sabíamos que algo se había quebrado. No fue un acto de crueldad. Fue una lección inapelable sobre respeto: al compositor, a la obra… y al trabajo del Maestro. Andrés Segovia no solo enseñaba técnica; impartía disciplina, legado, fidelidad. En honor a la justicia, vale la pena mencionar que la condición para participar de la masterclass era
En el verano de 1986, en el campus de la Universidad del Sur de California (USC) en Los Ángeles, fui testigo de un momento tan cargado de tensión y dramatismo, que aún hoy me estremece recordarlo. Andrés Segovia impartía lo que sería sus últimas clases magistrales. Moriría apenas siete meses después, a los 94 años. El ambiente en la sala era denso, casi místico. Reinaba un silencio sagrado, como si todos supiéramos —instintivamente— que estábamos presenciando el final de una era. Entonces, sucedió. Uno de los estudiantes interpretó Mallorca, de Albéniz. Pero cometió un pecado capital ante los ojos del Maestro: había cambiado la digitación original publicada por Segovia con la editorial Schott. A los segundos de iniciar, Segovia lo observó fijamente. Su mirada no era de simple desaprobación… era un veredicto. Y luego, con una voz baja, firme, cargada de decepción y un dejo de furia contenida, inició un ataque despiadado frente a mil personas estupefactas. La tensión en la sala era insoportable. Nadie osaba moverse. El estudiante, pálido y derrotado, recogió su partitura y abandonó el aula en completo silencio. El aire seguía cortante. Segovia retomó las masterclasses … pero todos sabíamos que algo se había quebrado. No fue un acto de crueldad. Fue una lección inapelable sobre respeto: al compositor, a la obra… y al trabajo del Maestro. Andrés Segovia no solo enseñaba técnica; impartía disciplina, legado, fidelidad. En honor a la justicia, vale la pena mencionar que la condición para participar de la masterclass era "tocar las transcripciones de Segovia". Por respeto, mantendré el nombre del alumno en el anonimato. Pero ese día… ese día, ninguno de nosotros salió igual de esa sala. Renato Bellucci © mangore.com S.D.G. #classicalguitar #guitarsolo #segoviamasterclass

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