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2026-03-03 03:45:03
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“Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis.” Juan 13:14-15 En una sala marcada por el silencio, cuando todos esperaban grandeza en forma de trono, Jesús reveló Su reino de otra manera: se arrodilló. El Maestro tomó el lugar del siervo. El que podía ser servido, decidió servir. El que sostenía la gloria del cielo, inclinó Sus manos para tocar el polvo de los pies cansados. Uno por uno, lavó aquello que el camino había ensuciado. No lo hizo por obligación, sino por amor. Porque el amor verdadero no solo habla, también se humilla, también se acerca, también se arrodilla. Seguramente los discípulos quedaron en silencio, mirando una escena que rompía toda lógica humana. Jesús les estaba enseñando que en el reino de Dios la grandeza no está en ser exaltado, sino en aprender a servir. Qué profundo es este gesto. Porque no solo limpió pies, también limpió orgullos, rompió esquemas y dejó una lección eterna en el corazón de los suyos. El amor de Cristo no busca el primer lugar para ser aplaudido. Busca el lugar más humilde para mostrar su esencia. Ama con hechos. Ama con ternura. Ama sirviendo. Y hoy, esa misma voz nos sigue llamando a vivir un amor que no sea solo palabra, sino entrega. Un amor que no solo siente, sino que actúa. Un amor que se parece a Jesús. Porque servir también es amar. Y humillarse por el bien de otro también es una forma santa de reflejar el cielo. El amor de Jesús no se quedó en discursos; se inclinó para servir. Y quien aprende a amar como Cristo, también aprende a arrodillarse por otros.
“Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis.” Juan 13:14-15 En una sala marcada por el silencio, cuando todos esperaban grandeza en forma de trono, Jesús reveló Su reino de otra manera: se arrodilló. El Maestro tomó el lugar del siervo. El que podía ser servido, decidió servir. El que sostenía la gloria del cielo, inclinó Sus manos para tocar el polvo de los pies cansados. Uno por uno, lavó aquello que el camino había ensuciado. No lo hizo por obligación, sino por amor. Porque el amor verdadero no solo habla, también se humilla, también se acerca, también se arrodilla. Seguramente los discípulos quedaron en silencio, mirando una escena que rompía toda lógica humana. Jesús les estaba enseñando que en el reino de Dios la grandeza no está en ser exaltado, sino en aprender a servir. Qué profundo es este gesto. Porque no solo limpió pies, también limpió orgullos, rompió esquemas y dejó una lección eterna en el corazón de los suyos. El amor de Cristo no busca el primer lugar para ser aplaudido. Busca el lugar más humilde para mostrar su esencia. Ama con hechos. Ama con ternura. Ama sirviendo. Y hoy, esa misma voz nos sigue llamando a vivir un amor que no sea solo palabra, sino entrega. Un amor que no solo siente, sino que actúa. Un amor que se parece a Jesús. Porque servir también es amar. Y humillarse por el bien de otro también es una forma santa de reflejar el cielo. El amor de Jesús no se quedó en discursos; se inclinó para servir. Y quien aprende a amar como Cristo, también aprende a arrodillarse por otros.

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