Erika Alvarez :
En una escuela donde los pasillos están llenos de risas, también se esconden silencios incómodos. Es un lugar donde el bullying no es un caso aislado, sino una rutina que muchos han aprendido a ignorar. Los estudiantes que lo sufren caminan con la mirada baja, cargando palabras que duelen más que cualquier golpe, mientras quienes deberían protegerlos miran hacia otro lado.
Se organizan campañas, se crean “escuadrones contra el bullying”, se pegan carteles coloridos en las paredes hablando de respeto… pero todo se queda en la superficie. Porque cuando el problema ocurre de verdad —en el aula, en el baño, en el recreo— nadie interviene. Los profesores dicen no haber visto nada, los directivos prefieren evitar conflictos, y los compañeros, por miedo o indiferencia, guardan silencio.
Así, la escuela se convierte en un lugar inseguro para quienes más necesitan apoyo. Los estudiantes afectados no solo enfrentan a sus agresores, sino también el abandono de un sistema que promete cuidarlos, pero falla en hacerlo. Y lo más triste es que aprenden, demasiado pronto, que pedir ayuda no siempre significa recibirla.
Porque el verdadero problema no es solo el bullying… es la indiferencia de quienes podrían detenerlo y deciden no hacerlo.
2026-03-18 16:59:31