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En 1969, dos adolescentes fueron llevados a un hotel de Senta para conocer al hombre que figuraba como su padrino. Una tenía 12 años. El otro, 16. Nunca habían crecido bajo su cuidado y pertenecían a familias distintas. Su padrino era Josip Broz Tito. Jolanda Rudič y Ferenc Heredi compartían un detalle muy concreto: ambos eran el noveno hijo de sus respectivas familias. El 19 de abril de 1969, durante una visita oficial de Tito y su esposa Jovanka a la región de Vojvodina, los dos jóvenes finalmente pudieron reunirse con ellos en el hotel Panonija. Detrás de aquel encuentro sobrevivía una costumbre mucho más antigua que la Yugoslavia socialista. En la Yugoslavia monárquica existía la tradición de que el soberano asumiera simbólicamente el padrinazgo del noveno hijo varón de determinadas familias. La práctica tenía raíces anteriores vinculadas a tradiciones serbias de parentesco ritual. Después de la Segunda Guerra Mundial desapareció la monarquía. La costumbre no desapareció con ella. Tito la conservó, pero la adaptó al nuevo Estado. Ya no se trataba necesariamente de un bautismo religioso. El padrinazgo podía ser secular y, con el tiempo, dejó de estar reservado exclusivamente a los niños varones. Eso tenía una consecuencia particular en un país formado por poblaciones ortodoxas, católicas, musulmanas y de otras procedencias: el vínculo podía presentarse como una relación con el jefe del Estado, no con una iglesia concreta. Tito tampoco aparecía personalmente cada vez que nacía un noveno hijo. Las familias podían escribir a su oficina y, cuando el padrinazgo era aceptado, otra persona podía representarlo. La familia Gruden dejó un ejemplo conocido. Cuando nació su noveno hijo, su madre escribió al Mariscalato. Tito aceptó el padrinazgo y el dirigente Slobodan Penezić Krcun acudió en su representación. Muchos de aquellos ahijados nunca tuvieron una relación personal con Tito. Jolanda y Ferenc sí llegaron a conocerlo. El archivo del Museo de Yugoslavia conservó el registro de aquella visita de 1969 y el motivo específico del encuentro. La escena resulta extraña precisamente por el sistema político en el que ocurrió. Los reyes yugoslavos habían desaparecido. El país se había convertido en una república socialista. Pero una antigua costumbre vinculada al soberano había conseguido atravesar el cambio de régimen. Cambió el palacio por el Mariscalato. Cambió algunas de sus reglas. Y durante un tiempo, el noveno hijo de una familia todavía podía descubrir que su padrino era el jefe de Yugoslavia.
En 1969, dos adolescentes fueron llevados a un hotel de Senta para conocer al hombre que figuraba como su padrino. Una tenía 12 años. El otro, 16. Nunca habían crecido bajo su cuidado y pertenecían a familias distintas. Su padrino era Josip Broz Tito. Jolanda Rudič y Ferenc Heredi compartían un detalle muy concreto: ambos eran el noveno hijo de sus respectivas familias. El 19 de abril de 1969, durante una visita oficial de Tito y su esposa Jovanka a la región de Vojvodina, los dos jóvenes finalmente pudieron reunirse con ellos en el hotel Panonija. Detrás de aquel encuentro sobrevivía una costumbre mucho más antigua que la Yugoslavia socialista. En la Yugoslavia monárquica existía la tradición de que el soberano asumiera simbólicamente el padrinazgo del noveno hijo varón de determinadas familias. La práctica tenía raíces anteriores vinculadas a tradiciones serbias de parentesco ritual. Después de la Segunda Guerra Mundial desapareció la monarquía. La costumbre no desapareció con ella. Tito la conservó, pero la adaptó al nuevo Estado. Ya no se trataba necesariamente de un bautismo religioso. El padrinazgo podía ser secular y, con el tiempo, dejó de estar reservado exclusivamente a los niños varones. Eso tenía una consecuencia particular en un país formado por poblaciones ortodoxas, católicas, musulmanas y de otras procedencias: el vínculo podía presentarse como una relación con el jefe del Estado, no con una iglesia concreta. Tito tampoco aparecía personalmente cada vez que nacía un noveno hijo. Las familias podían escribir a su oficina y, cuando el padrinazgo era aceptado, otra persona podía representarlo. La familia Gruden dejó un ejemplo conocido. Cuando nació su noveno hijo, su madre escribió al Mariscalato. Tito aceptó el padrinazgo y el dirigente Slobodan Penezić Krcun acudió en su representación. Muchos de aquellos ahijados nunca tuvieron una relación personal con Tito. Jolanda y Ferenc sí llegaron a conocerlo. El archivo del Museo de Yugoslavia conservó el registro de aquella visita de 1969 y el motivo específico del encuentro. La escena resulta extraña precisamente por el sistema político en el que ocurrió. Los reyes yugoslavos habían desaparecido. El país se había convertido en una república socialista. Pero una antigua costumbre vinculada al soberano había conseguido atravesar el cambio de régimen. Cambió el palacio por el Mariscalato. Cambió algunas de sus reglas. Y durante un tiempo, el noveno hijo de una familia todavía podía descubrir que su padrino era el jefe de Yugoslavia.

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