Fran :
¿Por qué tendríamos tanta prisa por crecer? Qué trampa tan silenciosa e inevitable es la madurez. Nadie nos advirtió que ser adultos significaba extrañar con el alma lo que entonces nos parecía tan común.
A medida que sumamos años y responsabilidades, se vuelve más claro que el verdadero tesoro de la vida ya lo tuvimos y lo dejamos ir. Estaba ahí, en esas tardes eternas y mágicas donde el mundo se reducía a una pelota, una vereda y un grupo de amigos corriendo sin parar. Tardes donde no existía el ayer ni el mañana, solo el "ahora".
Lo más doloroso de aquellos días, lo único que de verdad nos arruinaba el momento, era ver cómo el cielo se teñía de naranja. Esa caída de la noche que anunciaba el final del juego, cuando se escuchaba el grito de nuestras madres desde la puerta y, con el corazón un poquito roto, cada uno tenía que volver a su casa.
Quién nos iba a decir que la verdadera felicidad era esa: tener las rodillas raspadas, los zapatos llenos de tierra, y a las personas que más queríamos al alcance de un grito. Qué ganas de volver, aunque sea un ratito, a ese tiempo donde el único final que nos asustaba era el de un día de juegos.
2026-06-15 02:40:54