Pastor Ynestroza :
Yo también, en un momento de presión (ojo, no me justifico), pequé al juzgar a Dios como injusto. Hubo un tiempo en el que sentía envidia de los malvados al ver mis necesidades y observar cómo ellos prosperaban económicamente, como si nada les afectara. Llegué a cuestionar tanto a Dios que le decía: "No vale la pena servirte". Le reclamaba: Mira cómo estos impíos prosperan y mírame a mí aquí, sirviéndote y pasando necesidades", hasta que llegó el momento en que me di cuenta de que el problema no era Dios, sino yo.
Un día leí ese capítulo maravilloso que ministró mi vida. Todo sucedió así: venía de la calle y entré a la habitación donde vivía alquilado; me sentía realmente frustrado, rabioso y con ganas de abandonarlo todo. Tomé la Biblia de la cama, la abrí y dije: A ver, qué es lo que tú me quieres decir. de verdad no busqué un pasaje específico; simplemente decidí que leería lo primero que encontrara.
Y encontré, precisamente, el Salmo 73:1-28. Wow! Me identifiqué totalmente con ese hombre el salmista Asaf. Fue en el versículo 17 donde me quebranté; el versículo dice: "Hasta que entrando en el santuario de Dios".
En ese instante entendí lo que me pasaba: me había alejado del lugar del cual nunca debí salir. A pesar de estar en el ministerio y asistir a la iglesia, me encontraba fuera del santuario de Dios porque había descuidado la oración. Lloré a moco suelto, me arrepentí y le pedí perdón a mi Señor. Fue entonces cuando pude comprender muchas cosas. Él, en su infinita bondad, me levantó. ¡Aleluya, gloria a Dios!
2026-05-06 02:35:35