Miguel angel :
Siempre he tenido una relación extraña y compleja con la soledad: me ha gustado, me ha atraído, e incluso la he buscado con ansia, porque en mi propio espacio encontraba la única paz que el mundo no podía quitarme. Disfrutaba de tener atención, de sentir que existía para alguien más, pero también necesitaba esos momentos de silencio absoluto donde solo estaba yo con mis pensamientos, con mis dudas y con todo lo que me dolía por dentro. Sin embargo, bajo todo ese gusto por el aislamiento, se escondía un miedo profundo, un terror que me ha carcomido por mucho tiempo: el miedo real, devastador, de quedarme verdaderamente solo, de ser el único que se quedara atrás, estancado mientras todos los demás seguían avanzando.
Nunca fui de tener muchos amigos, ni mucho menos de socializar con facilidad; siempre me costó abrirme y mostrarme tal cual soy, y eso me ha hecho sentir muchas veces invisible o desconectado de los demás. Por eso, cuando alguien se acordaba de mí, cuando me invitaban a esas pequeñas reuniones que para muchos podían parecer insignificantes, para mí eran momentos magníficos, eran como un rayo de luz en medio de tanta oscuridad, porque sentía que, de alguna forma, yo también pertenecía a algo, que yo también era parte de sus vidas. Pero al volver a mi soledad, regresaba ese dolor punzante: el miedo terrible de ser yo quien se quedara detenido en el tiempo, viendo cómo el mundo seguía girando sin mí.
Pensar en mi edad ha sido una de las cargas más pesadas que he llevado. Cumplí 23 años y empecé una carrera, y durante mucho tiempo me torturé pensando que iba demasiado tarde, que ya se me había pasado el momento, que todos los de mi edad ya tenían su camino trazado, sus logros, sus vidas resueltas, y yo... yo apenas estaba empezando, sintiéndome pequeño, retrasado, como si fuera un fracaso en comparación con los demás. Me dolía en el alma ver la diferencia, sentía que el tiempo corría en mi contra y que cada año que pasaba era una oportunidad perdida que nunca recuperaría.
2026-05-16 00:55:03