@anime_drawing_97: Unboxing Luffy Gear 5 VS Borsalino 🏴‍☠️ #onepiece #luffy #figure #collector #ichiban Figura de @JPfans

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Monday 18 May 2026 15:57:44 GMT
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albanmacula
🛸ē|oí™🪐️ :
soooooo cool bro i love it bro ik ur action figures are expensive but can i please have one my parents don't buy me one but if u don't want to thats ok keep up with all the hard work im a big fan bye if u want to give dm me thank u for reading this
2026-05-18 18:12:15
0
elcuadernodepaloma
elcuadernodepaloma :
😳😳👏
2026-05-18 18:43:41
0
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CUANDO ESTE MUEBLE ERA EL LUJO DE LA CASA Hubo un tiempo en que entrar a una casa y ver una televisión, un DVD, un buen estéreo y varias películas acomodadas en su mueble era suficiente para quedarse mirando. No eran cosas que hubiera en todos los hogares ni se compraban de un día para otro. Tenerlas costaba, y cuando en una casa lograban juntar todo aquello, se cuidaba porque representaba años de trabajo y también uno de los gustos más grandes de la familia. Para un niño era todavía más especial. Si en su casa había televisión, DVD, películas y un modular donde poner música, fácilmente podía convertirse en el niño más envidiado de la cuadra, porque sabía que tarde o temprano los amigos iban a querer ir a su casa. La televisión ocupaba el lugar principal. Era grande, pesada, de esas que para moverlas se necesitaban dos personas y que tenían una enorme parte trasera. No importaba que la pantalla fuera de 19 o 21 pulgadas; para aquellos años tenerla ahí era suficiente. Después llegó el DVD y aquello pareció una maravilla. Ya no solamente estaba la televisión para mirar los canales de siempre, ahora se podía escoger una película y verla cuando uno quisiera. Pero escoger una película tampoco era como ahora, que basta con buscarla y tocar una pantalla. Había que salir de casa, caminar hasta el lugar donde rentaban películas, mirar las cajas una por una y decidir cuál llevar. Muchas veces la película que uno quería ya estaba rentada y tocaba escoger otra o regresar después con la esperanza de encontrarla. Cuando por fin llegabas con la película, comenzaba otra parte de aquel gusto. Se juntaban los hermanos, los primos o los amigos, alguien preparaba algo para comer y todos buscaban dónde sentarse. Si la película era nueva, hasta los vecinos preguntaban si estaba buena. Y cuando una película gustaba mucho, se compraba para tenerla en casa. Así comenzaron a juntarse los VHS, después los DVD y aquellas cajas que se acomodaban a un lado de la televisión como si fueran una pequeña colección. Titanic, El Rey León, Aladdín, La Bella y la Bestia y tantas otras terminaron siendo parte de tardes y noches que mucha gente todavía recuerda. Con la música pasaba algo parecido. Si querías escuchar a tu cantante favorito no había una aplicación esperando en el teléfono. Había que comprar el casete o el CD. Uno iba a buscarlo, preguntaba cuánto costaba y, si alcanzaba el dinero, regresaba contento con él en la mano. Llegabas a la casa, prendías el modular, abrías la bandeja, colocabas el disco y comenzaba a sonar. Había canciones que se repetían tantas veces que uno terminaba aprendiendo en qué número de pista estaban. Y si llegaban los amigos, alguien terminaba presumiendo el estéreo: se le subía un poco al volumen para que aquellas bocinas grandes demostraran lo que podían hacer. Pero había algo que reunía todo aquello y que hoy casi nadie recuerda con la importancia que tuvo: el mueble de la televisión. Aquel mueble de madera con varios espacios no estaba ahí solamente para sostener aparatos. Durante muchos años fue prácticamente el centro de la sala. En medio iba la televisión; en otro espacio se acomodaba el estéreo; a los lados estaban las bocinas, el DVD, las películas y los discos. Y como siempre quedaba algún huequito, la mamá encontraba qué poner: una fotografía de los hijos, un reloj, una carpeta tejida, alguna figurita de porcelana, una alcancía de barro o ese adorno que llevaba tantos años en la familia que nadie recordaba quién lo había comprado. Ese mueble también decía mucho de la casa. Se limpiaba con cuidado, se acomodaban los cables para que no se vieran tanto y cada cosa tenía su lugar. Cuando llegaba visita, aquello era de lo primero que encontraba al entrar a la sala. No hacía falta tener una casa elegante. Una televisión bien acomodada, el modular con sus dos bocinas, unas cuantas películas y los adornitos alrededor hacían que la sala se sintiera completa. Para muchas familias ese era su pequeño lujo, conseguido poco a poco,
CUANDO ESTE MUEBLE ERA EL LUJO DE LA CASA Hubo un tiempo en que entrar a una casa y ver una televisión, un DVD, un buen estéreo y varias películas acomodadas en su mueble era suficiente para quedarse mirando. No eran cosas que hubiera en todos los hogares ni se compraban de un día para otro. Tenerlas costaba, y cuando en una casa lograban juntar todo aquello, se cuidaba porque representaba años de trabajo y también uno de los gustos más grandes de la familia. Para un niño era todavía más especial. Si en su casa había televisión, DVD, películas y un modular donde poner música, fácilmente podía convertirse en el niño más envidiado de la cuadra, porque sabía que tarde o temprano los amigos iban a querer ir a su casa. La televisión ocupaba el lugar principal. Era grande, pesada, de esas que para moverlas se necesitaban dos personas y que tenían una enorme parte trasera. No importaba que la pantalla fuera de 19 o 21 pulgadas; para aquellos años tenerla ahí era suficiente. Después llegó el DVD y aquello pareció una maravilla. Ya no solamente estaba la televisión para mirar los canales de siempre, ahora se podía escoger una película y verla cuando uno quisiera. Pero escoger una película tampoco era como ahora, que basta con buscarla y tocar una pantalla. Había que salir de casa, caminar hasta el lugar donde rentaban películas, mirar las cajas una por una y decidir cuál llevar. Muchas veces la película que uno quería ya estaba rentada y tocaba escoger otra o regresar después con la esperanza de encontrarla. Cuando por fin llegabas con la película, comenzaba otra parte de aquel gusto. Se juntaban los hermanos, los primos o los amigos, alguien preparaba algo para comer y todos buscaban dónde sentarse. Si la película era nueva, hasta los vecinos preguntaban si estaba buena. Y cuando una película gustaba mucho, se compraba para tenerla en casa. Así comenzaron a juntarse los VHS, después los DVD y aquellas cajas que se acomodaban a un lado de la televisión como si fueran una pequeña colección. Titanic, El Rey León, Aladdín, La Bella y la Bestia y tantas otras terminaron siendo parte de tardes y noches que mucha gente todavía recuerda. Con la música pasaba algo parecido. Si querías escuchar a tu cantante favorito no había una aplicación esperando en el teléfono. Había que comprar el casete o el CD. Uno iba a buscarlo, preguntaba cuánto costaba y, si alcanzaba el dinero, regresaba contento con él en la mano. Llegabas a la casa, prendías el modular, abrías la bandeja, colocabas el disco y comenzaba a sonar. Había canciones que se repetían tantas veces que uno terminaba aprendiendo en qué número de pista estaban. Y si llegaban los amigos, alguien terminaba presumiendo el estéreo: se le subía un poco al volumen para que aquellas bocinas grandes demostraran lo que podían hacer. Pero había algo que reunía todo aquello y que hoy casi nadie recuerda con la importancia que tuvo: el mueble de la televisión. Aquel mueble de madera con varios espacios no estaba ahí solamente para sostener aparatos. Durante muchos años fue prácticamente el centro de la sala. En medio iba la televisión; en otro espacio se acomodaba el estéreo; a los lados estaban las bocinas, el DVD, las películas y los discos. Y como siempre quedaba algún huequito, la mamá encontraba qué poner: una fotografía de los hijos, un reloj, una carpeta tejida, alguna figurita de porcelana, una alcancía de barro o ese adorno que llevaba tantos años en la familia que nadie recordaba quién lo había comprado. Ese mueble también decía mucho de la casa. Se limpiaba con cuidado, se acomodaban los cables para que no se vieran tanto y cada cosa tenía su lugar. Cuando llegaba visita, aquello era de lo primero que encontraba al entrar a la sala. No hacía falta tener una casa elegante. Una televisión bien acomodada, el modular con sus dos bocinas, unas cuantas películas y los adornitos alrededor hacían que la sala se sintiera completa. Para muchas familias ese era su pequeño lujo, conseguido poco a poco,

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