@bouriyach.bouriyac:

Bouriyach Bouriyach kasmiya
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Sunday 14 June 2026 10:45:00 GMT
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azertyu2904
azertyu :
الف
2026-07-12 15:41:31
0
user2605733202301
شمس النهار :
الحمدلله حتى انا ديتو 🥰🥰🥰
2026-07-12 12:17:13
1
user1234397316157
آية غفران :
الف الف مبروك 😂😂😂
2026-07-12 10:08:57
0
user665797620
user3675923078599 :
مرهيش مامنا بلي جابتو. 🥰🥰🥰
2026-07-12 11:45:17
1
mohammed77yz
mohammedamine5095 :
الف مبروك
2026-06-14 17:03:19
1
mohamad.mosta83
Mohamad Mosta :
ألف ألف ألف مبروك
2026-06-14 18:37:03
1
ftiim131
♥️♥️♥️♥️ :
بصحتها🥰🥰🥰
2026-06-14 13:31:39
2
maissa_beauty
Nihed beauté :
ألف مبروك
2026-06-14 15:55:41
1
bnda364
𝑆𝐼ℎ𝑎𝑚🤍27 :
الف مبروك
2026-06-14 17:55:47
1
mes.enfants.ma.vi16
mesenfantsmavie295 :
الف مبروك
2026-06-14 21:08:53
1
aziz.i2012
Ismail :
الف مبروك 😍♥️
2026-06-15 03:08:22
1
mehamed.mehamed910
Mehamed Mehamed :
الف مبروك
2026-06-14 22:49:42
1
user8882181591339sousou
bøn bįnã chįkøürã :
الف مبروك 🥰❤️
2026-06-14 16:55:43
1
dy3u8qmottt6
جوهرة الأصيل :
ألف مبروك
2026-06-14 17:31:46
1
chrz575
chįrãz 💞🥰 :
ألف مبروك
2026-06-14 13:54:54
1
salimadz04
salima :
مبروك عليكم
2026-06-14 13:00:39
2
user3932230827650
محمد محمد :
الف مبرك
2026-06-14 20:03:40
1
dielaly.guernane
Dielaly Guernane :
ألف ألف ألف مبروك عليكم
2026-06-14 22:36:36
1
mina.mosta0
ام جوري :
الف مبروك
2026-06-14 20:32:02
1
boubagracharef980
boubagra charef :
كنت عرفا بلي تديه
2026-06-14 18:05:40
2
oueldbesseghieur
bouabdellah mosta :
بصحتها
2026-06-14 16:07:13
1
akermi.ahmed5
akermi ahmed :
الف مبروك
2026-06-14 12:38:11
1
user7961912002046
عليلو :
الف مبروك
2026-06-14 20:30:39
1
balfartasabdelkader0
Abdelkader :
ألف مبروك
2026-06-14 15:19:21
1
rahefghazel
Rahef Ghazel ♥️ :
بصحتها
2026-06-14 21:32:24
1
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Mi hermana me vio regresar a la casa familiar con una camioneta rentada y una sonrisa de lástima, como si yo hubiera metido mi fracaso por la puerta principal. Lo peor no fue su burla; fue que mi mamá se quedó parada junto a ella, callada, dejándome entender que en esa casa mi caída también era un espectáculo. La camioneta de mudanza se veía ridícula frente al portón blanco del fraccionamiento. Era una de esas tardes pesadas de mayo en las que el calor se queda pegado en la nuca. El motor acababa de apagarse y todavía vibraba el volante bajo mis dedos. Olía a cartón, plástico caliente y al café aguado que había comprado en carretera y que ya sabía a derrota. Maribel salió primero. Traía un pantalón de lino color marfil, copa de vino blanco en la mano y esa postura de mujer que no camina: aparece. Mi hermana mayor siempre había sabido ocupar un espacio como si le perteneciera por derecho divino. Me miró de arriba abajo, luego miró la camioneta naranja. —Ay, Nora —dijo, levantando apenas la copa—. ¿Fracasaste en la vida tan rápido? No gritó. No hizo falta. La vecina de enfrente movió tantito una cortina. Mi mamá, detrás de Maribel, soltó una risa chiquita, de esas que se disfrazan de carraspeo para no parecer crueles. Yo bajé de la cabina con las piernas entumidas. —Hola, Mari. —No me digas “Mari” con esa voz de víctima. Pudiste avisar que venías con todo el símbolo incluido. —¿Símbolo? Señaló la camioneta. —La derrota con llantas. El aire se me atoró en el pecho, pero no le regalé la reacción que estaba esperando. Sólo fui a la parte de atrás y levanté la cortina metálica. El ruido hizo que un perro ladrara en alguna casa cercana. Mis cajas estaban apiladas con etiquetas negras: COCINA, ROPA, LIBROS, OFICINA. Mentiras útiles. La caja que decía COCINA llevaba adentro una carpeta ignífuga con documentos bancarios, copias notariales y papeles que habían costado seis meses de insomnio. La caja que decía LIBROS traía mi laptop vieja, dos discos duros y un sobre cerrado que todavía me dolía tocar. Maribel se acercó lo suficiente para que su perfume caro aplastara el olor a polvo. —¿Quieres ayuda? —preguntó, con el tono exacto de quien espera que digas que no. —Puedo sola. —Qué bueno. Mi espalda anda fatal desde pilates. Mi mamá bajó los escalones con su suéter crema sobre los hombros, aunque hacía calor. Elaine Whitaker siempre había creído que la decepción debía verse elegante. —Nora —dijo. No “hija”. No “mi amor”. Sólo mi nombre, con un suspiro pegado. Me tocó el hombro con dos dedos, como si revisara una tela en una tienda. —Debes estar agotada. —Un poco. Maribel tomó una caja pequeña y leyó la etiqueta. —OFICINA. Qué optimista. Mi mamá bajó la mirada. Y ahí estaba el viejo golpe, intacto. La misma sensación de cuando tenía diecisiete años y Maribel rompió el florero de mi abuela, pero yo fui quien terminó pidiendo disculpas porque “tu hermana está muy sensible”. En esta familia, Maribel nunca hacía daño. Sólo reaccionaba. Los demás aprendíamos a sangrar en silencio. —El cuarto de servicio está limpio —dijo mi mamá. Yo levanté la vista. —¿El cuarto de servicio? Maribel sonrió contra la copa. —Bueno, técnicamente no es de servicio. Tiene ventana. Chiquita, pero ventana. —Pensé que usaría mi cuarto. —Tu cuarto ahora es mi estudio de yoga —dijo Maribel—. Además, no vas a necesitar tanto espacio, ¿no? Digo, vienes empezando de cero. La caja en mis brazos pesaba más por lo que guardaba que por el cartón. Respiré despacio. —Está bien. Maribel parpadeó, decepcionada de que no hubiera pelea. Durante dos semanas, me dejaron desayunar en la barra mientras ellas hablaban de mí como si yo fuera un gasto nuevo. Maribel dejaba recibos sobre la mesa con suspiros teatrales. Mi mamá preguntaba, sin verme, si ya había “mandado currículums”. Una tarde, encontré mis zapatos movidos al garaje porque, según Maribel, “la entrada no podía parecer bodega”. Yo seguí callada. No por débil. Por precisión. #pretty #prettybaby #prettylove #prettygirl
Mi hermana me vio regresar a la casa familiar con una camioneta rentada y una sonrisa de lástima, como si yo hubiera metido mi fracaso por la puerta principal. Lo peor no fue su burla; fue que mi mamá se quedó parada junto a ella, callada, dejándome entender que en esa casa mi caída también era un espectáculo. La camioneta de mudanza se veía ridícula frente al portón blanco del fraccionamiento. Era una de esas tardes pesadas de mayo en las que el calor se queda pegado en la nuca. El motor acababa de apagarse y todavía vibraba el volante bajo mis dedos. Olía a cartón, plástico caliente y al café aguado que había comprado en carretera y que ya sabía a derrota. Maribel salió primero. Traía un pantalón de lino color marfil, copa de vino blanco en la mano y esa postura de mujer que no camina: aparece. Mi hermana mayor siempre había sabido ocupar un espacio como si le perteneciera por derecho divino. Me miró de arriba abajo, luego miró la camioneta naranja. —Ay, Nora —dijo, levantando apenas la copa—. ¿Fracasaste en la vida tan rápido? No gritó. No hizo falta. La vecina de enfrente movió tantito una cortina. Mi mamá, detrás de Maribel, soltó una risa chiquita, de esas que se disfrazan de carraspeo para no parecer crueles. Yo bajé de la cabina con las piernas entumidas. —Hola, Mari. —No me digas “Mari” con esa voz de víctima. Pudiste avisar que venías con todo el símbolo incluido. —¿Símbolo? Señaló la camioneta. —La derrota con llantas. El aire se me atoró en el pecho, pero no le regalé la reacción que estaba esperando. Sólo fui a la parte de atrás y levanté la cortina metálica. El ruido hizo que un perro ladrara en alguna casa cercana. Mis cajas estaban apiladas con etiquetas negras: COCINA, ROPA, LIBROS, OFICINA. Mentiras útiles. La caja que decía COCINA llevaba adentro una carpeta ignífuga con documentos bancarios, copias notariales y papeles que habían costado seis meses de insomnio. La caja que decía LIBROS traía mi laptop vieja, dos discos duros y un sobre cerrado que todavía me dolía tocar. Maribel se acercó lo suficiente para que su perfume caro aplastara el olor a polvo. —¿Quieres ayuda? —preguntó, con el tono exacto de quien espera que digas que no. —Puedo sola. —Qué bueno. Mi espalda anda fatal desde pilates. Mi mamá bajó los escalones con su suéter crema sobre los hombros, aunque hacía calor. Elaine Whitaker siempre había creído que la decepción debía verse elegante. —Nora —dijo. No “hija”. No “mi amor”. Sólo mi nombre, con un suspiro pegado. Me tocó el hombro con dos dedos, como si revisara una tela en una tienda. —Debes estar agotada. —Un poco. Maribel tomó una caja pequeña y leyó la etiqueta. —OFICINA. Qué optimista. Mi mamá bajó la mirada. Y ahí estaba el viejo golpe, intacto. La misma sensación de cuando tenía diecisiete años y Maribel rompió el florero de mi abuela, pero yo fui quien terminó pidiendo disculpas porque “tu hermana está muy sensible”. En esta familia, Maribel nunca hacía daño. Sólo reaccionaba. Los demás aprendíamos a sangrar en silencio. —El cuarto de servicio está limpio —dijo mi mamá. Yo levanté la vista. —¿El cuarto de servicio? Maribel sonrió contra la copa. —Bueno, técnicamente no es de servicio. Tiene ventana. Chiquita, pero ventana. —Pensé que usaría mi cuarto. —Tu cuarto ahora es mi estudio de yoga —dijo Maribel—. Además, no vas a necesitar tanto espacio, ¿no? Digo, vienes empezando de cero. La caja en mis brazos pesaba más por lo que guardaba que por el cartón. Respiré despacio. —Está bien. Maribel parpadeó, decepcionada de que no hubiera pelea. Durante dos semanas, me dejaron desayunar en la barra mientras ellas hablaban de mí como si yo fuera un gasto nuevo. Maribel dejaba recibos sobre la mesa con suspiros teatrales. Mi mamá preguntaba, sin verme, si ya había “mandado currículums”. Una tarde, encontré mis zapatos movidos al garaje porque, según Maribel, “la entrada no podía parecer bodega”. Yo seguí callada. No por débil. Por precisión. #pretty #prettybaby #prettylove #prettygirl

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