@aeecilubbah:

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Saturday 20 June 2026 08:25:06 GMT
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Comments

yippiyipiyipiiw
bey :
i was wrong ya..?
2026-06-21 13:35:37
366
akmerrianggg
fucking hate everything :
dan skrng lo nanyain kabar gua???
2026-06-22 14:06:24
132
jajara00_
j a r a :
@anggii:bahkan gua uda mikirin buat ngerayain hari spesial lu
2026-06-21 16:29:01
123
ylnabcd
. :
bahkan gua udah banggain lu ke tmn' gua
2026-07-06 05:26:51
43
azizzarania
Ranyeah☆ :
that's "gua cuma mau bikin lo bahagia"
2026-06-22 17:19:48
51
_some.people_
🚩 :
even though I've prepared a gift for your birthday
2026-06-21 16:55:51
23
aiueogc
bb :
padahal lg ngumpulin uang buat ultah dia bulan depan🥺
2026-06-22 13:34:58
46
triambrwtt
Tri 𐙚₊˚⊹♡ :
bahkan gw gapernah tau alesannya sampe skrg. tp sakit bgt
2026-06-22 17:44:38
9
buleeagt
chaseatlantic :
bahkan di saat lu mutusin, gua tetep gabisa marah.
2026-06-22 13:01:24
55
borntonapy
lesssugar :
padahal aku berusaha buat kamu bahagia
2026-06-21 10:30:18
93
nnafiraa_
n🅰️pira :
bahkan gua uda mikirin buat ngerayain hari spesial lu
2026-06-22 11:56:43
12
khuaarx
s :
aku ga perna marah setelah kamu lakuin itu tapi aku selalu bertanya tanya kenapa kamu lakuin ini semua ke aku?
2026-06-22 10:30:16
21
meilodivva
cinta :
@anggii:bahkan gua uda mikirin buat ngerayain hari spesial lu
2026-06-22 16:17:11
14
anjaylelly
laelly, pulang ada cowo teknik :
disaat aku sibuk buat rayain hari ultah nya, eh dia malah sibuk chat perempuan lain dan balikan sama mantannya, idk kenapa dia perlakuin aku kek gtu, but.. be happy🤍
2026-06-21 15:30:17
15
this_nawa
nzwaa_ :
@anggii: bahkan gua uda mikirin buat ngerayain hari spesial lu
2026-06-21 15:01:55
7
ysaftmbh
￴kiara :
2026-06-21 12:41:35
11
zforzakia
z🚩 :
kobisa ya dia malah langgeng sama perempuan itu, bahagia banget lagi, sedang aku gmn??
2026-06-21 17:44:19
7
just.awwra
just.awwra :
Knp y
2026-06-21 13:33:10
7
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Sabía perfectamente que se estaba muriendo. Sabía que la tildarían de loca, de histérica y de ignorante. Le dio igual. Se sentó a escribir el libro de todos modos. Su nombre era Rachel Carson. En 1962 cometió el peor pecado para la industria estadounidense de la posguerra: salir a decir la verdad en voz alta. Hacía tiempo que venía atando cabos en silencio. Le inquietaba que los pájaros aparecieran tiesos en los jardines de las afueras, que las aguas de los arroyos bajaran llenas de peces flotando y que los granjeros rociaran toneladas de químicos sobre los campos sin que nadie se molestara en preguntar qué mierda le hacía todo eso a la tierra, a los animales y a la gente que se comía esas cosechas. Tiró de la piola y lo que encontró fue de terror. Los pesticidas que se vendían como la solución mágica para todo —con el famoso DDT a la cabeza— no se quedaban tranquilos en el pasto. Se metían en la tierra, contaminaban las napas de agua, se acumulaban en la grasa de las aves y terminaban en el cuerpo de los seres humanos. Nadie estaba estudiando el impacto real a largo plazo. Ella lo documentó todo. Con una paciencia infinita, con datos duros, con referencias científicas inapelables y con una frialdad que asustaba. Tituló el libro Primavera silenciosa, una metáfora demoledora sobre un futuro no muy lejano donde marzo llegara sin el canto de los pájaros. Sabía la que se le venía encima. Y no se equivocó. La industria química desembolsó millones para despedazar su reputación. La llamaron de todo: histérica, fanática, emocional, una solterona senil que prefería a las alimañas antes que al progreso humano. Un ejecutivo llegó a decir en televisión que lo que ella quería era devolverle el planeta a los insectos. Intentaron ningunearla como si fuera una aficionada que no entendía de química, ignorando a propósito que Carson tenía un posgrado en zoología, años de trabajo en el servicio de pesca y una carrera intachable como divulgadora. Pero lo que la prensa y los magnates no sabían era que Rachel estaba librando otra batalla en secreto. Tenía un cáncer de mama brutal que ya le había hecho metástasis. Se lo guardó bajo siete llaves. Tenía pánico de que la industria usara su enfermedad para desacreditarla, argumentando que sus denuncias eran el delirio de una mujer resentida por el dolor. Así que se bancó la quimioterapia en silencio, disimuló el deterioro físico y en 1963, cuando el Senado la citó a declarar, se plantó en esa sala demacrada pero impecable, a responder preguntas durante horas. No fue a dar lástima. Fue a decirles en la cara que los ciudadanos tenían derecho a saber con qué estaban envenenando su comida. Les dijo que el gobierno estaba mirando para otro lado y que quedarse callados ya era un crimen. El presidente John F. Kennedy terminó ordenando una investigación oficial a su equipo de científicos. El dictamen final le dio la razón en casi todo. Rachel Carson murió en abril de 1964, apenas dieciocho meses después de lanzar el libro. Tenía 56 años. No llegó a ver la prohibición del DDT en Estados Unidos, ni la fundación de la Agencia de Protección Ambiental en 1970, ni el primer Día de la Tierra, ni la avalancha de leyes ecológicas que desencadenó su trabajo. No estuvo viva cuando el mundo por fin tuvo que agachar la cabeza y admitir que la mujer tenía razón. Pero terminaron admitiéndolo. Las águilas calvas volvieron a los cielos de Norteamérica. Los halcones peregrinos salieron del peligro de extinción. Y una generación entera de científicos aprendió que el deber de la ciencia no es solo descubrir cosas, sino también dar la alarma cuando estamos metiendo la pata. Carson no escribió ese libro buscando aplausos ni dinero. Lo escribió porque vio la catástrofe que se venía y entendió que la neutralidad era una cobardía mortal. A veces, la mayor muestra de coraje consiste en sentarte a la mesa, mientras el cuerpo se te cae a pedazos, a redactar la advertencia que nadie en el mundo quiere escuchar.  #interesante #datocurioso #sorprendente
Sabía perfectamente que se estaba muriendo. Sabía que la tildarían de loca, de histérica y de ignorante. Le dio igual. Se sentó a escribir el libro de todos modos. Su nombre era Rachel Carson. En 1962 cometió el peor pecado para la industria estadounidense de la posguerra: salir a decir la verdad en voz alta. Hacía tiempo que venía atando cabos en silencio. Le inquietaba que los pájaros aparecieran tiesos en los jardines de las afueras, que las aguas de los arroyos bajaran llenas de peces flotando y que los granjeros rociaran toneladas de químicos sobre los campos sin que nadie se molestara en preguntar qué mierda le hacía todo eso a la tierra, a los animales y a la gente que se comía esas cosechas. Tiró de la piola y lo que encontró fue de terror. Los pesticidas que se vendían como la solución mágica para todo —con el famoso DDT a la cabeza— no se quedaban tranquilos en el pasto. Se metían en la tierra, contaminaban las napas de agua, se acumulaban en la grasa de las aves y terminaban en el cuerpo de los seres humanos. Nadie estaba estudiando el impacto real a largo plazo. Ella lo documentó todo. Con una paciencia infinita, con datos duros, con referencias científicas inapelables y con una frialdad que asustaba. Tituló el libro Primavera silenciosa, una metáfora demoledora sobre un futuro no muy lejano donde marzo llegara sin el canto de los pájaros. Sabía la que se le venía encima. Y no se equivocó. La industria química desembolsó millones para despedazar su reputación. La llamaron de todo: histérica, fanática, emocional, una solterona senil que prefería a las alimañas antes que al progreso humano. Un ejecutivo llegó a decir en televisión que lo que ella quería era devolverle el planeta a los insectos. Intentaron ningunearla como si fuera una aficionada que no entendía de química, ignorando a propósito que Carson tenía un posgrado en zoología, años de trabajo en el servicio de pesca y una carrera intachable como divulgadora. Pero lo que la prensa y los magnates no sabían era que Rachel estaba librando otra batalla en secreto. Tenía un cáncer de mama brutal que ya le había hecho metástasis. Se lo guardó bajo siete llaves. Tenía pánico de que la industria usara su enfermedad para desacreditarla, argumentando que sus denuncias eran el delirio de una mujer resentida por el dolor. Así que se bancó la quimioterapia en silencio, disimuló el deterioro físico y en 1963, cuando el Senado la citó a declarar, se plantó en esa sala demacrada pero impecable, a responder preguntas durante horas. No fue a dar lástima. Fue a decirles en la cara que los ciudadanos tenían derecho a saber con qué estaban envenenando su comida. Les dijo que el gobierno estaba mirando para otro lado y que quedarse callados ya era un crimen. El presidente John F. Kennedy terminó ordenando una investigación oficial a su equipo de científicos. El dictamen final le dio la razón en casi todo. Rachel Carson murió en abril de 1964, apenas dieciocho meses después de lanzar el libro. Tenía 56 años. No llegó a ver la prohibición del DDT en Estados Unidos, ni la fundación de la Agencia de Protección Ambiental en 1970, ni el primer Día de la Tierra, ni la avalancha de leyes ecológicas que desencadenó su trabajo. No estuvo viva cuando el mundo por fin tuvo que agachar la cabeza y admitir que la mujer tenía razón. Pero terminaron admitiéndolo. Las águilas calvas volvieron a los cielos de Norteamérica. Los halcones peregrinos salieron del peligro de extinción. Y una generación entera de científicos aprendió que el deber de la ciencia no es solo descubrir cosas, sino también dar la alarma cuando estamos metiendo la pata. Carson no escribió ese libro buscando aplausos ni dinero. Lo escribió porque vio la catástrofe que se venía y entendió que la neutralidad era una cobardía mortal. A veces, la mayor muestra de coraje consiste en sentarte a la mesa, mientras el cuerpo se te cae a pedazos, a redactar la advertencia que nadie en el mundo quiere escuchar. #interesante #datocurioso #sorprendente

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