Juan Orozco :
Hermano, con respeto: 2 Pedro 1:20-21 ya nos da la clave de por qué esto importa. Pedro dice que **"ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada"**, porque tampoco fue producida por iniciativa privada — vino por hombres movidos por el Espíritu Santo. Si el origen no fue privado, la lógica bíblica es que la interpretación tampoco debería serlo.
Y esto no es solo un versículo aislado. Mira el caso del eunuco etíope en Hechos 8: un hombre piadoso, leyendo directamente a Isaías, y cuando Felipe le pregunta si entiende lo que lee, él mismo responde: **"¿Y cómo podré, si alguno no me enseñare?"** Le pide subir al carro para que se lo explique. Si la Escritura se entendiera correctamente solo con el Espíritu y el texto, este pasaje no tendría sentido.
Y hay más: en 2 Pedro 3:16, Pedro mismo dice que las cartas de Pablo —Escritura fresca, recién escrita por un apóstol vivo— **ya estaban siendo torcidas** por gente "indocta e inconstante," para su propia perdición. Es decir: el problema de la mala interpretación no es hipotético ni tardío, existía desde el primer siglo, entre creyentes sinceros.
¿Y cómo resolvían los apóstoles las disputas doctrinales? No cada iglesia interpretando por su cuenta y comparando opiniones — en Hechos 15 se reúnen en concilio y emiten una decisión con esta fórmula: **"Ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros."** Esa decisión se envía como norma vinculante a todas las iglesias.
Esto no es invento católico del siglo XVI. San Ireneo, discípulo de Policarpo (que fue discípulo directo del apóstol Juan), ya en el siglo II enfrentó a los gnósticos —que también citaban la Escritura, pero la retorcían en cualquier dirección— apelando a la sucesión apostólica: las iglesias fundadas por los apóstoles conservan la interpretación auténtica transmitida desde el origen. Y San Vicente de Lerins, en el siglo V, formuló el criterio clásico: ante interpretaciones que compiten, sostener **"lo que se ha creído en todas partes, siempre y por todos."**
2026-07-17 17:11:38