@krara78: يا مولاي يا حسيـــــــــن 💔 ‏عظم الله اجرك يا صاحب العصر و الزمان 💔 #يامولاي_ياابا_الفضل #السلام_عليك_يا_ابا_الفضل_العباس_ع #يامولاتي_يافاطمه_الزهراء #تصويري📸اكسبلوور #مابين_الحرمين_كربلاء_المقدسة

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Saturday 27 June 2026 20:25:41 GMT
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Comments

iraqijafar
العراقي جعفر :
اي والله خويه 😞😞😞
2026-06-27 20:37:11
1
0e55k
ريحَانه🦋 :
🥺💔🔥
2026-06-27 23:41:31
0
erriu6
ياحسين :
😭😭😭😭😭😭😭
2026-06-27 22:27:06
1
user55394114208108
بًـتٌـــوٌلَ 💕🥹 ﺰهّـــرأّء :
🥺🥺
2026-06-27 20:39:46
1
erriu6
ياحسين :
😭😭😭😭😭😭
2026-06-27 22:27:11
1
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En un mundo donde ya no necesitamos recurrir a estructuras externas para validar nuestras acciones, emerge una posibilidad más exigente pero más genuina: construir la moral desde la inmediatez y la convivencia. La ética del instante no se apoya en normas absolutas, sino en la observación constante de cómo nuestras acciones afectan lo real. Aquí, no hay guión previo. Cada decisión es una microconstrucción moral. Esta idea se respalda en la psicología moral contemporánea. Jonathan Haidt, en su investigación sobre los fundamentos morales humanos, demuestra que nuestras decisiones éticas suelen surgir primero de intuiciones rápidas (ligadas a emociones) y luego se racionalizan. Esto sugiere que el juicio moral no se impone desde un código externo, sino que se forma en el intercambio entre percepción, emoción y contexto. La ética del instante reconoce y abraza esa complejidad. Desde la filosofía, Richard Rorty argumentó que en lugar de buscar verdades últimas, debemos enfocarnos en solidaridades contingentes: formas prácticas de reducir el sufrimiento y aumentar la cooperación. Es una ética centrada en la consecuencia, no en el dogma. Se actúa no porque una regla lo dice, sino porque se ha comprendido —en el presente, con el otro enfrente— que esa acción genera o evita daño. La neurociencia moral también apoya este enfoque. Joshua Greene ha mostrado que nuestros cerebros no tienen un “circuito del bien” fijo, sino que toman decisiones morales evaluando resultados, emociones y relaciones. Así, nuestras respuestas éticas están íntimamente ligadas al momento, al contexto específico y a la presencia del otro. La ética del instante invita a reemplazar los mandatos por atención. No hay pretextos para desentenderse ni dogmas que sirvan como escudo. Lo que hacemos ahora importa porque repercute aquí: en nuestros vínculos, en el entorno inmediato, en la memoria emocional que dejamos en los demás. Cuidar, escuchar, reparar, poner límites, ayudar: son actos que no requieren validación externa si entendemos que su valor reside en su efecto. No buscamos ser buenos según una regla, sino responsables con lo que causamos. Esta ética no es relativismo: es exigencia consciente. No relativiza el daño, lo enfrenta. No se oculta tras teorías, se manifiesta en cada elección visible.
En un mundo donde ya no necesitamos recurrir a estructuras externas para validar nuestras acciones, emerge una posibilidad más exigente pero más genuina: construir la moral desde la inmediatez y la convivencia. La ética del instante no se apoya en normas absolutas, sino en la observación constante de cómo nuestras acciones afectan lo real. Aquí, no hay guión previo. Cada decisión es una microconstrucción moral. Esta idea se respalda en la psicología moral contemporánea. Jonathan Haidt, en su investigación sobre los fundamentos morales humanos, demuestra que nuestras decisiones éticas suelen surgir primero de intuiciones rápidas (ligadas a emociones) y luego se racionalizan. Esto sugiere que el juicio moral no se impone desde un código externo, sino que se forma en el intercambio entre percepción, emoción y contexto. La ética del instante reconoce y abraza esa complejidad. Desde la filosofía, Richard Rorty argumentó que en lugar de buscar verdades últimas, debemos enfocarnos en solidaridades contingentes: formas prácticas de reducir el sufrimiento y aumentar la cooperación. Es una ética centrada en la consecuencia, no en el dogma. Se actúa no porque una regla lo dice, sino porque se ha comprendido —en el presente, con el otro enfrente— que esa acción genera o evita daño. La neurociencia moral también apoya este enfoque. Joshua Greene ha mostrado que nuestros cerebros no tienen un “circuito del bien” fijo, sino que toman decisiones morales evaluando resultados, emociones y relaciones. Así, nuestras respuestas éticas están íntimamente ligadas al momento, al contexto específico y a la presencia del otro. La ética del instante invita a reemplazar los mandatos por atención. No hay pretextos para desentenderse ni dogmas que sirvan como escudo. Lo que hacemos ahora importa porque repercute aquí: en nuestros vínculos, en el entorno inmediato, en la memoria emocional que dejamos en los demás. Cuidar, escuchar, reparar, poner límites, ayudar: son actos que no requieren validación externa si entendemos que su valor reside en su efecto. No buscamos ser buenos según una regla, sino responsables con lo que causamos. Esta ética no es relativismo: es exigencia consciente. No relativiza el daño, lo enfrenta. No se oculta tras teorías, se manifiesta en cada elección visible.

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