K&A SPORT’S :
Hay una tristeza que no tiene nombre, esa que sientes cuando la magia se apaga y el mundo vuelve a ser gris. Es la misma sensación de cuando se termina la Navidad, cuando cierras la maleta en el hotel para dejar el mar, o cuando apagas las luces del local después de una temporada de ventas. Es el choque contra la cruda realidad.
Fueron tres semanas de vivir en una frecuencia distinta. Dormí poco, sí, pero viví como nunca. Por primera vez, el epicentro del mundo futbolístico no estaba en una pantalla lejana, estaba aquí, en mis calles, en Guadalajara, en mi aire. Y aunque mi cabeza —la del empresario, la del que vive de las ventas— pedía que el Mundial terminara para que la economía del negocio se regularizara, mi alma de futbolero estaba viviendo los mejores 15 días de su vida.
Me sentí renuente, lo admito. Veía cómo el dinero se iba a otros lados mientras mis ventas se estancaban, y deseaba que la euforia pasara. Pero cuando el balón rodaba, cuando México ganaba y la ciudad entera se convertía en una sola fiesta, todo eso se me olvidaba. Fue una droga de alegría, un ambiente de felicidad que se sentía hasta en el murmullo de la calle.
Hoy, el silencio duele. Ayer, cuando México cayó, no solo perdimos un partido; se rompió el hechizo. El hueco que siento en el pecho es el mismo de cuando regresas de la playa y tienes que bajarte de esa nube rosa para volver al ritmo de siempre. Es la cruda de una fiesta que fue tan inmensa, tan grotesca y tan hermosa, que ahora cualquier otra cosa parece poca cosa.
No me arrepiento de nada. Quizás no fui al Fan Fest, quizás estuve en el mostrador mientras otros festejaban, pero fui parte de ese murmullo. Fui parte de la ciudad que vibró. Y aunque sé que este vacío es el precio por haber vivido algo irrepetible, me queda el consuelo de saber que, en esta vida, me tocó ser testigo de la fiesta más grande que Guadalajara haya visto jamás.
2026-07-07 20:27:08