๛ 𓋹𓂀RA 𓂀𓋹๛ :
Hay recuerdos que no regresan para hacernos sufrir; regresan para recordarnos de dónde nació nuestra alma.
Cuando vuelvo a mi infancia y camino, aunque solo sea con la memoria, por aquellos senderos del campo donde crecí al lado de mis abuelos, el tiempo parece detenerse. Puedo volver a escuchar el viento acariciando los árboles, sentir el aroma de la tierra después de la lluvia y encontrar, en la sencillez de aquellos días, una riqueza que entonces no sabía nombrar.
La melancolía llega, sí. Pero ya no es una tristeza que me rompe; es una ternura que me abraza. Es el alma inclinando la cabeza con respeto ante todo lo vivido, comprendiendo que los momentos más humildes fueron, quizá, los que más profundamente me enseñaron a amar la vida.
Mis abuelos no solo me regalaron recuerdos; me dejaron una manera de mirar el mundo. El campo no solo fue un lugar donde crecí; fue el primer templo donde aprendí que Dios también habla a través del silencio, del canto de los pájaros, del amanecer y de las manos sencillas que trabajan con amor.
Hoy comprendo que la verdadera abundancia nunca estuvo en lo que poseíamos, sino en lo que vivíamos. Estaba en las risas compartidas, en la mesa humilde que nunca dejaba de reunirnos, en los atardeceres que parecían eternos y en el cariño que jamás necesitó grandes palabras para hacerse sentir.
Por eso, cuando la nostalgia llama a mi puerta, ya no le temo. La invito a pasar, porque viene acompañada de la gratitud.
Y desde lo más profundo de mi corazón solo puedo elevar una oración sencilla, pero inmensa:
Gracias, Dios, por tanto que me has dado. Gracias por la infancia que sembró mis raíces, por mis abuelos que dejaron su amor escrito en mi corazón y por permitirme descubrir, con el paso de los años, que los tesoros más grandes de mi vida nunca estuvieron en las cosas… siempre estuvieron en las personas y en los instantes que hoy habitan para siempre en mi alma.
2026-07-09 16:38:45