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Puedo verlo. No con los ojos, sino con el corazón, con el alma; tal vez ver no siempre sea creer: si creo que está aquí pero no puedo verlo, ¿cómo sé que está aquí? ¿Y si nuestras almas son nuestras verdaderas guías? Nuestra memoria, nuestra mente, nuestra determinación, nuestra compasión... todo ello forma parte de lo que nos hace ser quienes somos; renunciar a nuestras almas es resignarse a una vida artificial que realmente despreciamos en todos los sentidos de la palabra. En mi compasión, ruego que él esté aquí; en mi determinación, le esperaré si no está; en mi memoria, recuerdo cuándo podía y cuándo no podía verlo, y aun así sentía su presencia; y en mi mente, sé que ha estado aquí todo el tiempo: él es nosotros, somos el uno para el otro, yo soy tú, tú eres yo, somos uno. Nuestra humanidad no reside en el cuerpo —el barco de Teseo no deja de ser el mismo barco por tener madera nueva—, sino en el alma; solo somos nosotros mismos gracias al alma, la cual existe porque nosotros la convertimos en tal. La belleza de la naturaleza no es lo que vemos, sino lo que sentimos. Su piel resplandece con belleza —no la belleza de la forma física, sino la del alma—; su espíritu, verdadero y genuino, brilla con más intensidad que la estrella de Eärendil; su corazón, tan puro y acogedor, transmite una calidez que parece provenir de la mismísima Varda: solo una verdadera creación de Eru podría poseer una calidez tan maravillosa.
2026-07-19 17:27:00