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No lo sé, saben? A veces me quedo pensando en lo mucho que deseo algo que parece tan sencillo y, a la vez, tan grande: ser esa persona a la que otros buscan sin dudarlo, cuando les pasa algo increíble y quieren gritarlo juntos, o cuando el mundo se les nubla y necesitan un hombro donde descansar el corazón. Quiero ser quien reciba sus llamadas, quien escuche sus días, quien sea refugio y alegría, no quien solo está ahí al margen, mirando cómo todos corren a contarle sus vidas a otros y sintiendo que yo soy como un espectador en mi propia historia. Me siento un poco perdido en todo esto, y sé bien que nadie está obligado a darme ese lugar, ni a tenerme esa confianza, lo entiendo de verdad. Pero anhelo tanto que llegue alguien que sí lo haga, alguien para quien yo sea importante, así como lo son tantos para mí. Me digo que sé que llegará, que esa conexión existe y está cerca, pero luego me asalta ese miedo que me hiela por dentro: ¿y si cuando por fin llegue esa persona, yo no soy quien ella necesita? ¿y si no soy lo suficientemente bueno, o lo arruino todo justo cuando más importa?
Me esfuerzo cada día, de verdad, me enfoco en crecer, en pulirme, en ser mejor versión de mí mismo que el día anterior. Pero hay una voz en mi cabeza que me repite que, por más que lo intente, siempre termino estropeándolo de alguna manera, como si fuera algo que llevo en la sangre, un defecto con el que nací y que no puedo quitarme. Me he desconcertado tanto, he dudado de todo, incluso de mi propia capacidad de querer y ser querido. Y sin embargo, han pasado cosas hermosas, cosas que demuestran que voy avanzando: logré soltar lo que me lastimaba, como olvidar aquello que me ataba al pasado, y he abierto mi círculo para conocer gente nueva, experiencias nuevas, pequeños milagros que antes me parecían imposibles. A veces me pregunto por qué si voy tan bien, sigo sintiendo ese vacío, ese miedo a fallar.
2026-07-24 05:45:39