Erick D. Reyes :
Ese vacío que sentías cuando no tenías PC se vuelve más grande cuando al fin la compras. Ya puedes jugar a lo que sea, pero no tienes ganas de jugar a nada. La enciendes solo para ver lo hermosa que se ve así, iluminada. Tienes cientos de juegos que morías por probar cuando no tenías cómo, y te pones a pensar: ¿Por qué si conseguí lo que quería no me siento bien? No lo sabes, y quizás nunca lo sepas.
Recuerdas cuando jugabas a tirones, sufriendo por cada cuadro por segundo en una PC humilde, pero con una sonrisa enorme. Tal vez lo que extrañas no eran los juegos en sí, sino la época en la que jugarlos era tu única preocupación. Descubriste que la mejor tarjeta gráfica puede comprar la mayor fluidez del mundo, pero no el tiempo ni esa capacidad pura de asombrarte como antes.
Miras la biblioteca de juegos como quien mira un menú infinito sin tener hambre. Haces clic en un título, carga el menú principal, suspiras... y lo cierras a los dos minutos para volver a contemplar el fondo de pantalla. La abundancia mató al deseo, y la PC ideal llegó justo cuando la chispa decidió quedarse en el camino.
Pero quizás el problema nunca fue la PC ni los videojuegos, sino esperar que un objeto llene un espacio que le pertenece a la vida misma. Tal vez toca apagar las luces RGB un tiempo, dejar que el hardware descanse y entender que madurar también es aprender a volver a jugar cuando el deseo sea real, y no solo una costumbre.
2026-07-21 19:34:48