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Ashford, 209 d.C. La noche en Ashford era templada, pero Duncan sintió el frío en los huesos al ver la silueta de Aerion recortada contra la luz de las velas. El príncipe extendió la mano, sus dedos acariciaron la mejilla del caballero errante, y en sus ojos violetas ardía un fuego que ninguno podría igualar. —Mañana partiré —susurró Aerion, su voz quebrada como el vidrio— Mi padre exige que busque esposa. Dice que la sangre debe perpetuarse. Duncan no respondió. Sus manos, callosas por las riendas y las espadas, se enredaron en los cabellos plateados. —Siempre supe que esto terminaría así —dijo el caballero, su voz ronca como el galope en la noche— Pero no pensé que dolería tanto. Aerion apoyó la frente contra la de Duncan. Sus dedos trazaron el puñal en el cinto del caballero, el mismo que había visto brillar bajo la luna en cien noches robadas. Duncan cerró los ojos y sus labios encontraron los de Aerion en un beso suave, tembloroso. El príncipe respondió con una pasión contenida, como si cada caricia fuera un juramento que el deber les negaba. Sus manos se aferaron el cuerpo del caballero, y el beso se profundizó, llevando consigo todo el amor que las palabras no podían decir: las noches robadas, los susurros en la oscuridad, la promesa de un invierno que nunca compartirían. —Cuida de Egg —dijo Duncan finalmente al separarse del beso— Y cuando el viento del norte sople, recuerda que hubo un caballero que te amó más que a su propia libertad. Aerion guardó silencio, y por un instante sus ojos violetas brillaron con la misma intensidad que los de otro dragón, décadas atrás, despidiéndose de un lobo en el patio de Invernalia. Afuera, la luna se ocultaba tras las nubes, y el viento traía el eco de un aullido lejano. જ⁀➴ Invernalia, 130 d.C. El invierno llegaba temprano al Norte, y Jacaerys sintió el frío penetrar hasta los huesos a pesar del fuego en la chimenea. Cregan Stark yacía a su lado, su cuerpo de lobo aún cálido por el amor compartido, y en sus ojos grises había una tormenta que ningún pergamino registraría. —Mañana partiré —susurró Jace, su voz un eco de la que años después repetiría otro príncipe— La guerra me llama, y debo regresar con mi madre. Cregan no respondió. Sus dedos callosos trazaron el rostro del jinete de dragón, memorizando cada línea como si pudiera grabarla en la piedra de Invernalia. —Tienes un compromiso con Baela —dijo finalmente, su voz ronca como el viento del norte— Y yo necesito un heredero para el invierno. Jace lo atrajo hacia sí, sintiendo el calor del Lobo como el fuego que algún día lo consumiría. —Prométeme —murmuró el príncipe— que cuando los lobos aúllen, recordarás esta noche. Que el frío no borrará lo que hemos sido. Cregan inclinó la cabeza y sus labios encontraron los de Jace en un beso suave, profundo, como el primer deshielo después de un largo invierno. El principe respondió con una pasión que llevaba siglos de espera, sus dedos enredados en el cabello oscuro del Lobo, bebiendo de su boca como si fuera la única fuente de calor en el norte helado. Cuando se separaron, Jace tenía los ojos brillantes como la luna sobre la nieve. —Siempre serás mi jinete de dragón —dijo Cregan, y su voz era hielo y promesa— Aunque el Norte se congele, aunque el Muro se derrumbe, mi corazón guardará tu nombre. Se amaron como si el mundo se acabara al amanecer, y en cierto modo, así fue. Jace murió en el fuego de la Batalla del Gullet, y Cregan gobernó el Norte con un hijo que llevaba en los ojos el color del recuerdo. Años después, en una noche de Ashford, otro dragón y otro caballero repetirían el mismo adiós, condenados al mismo final. Porque el amor prohibido no conoce de épocas ni reinos, y siempre termina igual: con un beso en la oscuridad y el peso del deber aplastando el corazón. Como Jace y Cregan. Como Aerion y Duncan. Como todos los que aman sabiendo que nunca podrán quedarse. #houseofthedragon #aknightofthesevenkingdoms  #jacaerysvelaryon #creganstark #aeriontargaryen
Ashford, 209 d.C. La noche en Ashford era templada, pero Duncan sintió el frío en los huesos al ver la silueta de Aerion recortada contra la luz de las velas. El príncipe extendió la mano, sus dedos acariciaron la mejilla del caballero errante, y en sus ojos violetas ardía un fuego que ninguno podría igualar. —Mañana partiré —susurró Aerion, su voz quebrada como el vidrio— Mi padre exige que busque esposa. Dice que la sangre debe perpetuarse. Duncan no respondió. Sus manos, callosas por las riendas y las espadas, se enredaron en los cabellos plateados. —Siempre supe que esto terminaría así —dijo el caballero, su voz ronca como el galope en la noche— Pero no pensé que dolería tanto. Aerion apoyó la frente contra la de Duncan. Sus dedos trazaron el puñal en el cinto del caballero, el mismo que había visto brillar bajo la luna en cien noches robadas. Duncan cerró los ojos y sus labios encontraron los de Aerion en un beso suave, tembloroso. El príncipe respondió con una pasión contenida, como si cada caricia fuera un juramento que el deber les negaba. Sus manos se aferaron el cuerpo del caballero, y el beso se profundizó, llevando consigo todo el amor que las palabras no podían decir: las noches robadas, los susurros en la oscuridad, la promesa de un invierno que nunca compartirían. —Cuida de Egg —dijo Duncan finalmente al separarse del beso— Y cuando el viento del norte sople, recuerda que hubo un caballero que te amó más que a su propia libertad. Aerion guardó silencio, y por un instante sus ojos violetas brillaron con la misma intensidad que los de otro dragón, décadas atrás, despidiéndose de un lobo en el patio de Invernalia. Afuera, la luna se ocultaba tras las nubes, y el viento traía el eco de un aullido lejano. જ⁀➴ Invernalia, 130 d.C. El invierno llegaba temprano al Norte, y Jacaerys sintió el frío penetrar hasta los huesos a pesar del fuego en la chimenea. Cregan Stark yacía a su lado, su cuerpo de lobo aún cálido por el amor compartido, y en sus ojos grises había una tormenta que ningún pergamino registraría. —Mañana partiré —susurró Jace, su voz un eco de la que años después repetiría otro príncipe— La guerra me llama, y debo regresar con mi madre. Cregan no respondió. Sus dedos callosos trazaron el rostro del jinete de dragón, memorizando cada línea como si pudiera grabarla en la piedra de Invernalia. —Tienes un compromiso con Baela —dijo finalmente, su voz ronca como el viento del norte— Y yo necesito un heredero para el invierno. Jace lo atrajo hacia sí, sintiendo el calor del Lobo como el fuego que algún día lo consumiría. —Prométeme —murmuró el príncipe— que cuando los lobos aúllen, recordarás esta noche. Que el frío no borrará lo que hemos sido. Cregan inclinó la cabeza y sus labios encontraron los de Jace en un beso suave, profundo, como el primer deshielo después de un largo invierno. El principe respondió con una pasión que llevaba siglos de espera, sus dedos enredados en el cabello oscuro del Lobo, bebiendo de su boca como si fuera la única fuente de calor en el norte helado. Cuando se separaron, Jace tenía los ojos brillantes como la luna sobre la nieve. —Siempre serás mi jinete de dragón —dijo Cregan, y su voz era hielo y promesa— Aunque el Norte se congele, aunque el Muro se derrumbe, mi corazón guardará tu nombre. Se amaron como si el mundo se acabara al amanecer, y en cierto modo, así fue. Jace murió en el fuego de la Batalla del Gullet, y Cregan gobernó el Norte con un hijo que llevaba en los ojos el color del recuerdo. Años después, en una noche de Ashford, otro dragón y otro caballero repetirían el mismo adiós, condenados al mismo final. Porque el amor prohibido no conoce de épocas ni reinos, y siempre termina igual: con un beso en la oscuridad y el peso del deber aplastando el corazón. Como Jace y Cregan. Como Aerion y Duncan. Como todos los que aman sabiendo que nunca podrán quedarse. #houseofthedragon #aknightofthesevenkingdoms #jacaerysvelaryon #creganstark #aeriontargaryen

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