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Nunca pensé que iba a ver a mi papá hacer un berrinche digno de un nene de cinco años... por culpa de una idea que había sido completamente suya. Todo empezó seis meses antes. Mi papá llegó un viernes a la cena con una sonrisa sospechosa. —Tengo una propuesta moderna —dijo mientras se acomodaba en la silla como si fuera a anunciar que había ganado la lotería. Mi mamá siguió sirviendo las milanesas sin levantar la vista. —¿Otra vez querés vender criptomonedas? —No... mejor. Ahí ya supe que venía una catástrofe. —Estuve leyendo sobre las relaciones abiertas. Mi mamá dejó caer el cucharón dentro de la fuente. —¿Las qué? —Relaciones abiertas. Parejas que se aman, pero pueden salir con otras personas. Es libertad, confianza... evolución. Yo casi me atraganto con el puré. —¿Eso leíste en un libro? —En Internet. Claro... el peor lugar para sacar ideas. Mi mamá soltó una carcajada. —¿Vos hablás en serio? —Completamente. —¿Y por qué querrías eso? Mi papá respondió con toda la seguridad del mundo. —Porque así ninguno siente que se pierde cosas. Somos adultos. Mi mamá lo miró fijo durante casi un minuto. —¿Seguro? —Segurísimo. —Después no quiero escenas. —Jamás. —¿No me vas a reclamar nada? —Nada de nada. Hasta levantó la mano como si estuviera jurando ante un juez. Yo le susurré a mi hermano: —Guardá este momento. Lo vamos a usar como evidencia. Él sacó el celular. —Ya estoy grabando. Mi mamá insistió una vez más. —Pensalo bien. —Ya está pensado. —¿Y si conozco a alguien? —Perfecto. —¿Y si salgo? —Adelante. —¿Y si me enamora un poco? Mi papá se rió. —¿Quién te va a enamorar a esta altura? Silencio absoluto. Mi mamá arqueó una ceja. Yo pensé:
Nunca pensé que iba a ver a mi papá hacer un berrinche digno de un nene de cinco años... por culpa de una idea que había sido completamente suya. Todo empezó seis meses antes. Mi papá llegó un viernes a la cena con una sonrisa sospechosa. —Tengo una propuesta moderna —dijo mientras se acomodaba en la silla como si fuera a anunciar que había ganado la lotería. Mi mamá siguió sirviendo las milanesas sin levantar la vista. —¿Otra vez querés vender criptomonedas? —No... mejor. Ahí ya supe que venía una catástrofe. —Estuve leyendo sobre las relaciones abiertas. Mi mamá dejó caer el cucharón dentro de la fuente. —¿Las qué? —Relaciones abiertas. Parejas que se aman, pero pueden salir con otras personas. Es libertad, confianza... evolución. Yo casi me atraganto con el puré. —¿Eso leíste en un libro? —En Internet. Claro... el peor lugar para sacar ideas. Mi mamá soltó una carcajada. —¿Vos hablás en serio? —Completamente. —¿Y por qué querrías eso? Mi papá respondió con toda la seguridad del mundo. —Porque así ninguno siente que se pierde cosas. Somos adultos. Mi mamá lo miró fijo durante casi un minuto. —¿Seguro? —Segurísimo. —Después no quiero escenas. —Jamás. —¿No me vas a reclamar nada? —Nada de nada. Hasta levantó la mano como si estuviera jurando ante un juez. Yo le susurré a mi hermano: —Guardá este momento. Lo vamos a usar como evidencia. Él sacó el celular. —Ya estoy grabando. Mi mamá insistió una vez más. —Pensalo bien. —Ya está pensado. —¿Y si conozco a alguien? —Perfecto. —¿Y si salgo? —Adelante. —¿Y si me enamora un poco? Mi papá se rió. —¿Quién te va a enamorar a esta altura? Silencio absoluto. Mi mamá arqueó una ceja. Yo pensé: "Acaba de firmar su propia sentencia." Durante las siguientes semanas, mi papá parecía un adolescente. Se compró perfume nuevo. Se puso una camisa floreada que parecía mantel de restaurante. Empezó a ir al gimnasio. Hasta aprendió a sacarse selfies haciendo cara de serio. No le fue exactamente como esperaba. Una señora le dijo "gracias, joven", pero porque quería que le alcanzara el changuito del supermercado. Otra le preguntó si conocía un buen traumatólogo. Y una tercera creyó que era el papá del chico que estaba esperando el colectivo. Mientras tanto... Mi mamá seguía con su vida. Sin buscar nada. Sin apurarse. Hasta que un sábado salió a tomar un café con unas amigas. Y volvió riéndose. Mucho. Demasiado. Con una sonrisa que no le veía desde hacía años. Mi papá empezó a ponerse nervioso. —¿Qué es tan gracioso? —Nada. —¿Con quién estabas? —Con amigas. —¿Sólo amigas? —Y un señor muy simpático que nos invitó una ronda de café. Mi papá tragó saliva. —Ah... A la semana siguiente volvió a salir. Después otra vez. Y otra. Mientras él seguía sin conseguir ni un número de teléfono, mi mamá tenía invitaciones para caminar, para ir al cine, para bailar y hasta para aprender tango. Era increíble. Mi papá comenzó a revisar el espejo diez veces por día. Se compró una crema antiarrugas. Después otra. Y otra más. Un martes explotó. —¿Otra vez salís? Mi mamá sonrió con una tranquilidad insoportable. —Sí. —¿Con quién? —Con Ricardo. —¿Y quién demonios es Ricardo? —Uno de los hombres que conocí gracias... a tu maravillosa idea. Sentí que el aire desaparecía del comedor. Mi hermano me miró. Yo lo miré a él. Y los dos supimos que el verdadero espectáculo recién estaba por empezar... ¿Ustedes creen que mi papá tenía derecho a enojarse por algo que él mismo pidió, o el karma apenas estaba comenzando?

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