@fisher_perry: @Luke #fyp

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Saturday 01 August 2026 06:40:28 GMT
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tabathatamazza
tabs :
the typa guys that walk past while you’re screaming 6 7
2026-08-02 23:04:39
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emwilliams20
em :
why don’t these types of men exist in real life
2026-08-02 22:20:31
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alessiamaiolani
alemaio :
I love my algorithm and my algorithm loves me
2026-08-01 14:02:02
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tessavb11
tessa :
ugh men are so cute I wish they weren’t evil
2026-08-13 00:15:34
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courtsideseats_
courtsideseats_ :
Let’s go boys
2026-09-08 03:48:56
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carlitos_mom_
carlitos_mom_ :
Chang my name to Mrs. Robinson 😦
2026-09-07 23:17:00
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bailey.streifel
bailey :
2026-08-01 07:41:38
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dylanl225
Dylan :
Looks heavy Luke
2026-08-01 09:54:11
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paige.schuck
paige :
holy early 😝
2026-08-01 06:42:49
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user191822826
User19182 :
Luke blue has never looked better on you
2026-08-01 08:00:41
0
barbiedoll_002027
Star_Barbie🌸🦄🩷🌸💋 :
2026-08-02 06:43:38
1
esmeraldaalovee
La vida es magia🦄🦄 :
2026-08-02 22:19:28
1
an_idk11
Annna :
Both
2026-08-14 01:36:44
1
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La primera vez que mi suegra me llamó por el nombre de la ex de mi esposo, pensé que había sido un accidente. Estábamos cenando en su casa. Yo había llevado una tarta de manzana porque, según ella, “a la familia le gustaba compartir cosas caseras”. Mentira. A la familia le gustaba comer cosas caseras. Compartir era otra historia. —Claudia, ¿me pasas la sal? —me preguntó mi suegra. Le pasé la sal. —Gracias, Laura. Me quedé congelada. Laura. Ese era el nombre de la ex de mi esposo. Miré a mi marido. Él bajó la mirada hacia su plato con la velocidad de alguien que acababa de descubrir una cucaracha dentro de la sopa. —Mamá… se llama Claudia. —¡Ay! ¡Perdón! —respondió ella—. Se me cruzaron los nombres. Yo sonreí. —No pasa nada. Y seguimos cenando. Pero desde ese día, Laura apareció en mi vida con una frecuencia sospechosa. Laura, pásame el pan. Laura, ¿quieres café? Laura, ¿vas a venir el domingo? Laura, ¿por qué no te cortas el pelo como lo tenía ella? Hasta que una tarde mi esposo llegó a casa y me encontró mirando fijamente mi taza de café. —¿Qué haces? —Estoy pensando. —Eso siempre me preocupa. Lo miré. —¿Tu mamá extraña mucho a Laura? Él suspiró. —No empieces. —No estoy empezando. Estoy preguntando. —Mi mamá es así. Le cuesta aceptar los cambios. —¿Qué cambios? —Que tú eres mi esposa y Laura es mi ex. —Ah, perfecto. Entonces que se compre una agenda. Él soltó una carcajada. —Amor, en serio. Ignórala. Y eso hice. Durante tres meses. Hasta que llegó mi cumpleaños. Mi suegra organizó una comida familiar. Cuando llegué, me recibió con un abrazo. —¡Laura! ¡Qué alegría verte! Esta vez no sonreí. Me separé lentamente. —¿Laura? Ella abrió los ojos. —¡Claudia! ¡Claudia! Quise decir Claudia. —Claro. Mi suegra se puso nerviosa. —Es que estoy mayor. —No se preocupe —respondí—. A mí también se me olvidan los nombres. Mi marido me miró. Yo le guiñé un ojo. Él inmediatamente entendió que algo estaba pasando. Durante la comida, mi suegra empezó a hablar de los años en que su hijo estuvo con Laura. —Laura hacía una carne al horno deliciosa. Yo asentí. —Qué interesante. —Y siempre se llevaba muy bien con la familia. —Me alegra. —Además, ella sabía exactamente cómo le gustaba el café a mi hijo. Miré a mi esposo. —¿Quieres que te prepare el café como Laura? Él casi se atragantó. —No, amor. —¿Seguro? Puedo preguntarle a tu mamá. Ella parece tener el manual. Mi cuñado se tapó la boca para no reírse. Mi suegra me lanzó una mirada asesina. Pero yo decidí no discutir. Decidí jugar. La siguiente vez que me llamó Laura, sonreí. —Sí, dígame. Mi suegra parpadeó. —¿Qué? —Me llamó Laura. —No, yo dije Claudia. —No se preocupe. Puede llamarme Laura si quiere. Mi esposo levantó las cejas. —¿Qué estás haciendo? —Ayudando a tu mamá con la memoria. Mi suegra frunció el ceño. —No entiendo. —Es fácil. Si le cuesta tanto recordar mi nombre, puedo responder al que le salga. Mi cuñado se empezó a reír. —¡Claudia! Mi suegra lo miró. —¿Qué? —Nada, mamá. Sigue. Esto está buenísimo. A partir de ese día, cada vez que mi suegra decía “Laura”, yo respondía. —¿Sí? —Laura, pásame el azúcar. —Claro. —Laura, acompáñame a comprar unas cosas. —Por supuesto. —Laura, ayúdame con la comida. —Encantada. Mi esposo estaba desconcertado. —¿Por qué le sigues el juego? —Porque quiero ver hasta dónde llega. Y llegó. Un domingo, estábamos todos almorzando cuando mi suegra soltó: —Laura, ¿me alcanzas la fuente? Yo se la pasé. —Claro. Ella sonrió satisfecha. Entonces mi esposo preguntó: —Mamá, ¿qué haces? —Nada. —¿Por qué sigues llamándola Laura? Mi suegra se puso seria. —Ya te dije que es sin querer. Yo levanté la mano. —No pasa nada. Mi esposo me miró. —¿Cómo que no pasa nada? —En realidad, ya me acostumbré. Mi suegra sonrió. —¿Ves? Yo continué: —Aunque tengo una pregunta. —¿Cuál? —¿Qué tan importante era Laura para ustedes? El silencio fue inmediato. Mi suegra dejó el tenedor. —¿Por qué preguntas eso? —Porque si después de tantos años todavía la confundes conmigo, pensé que quizá fue una nuera extraordinaria. Mi suegra empezó a sonreír. —Bueno… ella era muy buena. Mi esposo cerró los ojos. Yo asentí. —Perfecto. —¿Perfec
La primera vez que mi suegra me llamó por el nombre de la ex de mi esposo, pensé que había sido un accidente. Estábamos cenando en su casa. Yo había llevado una tarta de manzana porque, según ella, “a la familia le gustaba compartir cosas caseras”. Mentira. A la familia le gustaba comer cosas caseras. Compartir era otra historia. —Claudia, ¿me pasas la sal? —me preguntó mi suegra. Le pasé la sal. —Gracias, Laura. Me quedé congelada. Laura. Ese era el nombre de la ex de mi esposo. Miré a mi marido. Él bajó la mirada hacia su plato con la velocidad de alguien que acababa de descubrir una cucaracha dentro de la sopa. —Mamá… se llama Claudia. —¡Ay! ¡Perdón! —respondió ella—. Se me cruzaron los nombres. Yo sonreí. —No pasa nada. Y seguimos cenando. Pero desde ese día, Laura apareció en mi vida con una frecuencia sospechosa. Laura, pásame el pan. Laura, ¿quieres café? Laura, ¿vas a venir el domingo? Laura, ¿por qué no te cortas el pelo como lo tenía ella? Hasta que una tarde mi esposo llegó a casa y me encontró mirando fijamente mi taza de café. —¿Qué haces? —Estoy pensando. —Eso siempre me preocupa. Lo miré. —¿Tu mamá extraña mucho a Laura? Él suspiró. —No empieces. —No estoy empezando. Estoy preguntando. —Mi mamá es así. Le cuesta aceptar los cambios. —¿Qué cambios? —Que tú eres mi esposa y Laura es mi ex. —Ah, perfecto. Entonces que se compre una agenda. Él soltó una carcajada. —Amor, en serio. Ignórala. Y eso hice. Durante tres meses. Hasta que llegó mi cumpleaños. Mi suegra organizó una comida familiar. Cuando llegué, me recibió con un abrazo. —¡Laura! ¡Qué alegría verte! Esta vez no sonreí. Me separé lentamente. —¿Laura? Ella abrió los ojos. —¡Claudia! ¡Claudia! Quise decir Claudia. —Claro. Mi suegra se puso nerviosa. —Es que estoy mayor. —No se preocupe —respondí—. A mí también se me olvidan los nombres. Mi marido me miró. Yo le guiñé un ojo. Él inmediatamente entendió que algo estaba pasando. Durante la comida, mi suegra empezó a hablar de los años en que su hijo estuvo con Laura. —Laura hacía una carne al horno deliciosa. Yo asentí. —Qué interesante. —Y siempre se llevaba muy bien con la familia. —Me alegra. —Además, ella sabía exactamente cómo le gustaba el café a mi hijo. Miré a mi esposo. —¿Quieres que te prepare el café como Laura? Él casi se atragantó. —No, amor. —¿Seguro? Puedo preguntarle a tu mamá. Ella parece tener el manual. Mi cuñado se tapó la boca para no reírse. Mi suegra me lanzó una mirada asesina. Pero yo decidí no discutir. Decidí jugar. La siguiente vez que me llamó Laura, sonreí. —Sí, dígame. Mi suegra parpadeó. —¿Qué? —Me llamó Laura. —No, yo dije Claudia. —No se preocupe. Puede llamarme Laura si quiere. Mi esposo levantó las cejas. —¿Qué estás haciendo? —Ayudando a tu mamá con la memoria. Mi suegra frunció el ceño. —No entiendo. —Es fácil. Si le cuesta tanto recordar mi nombre, puedo responder al que le salga. Mi cuñado se empezó a reír. —¡Claudia! Mi suegra lo miró. —¿Qué? —Nada, mamá. Sigue. Esto está buenísimo. A partir de ese día, cada vez que mi suegra decía “Laura”, yo respondía. —¿Sí? —Laura, pásame el azúcar. —Claro. —Laura, acompáñame a comprar unas cosas. —Por supuesto. —Laura, ayúdame con la comida. —Encantada. Mi esposo estaba desconcertado. —¿Por qué le sigues el juego? —Porque quiero ver hasta dónde llega. Y llegó. Un domingo, estábamos todos almorzando cuando mi suegra soltó: —Laura, ¿me alcanzas la fuente? Yo se la pasé. —Claro. Ella sonrió satisfecha. Entonces mi esposo preguntó: —Mamá, ¿qué haces? —Nada. —¿Por qué sigues llamándola Laura? Mi suegra se puso seria. —Ya te dije que es sin querer. Yo levanté la mano. —No pasa nada. Mi esposo me miró. —¿Cómo que no pasa nada? —En realidad, ya me acostumbré. Mi suegra sonrió. —¿Ves? Yo continué: —Aunque tengo una pregunta. —¿Cuál? —¿Qué tan importante era Laura para ustedes? El silencio fue inmediato. Mi suegra dejó el tenedor. —¿Por qué preguntas eso? —Porque si después de tantos años todavía la confundes conmigo, pensé que quizá fue una nuera extraordinaria. Mi suegra empezó a sonreír. —Bueno… ella era muy buena. Mi esposo cerró los ojos. Yo asentí. —Perfecto. —¿Perfec

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