@regina.tanya: AHHH❤️❤️ @Bunga Reyza aka MINGSE

regina tanya
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Saturday 01 August 2026 11:09:30 GMT
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Comments

bungareyzaa
Bunga Reyza aka MINGSE :
Loveeee
2026-08-01 11:32:16
135
pidelapidelo
fidelasalviaa :
JIRRR tiba tiba bgt barenggg???...
2026-08-01 12:38:53
66
httpfewy
fewy :
ka spill dress nya dong😍
2026-08-01 12:15:20
12
user89091425271711
user89091425271711 :
spilll dress
2026-08-01 11:13:19
1
ikbal.dwi.sandika
ikbal dwi sandika :
1
2026-08-01 12:30:41
1
fauziah_febriani
feb :
Bunga Roland?
2026-08-01 15:44:38
5
susi.wati566
Susi Wati :
cantik banget bunga mingse masyaallah
2026-08-01 12:52:33
2
happymeal_____
happymeal_____ :
omg 😍😍😍
2026-08-01 13:19:57
1
seraphiciaa
🍒 :
WEHH CAKEFF
2026-08-01 11:57:41
3
araaa.q
arafah :
prtma nih
2026-08-01 11:10:57
1
araaa.q
arafah :
🥰🥰🥰
2026-08-01 11:11:14
2
rajaakal597
ETR :
🥰🥰🥰
2026-08-01 18:00:40
0
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Mi suegra me agregó por error a un grupo de WhatsApp llamado “Familia sin Gisel”. La verdad, cuando vi el nombre del grupo, pensé que había leído mal. Estaba acostada en la cama, tomando mate y revisando el celular cuando apareció: “Marta te agregó al grupo Familia sin Gisel”. Me quedé mirando la pantalla. —¿Perdón? Volví a leer. Familia sin Gisel. No “Familia”. No “Familia 2026”. No “Cumpleaños de la abuela”. Familia sin Gisel. Mi primera reacción fue salir inmediatamente. Pero entonces apareció un mensaje. —“Bueno, ahora que está todo organizado, podemos hablar tranquilos.” Yo pensé: “¿Organizado qué?” Y antes de que pudiera tocar “salir del grupo”, llegó otro mensaje. —“Por favor, que nadie le diga a Gisel que existe este grupo.” Me quedé inmóvil. —Ah, bueno… —murmuré—. Esto se puso interesante. Miré la lista de integrantes. Mi suegra. Mi cuñada. Dos primos de mi marido. Una tía. Un hermano de mi marido. Y… Mi marido. Ahí entendí que aquello no había sido un simple accidente familiar. Mi suegra podía haberse equivocado. Pero mi marido estaba ahí desde hacía quién sabía cuánto. Y nadie parecía haberse dado cuenta de que yo acababa de entrar. Entonces hice algo que probablemente no fue muy maduro. No salí. Me quedé. En silencio. Como una planta. Una planta con Wi-Fi. Durante el primer día no dijeron demasiado. Pero al segundo… —“¿Ya habló con Gisel de lo del dinero?” Otro respondió: —“Todavía no. Hay que esperar.” Yo abrí los ojos. ¿Mi dinero? Seguí leyendo. —“Ella gana bastante con sus cosas.” —“Sí, pero se cree que todo es de ella.” Me mordí el labio para no reírme. Porque, técnicamente… todo era mío. La casa estaba a mi nombre. El auto estaba a mi nombre. Mis cuentas eran mías. Mis equipos de trabajo eran míos. Y el dinero que yo generaba con mis relatos también era mío. Mi marido, sin embargo, aparentemente había organizado una pequeña reunión familiar para decidir cómo repartir algo que no le pertenecía. Qué lindo. Qué considerado. Casi me emocioné. El tercer día empezaron las burlas. —“¿Vieron el último relato que publicó?” —“Sí, jajajaja. Se cree escritora.” —“Yo no sé quién le dice que son buenos.” Yo miré el mensaje y pensé: “Qué curioso.” Porque varios de ellos me habían escrito en privado anteriormente: “Qué lindo lo que haces.” “Me encanta cómo escribes.” “Seguí así, Gisel.” Resulta que aparentemente tenían dos personalidades. Una para Facebook. Y otra para el grupo clandestino. Yo seguía sin escribir nada. Solo leía. Y cada vez me divertía más. Una noche mi cuñada puso: —“Hay que convencerla de vender el auto.” Mi marido respondió: —“Yo puedo hablar con ella.” Yo casi escupo el mate. ¿Vender MI auto? Después apareció mi suegra: —“Es que ella no sabe administrar.” Ahí tuve que apagar la pantalla. Me levanté. Fui a la cocina. Me serví agua. Volví. Abrí WhatsApp. Y seguían escribiendo. —“Si se separa, hay que evitar que se quede con todo.” Mi marido: —“Por eso tenemos que hacerlo antes.” Yo pensé: “¿Antes de qué?” Y entonces apareció el mensaje que me hizo entender que la situación era todavía peor. —“Ella confía demasiado en él.” Silencio. Yo también confiaba demasiado. Eso era cierto. Pero ahora tenía una ventaja que ellos desconocían. Yo sabía. Durante casi un mes viví una doble vida. En persona, yo era la esposa tranquila. —¿Amor, querés café? —Sí, gracias. —¿Cómo estuvo tu día? —Bien. —Qué bueno. Y por dentro: “ESTE HOMBRE ME QUIERE VENDER EL AUTO.” En el grupo, mientras tanto, seguían destruyéndome. Un día se burlaron de mis relatos. Otro día de cómo hablaba. Otro de cómo vestía. Otro de mis videos. Y uno escribió: —“Seguro se cree famosa.” Yo pensé: “Bueno, famosa no sé… pero claramente soy el tema principal de sus conversaciones.” Lo más gracioso era que cada vez que alguien nuevo entraba al grupo, le explicaban: —“Este grupo es para hablar de cosas familiares sin Gisel.” Yo estaba literalmente leyendo eso. Desde adentro. Era como estar escondida en el living mientras todos hablaban de mí en la cocina. Hasta que un día llegó el mensaje que cambió todo. Mi suegra escribió: —“Tenemos que convencerla de que ponga algunas cosas a nombre d
Mi suegra me agregó por error a un grupo de WhatsApp llamado “Familia sin Gisel”. La verdad, cuando vi el nombre del grupo, pensé que había leído mal. Estaba acostada en la cama, tomando mate y revisando el celular cuando apareció: “Marta te agregó al grupo Familia sin Gisel”. Me quedé mirando la pantalla. —¿Perdón? Volví a leer. Familia sin Gisel. No “Familia”. No “Familia 2026”. No “Cumpleaños de la abuela”. Familia sin Gisel. Mi primera reacción fue salir inmediatamente. Pero entonces apareció un mensaje. —“Bueno, ahora que está todo organizado, podemos hablar tranquilos.” Yo pensé: “¿Organizado qué?” Y antes de que pudiera tocar “salir del grupo”, llegó otro mensaje. —“Por favor, que nadie le diga a Gisel que existe este grupo.” Me quedé inmóvil. —Ah, bueno… —murmuré—. Esto se puso interesante. Miré la lista de integrantes. Mi suegra. Mi cuñada. Dos primos de mi marido. Una tía. Un hermano de mi marido. Y… Mi marido. Ahí entendí que aquello no había sido un simple accidente familiar. Mi suegra podía haberse equivocado. Pero mi marido estaba ahí desde hacía quién sabía cuánto. Y nadie parecía haberse dado cuenta de que yo acababa de entrar. Entonces hice algo que probablemente no fue muy maduro. No salí. Me quedé. En silencio. Como una planta. Una planta con Wi-Fi. Durante el primer día no dijeron demasiado. Pero al segundo… —“¿Ya habló con Gisel de lo del dinero?” Otro respondió: —“Todavía no. Hay que esperar.” Yo abrí los ojos. ¿Mi dinero? Seguí leyendo. —“Ella gana bastante con sus cosas.” —“Sí, pero se cree que todo es de ella.” Me mordí el labio para no reírme. Porque, técnicamente… todo era mío. La casa estaba a mi nombre. El auto estaba a mi nombre. Mis cuentas eran mías. Mis equipos de trabajo eran míos. Y el dinero que yo generaba con mis relatos también era mío. Mi marido, sin embargo, aparentemente había organizado una pequeña reunión familiar para decidir cómo repartir algo que no le pertenecía. Qué lindo. Qué considerado. Casi me emocioné. El tercer día empezaron las burlas. —“¿Vieron el último relato que publicó?” —“Sí, jajajaja. Se cree escritora.” —“Yo no sé quién le dice que son buenos.” Yo miré el mensaje y pensé: “Qué curioso.” Porque varios de ellos me habían escrito en privado anteriormente: “Qué lindo lo que haces.” “Me encanta cómo escribes.” “Seguí así, Gisel.” Resulta que aparentemente tenían dos personalidades. Una para Facebook. Y otra para el grupo clandestino. Yo seguía sin escribir nada. Solo leía. Y cada vez me divertía más. Una noche mi cuñada puso: —“Hay que convencerla de vender el auto.” Mi marido respondió: —“Yo puedo hablar con ella.” Yo casi escupo el mate. ¿Vender MI auto? Después apareció mi suegra: —“Es que ella no sabe administrar.” Ahí tuve que apagar la pantalla. Me levanté. Fui a la cocina. Me serví agua. Volví. Abrí WhatsApp. Y seguían escribiendo. —“Si se separa, hay que evitar que se quede con todo.” Mi marido: —“Por eso tenemos que hacerlo antes.” Yo pensé: “¿Antes de qué?” Y entonces apareció el mensaje que me hizo entender que la situación era todavía peor. —“Ella confía demasiado en él.” Silencio. Yo también confiaba demasiado. Eso era cierto. Pero ahora tenía una ventaja que ellos desconocían. Yo sabía. Durante casi un mes viví una doble vida. En persona, yo era la esposa tranquila. —¿Amor, querés café? —Sí, gracias. —¿Cómo estuvo tu día? —Bien. —Qué bueno. Y por dentro: “ESTE HOMBRE ME QUIERE VENDER EL AUTO.” En el grupo, mientras tanto, seguían destruyéndome. Un día se burlaron de mis relatos. Otro día de cómo hablaba. Otro de cómo vestía. Otro de mis videos. Y uno escribió: —“Seguro se cree famosa.” Yo pensé: “Bueno, famosa no sé… pero claramente soy el tema principal de sus conversaciones.” Lo más gracioso era que cada vez que alguien nuevo entraba al grupo, le explicaban: —“Este grupo es para hablar de cosas familiares sin Gisel.” Yo estaba literalmente leyendo eso. Desde adentro. Era como estar escondida en el living mientras todos hablaban de mí en la cocina. Hasta que un día llegó el mensaje que cambió todo. Mi suegra escribió: —“Tenemos que convencerla de que ponga algunas cosas a nombre d

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