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La migración no el problema de Europa. La variable que más explica la delincuencia, no es el origen nacional sino la exclusión socioeconómica, la falta de acceso a empleo, vivienda y educación. Cuando controlas por esos factores, la brecha entre grupos se reduce bastante. Personas buenas y malas existen de todas las nacionalidades, religiones y culturas del mundo. Hay migrantes buenos y migrantes malo. Hay españoles buenos y españoles mala. Hay ingleses buenos e ingleses malos. Hay franceses buenos y franceses malos.  Lo vimos con los italianos en Nueva York a principios del siglo XX: la prensa los llamaba “la mano negra”, los culpaba de toda la criminalidad organizada de la ciudad. Cincuenta años después, integrados y con acceso a empleo estable, esas mismas comunidades tenían tasas de delincuencia indistinguibles del resto. No cambió la sangre italiana. Cambiaron las oportunidades. Hoy pasa lo mismo con marroquíes en España, argelinos en Francia o turcos en Alemania de segunda generación: cuando tienen papeles, trabajo legal y no viven hacinados en guetos periféricos, las tasas convergen con las del resto de la población.  El patrón se repite tanto que ya no puede llamarse coincidencia: donde hay integración real, se diluye la brecha. Donde hay exclusión sistemática, como en los banlieues franceses o ciertos barrios del extrarradio madrileño, el delito encuentra terreno fértil, tenga el pasaporte que tenga quien lo comete. Dejemos de repetir discursos xenofobos y racistas, empecemos por utilizar más la cabeza.
La migración no el problema de Europa. La variable que más explica la delincuencia, no es el origen nacional sino la exclusión socioeconómica, la falta de acceso a empleo, vivienda y educación. Cuando controlas por esos factores, la brecha entre grupos se reduce bastante. Personas buenas y malas existen de todas las nacionalidades, religiones y culturas del mundo. Hay migrantes buenos y migrantes malo. Hay españoles buenos y españoles mala. Hay ingleses buenos e ingleses malos. Hay franceses buenos y franceses malos. Lo vimos con los italianos en Nueva York a principios del siglo XX: la prensa los llamaba “la mano negra”, los culpaba de toda la criminalidad organizada de la ciudad. Cincuenta años después, integrados y con acceso a empleo estable, esas mismas comunidades tenían tasas de delincuencia indistinguibles del resto. No cambió la sangre italiana. Cambiaron las oportunidades. Hoy pasa lo mismo con marroquíes en España, argelinos en Francia o turcos en Alemania de segunda generación: cuando tienen papeles, trabajo legal y no viven hacinados en guetos periféricos, las tasas convergen con las del resto de la población. El patrón se repite tanto que ya no puede llamarse coincidencia: donde hay integración real, se diluye la brecha. Donde hay exclusión sistemática, como en los banlieues franceses o ciertos barrios del extrarradio madrileño, el delito encuentra terreno fértil, tenga el pasaporte que tenga quien lo comete. Dejemos de repetir discursos xenofobos y racistas, empecemos por utilizar más la cabeza.

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