@sara._.1393: فرزند ایران و جان فدای میهن مهرداد مشتاقی🙍‍♀️💔 دلتنگتیم🥲 #creatorsearchinsights #فرزندان_ایران🖤 #مهرداد_مشتاقی #foryou #فوریو_نظری_به_حال_ما_کن

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#leyenda La Leyenda del Hijo de la Luna Cuenta la tradición que, hace mucho tiempo, vivía una mujer gitana que estaba profundamente enamorada de un hombre perteneciente a otra tribu vecina. Sin embargo, las leyes de su pueblo eran estrictas y prohibían de manera absoluta el matrimonio entre personas de distintos clanes. Desesperada por el rechazo de su comunidad y el dolor de no poder estar con su amado, la joven decidió subir a lo alto de una colina durante una noche de Luna Llena. [1] Llorando amargamente, miró al cielo y le pidió un favor a la luna: que rompiera los prejuicios de su gente y le permitiera casarse con el hombre que amaba. La Luna, que siempre observaba el mundo de los mortales desde su frío trono de plata, se sentía terriblemente sola porque no tenía hijos. Al escuchar los ruegos de la joven, decidió responderle con una voz suave pero condicionada: —Te concederé el amor de ese hombre y podrás casarte con él —le dijo el astro—, pero a cambio de este favor, debes entregarme al primer hijo que concibas con él. La gitana, cegada por el deseo y la urgencia de estar con su amado, aceptó el trato de inmediato sin medir las consecuencias. Pensó que el precio era menor con tal de asegurar su felicidad. El cumplimiento del pacto Al poco tiempo, el favor se cumplió. El hombre de la tribu vecina se enamoró perdidamente de ella, desafiaron las normas del pueblo y se casaron en medio de una gran celebración. La felicidad parecía completa cuando la mujer quedó embarazada. Sin embargo, el destino de los pactos con la naturaleza es implacable. Cuando llegó el día del parto, el niño nació, pero no se parecía en nada a sus padres. En lugar de tener la piel canela y los ojos oscuros característicos de su raza, el bebé nació con la piel blanca como el armiño y los ojos grises y brillantes como dos luceros. El niño era blanco como el lomo de un armiño y no tenía la sangre de su padre. [1] Al ver al recién nacido, el esposo se llenó de furia y de celos. Creyó erróneamente que su esposa lo había traicionado con un hombre extranjero. Ciego de la ira y sintiéndose deshonrado, increpó a la mujer: —¿De quién es este hijo? ¡Me has engañado! Sin dejar que ella explicara el antiguo pacto con el astro, el hombre, herido en su orgullo, la atacó mortalmente con un cuchillo. Acto seguido, tomó al niño en sus brazos, subió corriendo a la colina donde su esposa había hecho la petición y lo abandonó a su suerte bajo la intemperie nocturna. [1, 2] El destino del niño Fue en ese momento que la Luna descendió en forma de una densa niebla plateada, tomó al bebé entre sus brazos de luz y se lo llevó consigo al cielo para protegerlo por siempre. Dice la leyenda que a partir de ese día, la Luna vigila y cuida a su hijo adoptivo. Cuando el niño está feliz y juega, la Luna se muestra brillante y redonda en su fase de Luna Llena. En cambio, cuando el niño llora o extraña la Tierra, la Luna se encoge para hacerle una cuna de luz con sus puntas, transformándose en Luna Menguante o Creciente para arrullarlo hasta que se duerma. La advertencia de la historia La moraleja de esta antigua leyenda advierte que la Luna es sumamente celosa y que nunca se debe pedir un favor sin estar dispuesto a perder lo que más se ama, ya que los astros no comprenden el valor de los sacrificios humanos.
#leyenda La Leyenda del Hijo de la Luna Cuenta la tradición que, hace mucho tiempo, vivía una mujer gitana que estaba profundamente enamorada de un hombre perteneciente a otra tribu vecina. Sin embargo, las leyes de su pueblo eran estrictas y prohibían de manera absoluta el matrimonio entre personas de distintos clanes. Desesperada por el rechazo de su comunidad y el dolor de no poder estar con su amado, la joven decidió subir a lo alto de una colina durante una noche de Luna Llena. [1] Llorando amargamente, miró al cielo y le pidió un favor a la luna: que rompiera los prejuicios de su gente y le permitiera casarse con el hombre que amaba. La Luna, que siempre observaba el mundo de los mortales desde su frío trono de plata, se sentía terriblemente sola porque no tenía hijos. Al escuchar los ruegos de la joven, decidió responderle con una voz suave pero condicionada: —Te concederé el amor de ese hombre y podrás casarte con él —le dijo el astro—, pero a cambio de este favor, debes entregarme al primer hijo que concibas con él. La gitana, cegada por el deseo y la urgencia de estar con su amado, aceptó el trato de inmediato sin medir las consecuencias. Pensó que el precio era menor con tal de asegurar su felicidad. El cumplimiento del pacto Al poco tiempo, el favor se cumplió. El hombre de la tribu vecina se enamoró perdidamente de ella, desafiaron las normas del pueblo y se casaron en medio de una gran celebración. La felicidad parecía completa cuando la mujer quedó embarazada. Sin embargo, el destino de los pactos con la naturaleza es implacable. Cuando llegó el día del parto, el niño nació, pero no se parecía en nada a sus padres. En lugar de tener la piel canela y los ojos oscuros característicos de su raza, el bebé nació con la piel blanca como el armiño y los ojos grises y brillantes como dos luceros. El niño era blanco como el lomo de un armiño y no tenía la sangre de su padre. [1] Al ver al recién nacido, el esposo se llenó de furia y de celos. Creyó erróneamente que su esposa lo había traicionado con un hombre extranjero. Ciego de la ira y sintiéndose deshonrado, increpó a la mujer: —¿De quién es este hijo? ¡Me has engañado! Sin dejar que ella explicara el antiguo pacto con el astro, el hombre, herido en su orgullo, la atacó mortalmente con un cuchillo. Acto seguido, tomó al niño en sus brazos, subió corriendo a la colina donde su esposa había hecho la petición y lo abandonó a su suerte bajo la intemperie nocturna. [1, 2] El destino del niño Fue en ese momento que la Luna descendió en forma de una densa niebla plateada, tomó al bebé entre sus brazos de luz y se lo llevó consigo al cielo para protegerlo por siempre. Dice la leyenda que a partir de ese día, la Luna vigila y cuida a su hijo adoptivo. Cuando el niño está feliz y juega, la Luna se muestra brillante y redonda en su fase de Luna Llena. En cambio, cuando el niño llora o extraña la Tierra, la Luna se encoge para hacerle una cuna de luz con sus puntas, transformándose en Luna Menguante o Creciente para arrullarlo hasta que se duerma. La advertencia de la historia La moraleja de esta antigua leyenda advierte que la Luna es sumamente celosa y que nunca se debe pedir un favor sin estar dispuesto a perder lo que más se ama, ya que los astros no comprenden el valor de los sacrificios humanos.

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