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Thursday 06 August 2026 07:15:35 GMT
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Todavía me acuerdo de la cara de mi esposo cuando dijo, entre risas: —¡Dejala! A ver cómo vuelve. Sus tres amigos estallaron de la risa como si hubieran contado el mejor chiste del siglo. Todo había empezado por una discusión ridícula durante un viaje por Uruguay. Yo les había dicho que era una pésima idea manejar después de haber tomado cerveza. —¡Qué pesada sos! Siempre arruinando la diversión —protestó mi esposo. Llegamos a un pueblito pequeño, de esos donde todos se conocen. Él frenó frente a una plaza. —Bajate si tanto te molesta. Pensé que era una amenaza vacía. Bajé para calmarme unos minutos. No pasaron ni diez segundos cuando escuché las puertas cerrarse. —¡Bueno, ya está! ¡Subí! —grité. En lugar de abrirme, aceleraron. Los cuatro saludaban por la ventanilla muertos de risa. —¡A ver cómo regresa! —escuché antes de que desaparecieran levantando tierra. Me quedé inmóvil. Después miré alrededor. Una señora que barría la vereda me observó con una mezcla de lástima y curiosidad. —¿La dejaron? —Parece que sí... Ella negó con la cabeza. —M'hija... ese hombre no sirve ni para perder en la lotería. No pude evitar largarme a reír. Cinco minutos después ya estaba tomando mate con la señora, que se llamaba Marta. Le conté toda la historia. —Quedate unos días. Acá siempre aparece trabajo para quien tenga ganas. Pensé que sería una locura. Pero también pensé... ¿Volver para qué? ¿Para un hombre que disfrutaba humillarme delante de sus amigos? Esa misma tarde empecé ayudando en una panadería. El dueño era un viejito simpático que hablaba hasta con las medialunas. —Estas salen mejor si las tratás con cariño. —¿También les canta? —Claro. Si no les canto, salen tristes. El pueblo entero era así. Una vecina me regaló ropa. Otra me prestó una bicicleta. En una semana ya todos me conocían. En dos semanas alquilé una piecita. En tres, ya tenía trabajo fijo. Y al mes... Ya no quería volver jamás. Mientras tanto, mi esposo intentó llamarme unas doscientas veces. Lo bloqueé. Después escribió desde otros números. También los bloqueé. Su hermana me mandó un mensaje.
Todavía me acuerdo de la cara de mi esposo cuando dijo, entre risas: —¡Dejala! A ver cómo vuelve. Sus tres amigos estallaron de la risa como si hubieran contado el mejor chiste del siglo. Todo había empezado por una discusión ridícula durante un viaje por Uruguay. Yo les había dicho que era una pésima idea manejar después de haber tomado cerveza. —¡Qué pesada sos! Siempre arruinando la diversión —protestó mi esposo. Llegamos a un pueblito pequeño, de esos donde todos se conocen. Él frenó frente a una plaza. —Bajate si tanto te molesta. Pensé que era una amenaza vacía. Bajé para calmarme unos minutos. No pasaron ni diez segundos cuando escuché las puertas cerrarse. —¡Bueno, ya está! ¡Subí! —grité. En lugar de abrirme, aceleraron. Los cuatro saludaban por la ventanilla muertos de risa. —¡A ver cómo regresa! —escuché antes de que desaparecieran levantando tierra. Me quedé inmóvil. Después miré alrededor. Una señora que barría la vereda me observó con una mezcla de lástima y curiosidad. —¿La dejaron? —Parece que sí... Ella negó con la cabeza. —M'hija... ese hombre no sirve ni para perder en la lotería. No pude evitar largarme a reír. Cinco minutos después ya estaba tomando mate con la señora, que se llamaba Marta. Le conté toda la historia. —Quedate unos días. Acá siempre aparece trabajo para quien tenga ganas. Pensé que sería una locura. Pero también pensé... ¿Volver para qué? ¿Para un hombre que disfrutaba humillarme delante de sus amigos? Esa misma tarde empecé ayudando en una panadería. El dueño era un viejito simpático que hablaba hasta con las medialunas. —Estas salen mejor si las tratás con cariño. —¿También les canta? —Claro. Si no les canto, salen tristes. El pueblo entero era así. Una vecina me regaló ropa. Otra me prestó una bicicleta. En una semana ya todos me conocían. En dos semanas alquilé una piecita. En tres, ya tenía trabajo fijo. Y al mes... Ya no quería volver jamás. Mientras tanto, mi esposo intentó llamarme unas doscientas veces. Lo bloqueé. Después escribió desde otros números. También los bloqueé. Su hermana me mandó un mensaje. "Perdonalo. Dice que era una broma." Le respondí una sola cosa. "Abandonar a alguien en otro país no es una broma." Nunca más contesté. Un domingo decidí cruzar a Argentina para visitar a una prima. Mientras caminaba por una feria artesanal escuché una voz conocida. —¿Sos vos? Me di vuelta. Era mi esposo. Tenía la misma ropa arrugada de siempre, pero ahora la sonrisa había desaparecido. Me miraba como si hubiera visto un fantasma.

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