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Flowering Waters
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Es Oxford, 1976. Un investigador rastrea zorros rojos por los campos de Inglaterra con binoculares de infrarrojos. Observa algo que no figura en ningún manual: un zorro con una presa en la boca se detiene, escanea el terreno, y advierte que otro zorro lo mira desde la distancia. Lo que hace a continuación es perturbador. Excava. Empuja la tierra. Palmea la superficie con el morro. Y se aleja caminando lentamente. Pero no depositó nada. La presa sigue en su boca. Acaba de fabricar un señuelo. David Macdonald llevaba meses documentando el comportamiento de almacenamiento del zorro rojo, Vulpes vulpes, en los alrededores de Oxford. Había visto cómo estos animales distribuyen sus reservas en docenas de escondites distintos repartidos por su territorio, nunca en un solo lugar, para que perder uno no signifique perderlo todo. Pero esta secuencia era diferente. No era precaución: era una trampa activa. El zorro sabía que lo observaban, y usó ese conocimiento para enviar al rival a cavar en un lugar vacío. Lo que hace que esto sea tan desconcertante es el grado de elaboración. No basta con esconder bien la comida. El zorro realiza todo el ritual: la secuencia completa de excavar, insertar, cubrir, aplanar, olfatear el sitio. Un teatro de movimientos sin contenido real. El rival que lo vigila ve exactamente lo que vería si hubiera comida. Y cuando el zorro se aleja, el intruso tiene coordenadas falsas grabadas en la memoria. Piensa en lo que eso implica. El zorro no solo recuerda dónde está su comida: tiene un modelo de lo que el rival está viendo, de lo que va a creer, de cómo va a actuar. Igual que un jugador de póker que controla qué cartas deja ver, usa esa información para intervenir en la mente del otro antes de que llegue a excavar. Los biólogos llaman a esto caché falsa. En córvidos (arrendajos, grajos) se ha documentado un repertorio parecido: mover las reservas a nuevos sitios al detectar espías, interrumpir el entierro hasta quedar solos. Pero lo que perturba del zorro es la completitud del teatro: el escaneo del entorno, la detección del testigo, la decisión de ejecutar el engaño. Todo en cuestión de segundos. Hay algo que no cierra en esa velocidad. El zorro no delibera. Simplemente sabe que hay un observador, y sabe exactamente qué hacer con eso. #NotasdeMascotas #ZorroRojo #Zorros
Es Oxford, 1976. Un investigador rastrea zorros rojos por los campos de Inglaterra con binoculares de infrarrojos. Observa algo que no figura en ningún manual: un zorro con una presa en la boca se detiene, escanea el terreno, y advierte que otro zorro lo mira desde la distancia. Lo que hace a continuación es perturbador. Excava. Empuja la tierra. Palmea la superficie con el morro. Y se aleja caminando lentamente. Pero no depositó nada. La presa sigue en su boca. Acaba de fabricar un señuelo. David Macdonald llevaba meses documentando el comportamiento de almacenamiento del zorro rojo, Vulpes vulpes, en los alrededores de Oxford. Había visto cómo estos animales distribuyen sus reservas en docenas de escondites distintos repartidos por su territorio, nunca en un solo lugar, para que perder uno no signifique perderlo todo. Pero esta secuencia era diferente. No era precaución: era una trampa activa. El zorro sabía que lo observaban, y usó ese conocimiento para enviar al rival a cavar en un lugar vacío. Lo que hace que esto sea tan desconcertante es el grado de elaboración. No basta con esconder bien la comida. El zorro realiza todo el ritual: la secuencia completa de excavar, insertar, cubrir, aplanar, olfatear el sitio. Un teatro de movimientos sin contenido real. El rival que lo vigila ve exactamente lo que vería si hubiera comida. Y cuando el zorro se aleja, el intruso tiene coordenadas falsas grabadas en la memoria. Piensa en lo que eso implica. El zorro no solo recuerda dónde está su comida: tiene un modelo de lo que el rival está viendo, de lo que va a creer, de cómo va a actuar. Igual que un jugador de póker que controla qué cartas deja ver, usa esa información para intervenir en la mente del otro antes de que llegue a excavar. Los biólogos llaman a esto caché falsa. En córvidos (arrendajos, grajos) se ha documentado un repertorio parecido: mover las reservas a nuevos sitios al detectar espías, interrumpir el entierro hasta quedar solos. Pero lo que perturba del zorro es la completitud del teatro: el escaneo del entorno, la detección del testigo, la decisión de ejecutar el engaño. Todo en cuestión de segundos. Hay algo que no cierra en esa velocidad. El zorro no delibera. Simplemente sabe que hay un observador, y sabe exactamente qué hacer con eso. #NotasdeMascotas #ZorroRojo #Zorros

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