enryu.01 :
Algo andaba mal. Una opresión fría me atenazaba la garganta, avisándome que lo que estaba a punto de ocurrir rompió algún límite invisible. ¿Quién en su sano juicio se paraba ahí, helada y vulnerable, para recibir los remates despiadados de su propio entrenador? Un pensamiento sensato habría alcanzado para hacerme dar media vuelta y huir del gimnasio, pero la cordura ya no tenía espacio en mí.
Frente a mí no había un guía compasivo, sino la sombra imponente del técnico más implacable de nuestra generación. El balón en sus manos no era una herramienta de entrenamiento; era una sentencia. Un destello de sensatez me rogó que cediera, que me salvara de la humillación, pero un orgullo podrido me mantuvo anclada a la duela. Deseaba con desesperación infantil demostrarle que valía algo, que podía sostenerle la mirada, que mi existencia dejaba una huella en su cancha. Por esa necia necesidad de existir ante sus ojos, me quedé.
Y fue ese mismo orgullo el que me arrojó al abismo.
El impacto del remate no solo rompió el aire; destrozó el frágil cascarón que me sostenía. Cuando la fuerza bruta del golpe me derribó contra la madera, el dolor físico fue lo de menos. Al intentar tomar aire sobre la superficie fría, no encontré nada. No fue la derrota lo que me destruyó, sino la aterradora claridad que vino después: atravesada por su indiferencia, finalmente sentí el vacío inmenso y helado que llevaba años cargando en el centro del pecho. Un hoyo sin fondo que ninguna victoria, ningún esfuerzo y ningún orgullo jamás podrían llenar
2026-08-18 02:23:13