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Aparna Reddy
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Saturday 22 August 2026 06:49:57 GMT
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🌽 Cazuela de Elote y Fubá del Fogón Mira, te voy a contar algo que me pasó el otro día. Estaba lloviendo, de esas tardes que el agua cae parejito sobre el techo de lámina y el olor a tierra mojada se mete hasta la cocina. Yo tenía el fogón encendido, porque con la lluvia hasta los huesos duelen distinto, y de pronto me acordé de mi comadre Chabela, que me enseñó a hacer este bolo de fubá cuando vivíamos en el rancho. Ella lo hacía en un perol de esos grandotes, a fuego lento, y decía que el secreto estaba en la paciencia y en no dejar que el maíz se quemara en el fondo. Yo le puse mi toque con el elote tierno que compré en el mercado de los sábados, ese que todavía trae las hojas verdes y los granitos como perlas. Mira, no es difícil, pero hay que quererle. Primero, ralla tres elotes tiernos, de esos que al apretarlos sueltan una lechita dulce. Si no tienes elotes frescos, puedes usar dos tazas de grano congelado, pero te juro que el sabor no es el mismo, como cuando te cuentan un chiste sin gracia. En un tazón grande, bate tres huevos con una taza de azúcar morena hasta que estén espumosos, como si estuvieras batiendo para un merengue pero sin tanto esfuerzo. Agrega media taza de aceite, una taza de leche entera (o de la que a ti te guste, porque esto es como la fe, cada quien la vive a su modo) y una cucharada de mantequilla derretida. Mezcla todo con cariño, que las cosas que se hacen con prisa no saben a hogar. Ahora viene lo mío: en otro tazón, junta una taza de harina de fubá (esa que en el súper le dicen
🌽 Cazuela de Elote y Fubá del Fogón Mira, te voy a contar algo que me pasó el otro día. Estaba lloviendo, de esas tardes que el agua cae parejito sobre el techo de lámina y el olor a tierra mojada se mete hasta la cocina. Yo tenía el fogón encendido, porque con la lluvia hasta los huesos duelen distinto, y de pronto me acordé de mi comadre Chabela, que me enseñó a hacer este bolo de fubá cuando vivíamos en el rancho. Ella lo hacía en un perol de esos grandotes, a fuego lento, y decía que el secreto estaba en la paciencia y en no dejar que el maíz se quemara en el fondo. Yo le puse mi toque con el elote tierno que compré en el mercado de los sábados, ese que todavía trae las hojas verdes y los granitos como perlas. Mira, no es difícil, pero hay que quererle. Primero, ralla tres elotes tiernos, de esos que al apretarlos sueltan una lechita dulce. Si no tienes elotes frescos, puedes usar dos tazas de grano congelado, pero te juro que el sabor no es el mismo, como cuando te cuentan un chiste sin gracia. En un tazón grande, bate tres huevos con una taza de azúcar morena hasta que estén espumosos, como si estuvieras batiendo para un merengue pero sin tanto esfuerzo. Agrega media taza de aceite, una taza de leche entera (o de la que a ti te guste, porque esto es como la fe, cada quien la vive a su modo) y una cucharada de mantequilla derretida. Mezcla todo con cariño, que las cosas que se hacen con prisa no saben a hogar. Ahora viene lo mío: en otro tazón, junta una taza de harina de fubá (esa que en el súper le dicen "harina de maíz fina", pero que en mi tierra conocemos como fubá, porque así nos enseñaron los abuelos), una taza de harina de trigo, una cucharadita de polvo para hornear y un poquito de sal, como media cucharadita. Si no tienes fubá, puedes usar harina de maíz para arepas, pero queda más densa; el fubá es más suavecito, como la espuma del arroz con leche. Tamiza las harinas y ve incorporándolas a la mezcla de huevos, poquito a poquito, con movimientos envolventes, como cuando arropas a un niño. Si ves que la masa queda muy seca, agrégale un chorrito más de leche; si queda muy aguada, no te espantes, porque el elote suelta agua y eso es normal, nomás échale otra cucharada de harina. Cuando ya tengas todo mezclado, precalienta tu horno a 180 grados. Engrasa un molde de unos 22 centímetros con mantequilla y espolvoréale harina, que no se pegue el bolo, porque eso es como un pecado en la cocina. Vierte la masa y, si quieres, ponle encima unos granos de elote enteros para que se vea bonito, como si fuera un jardín. Hornéalo por cuarenta y cinco minutos o hasta que al meter un palillo salga limpio, pero con una migajita húmeda, que no quede seco como piedra. El truco que me enseñó la comadre Chabela es que el bolo debe sonar hueco cuando le tocas la superficie, como si estuvieras tocando un tambor, y el olor a maíz tostado te va a avisar que ya está. A mí se me cayó el café en la mesa cuando lo saqué del horno, y mientras lo limpiaba, me acordé de que el café derramado es como las recetas heredadas: se riegan sin querer, pero siempre dejan marca. Déjalo enfriar unos diez minutos antes de desmoldarlo, porque si lo sacas caliente se deshace, como cuando te gana el coraje. Sírvelo tibio, con un café de olla o un vaso de leche, y si quieres ponerle una bolita de helado de vainilla, no te voy a juzgar, hasta te digo que es una bendición. Que Dios te bendiga la cocina y que el maíz nunca te falte en la mesa. ¡Buen provecho, vecina!

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