@uejdujd123: 5 علامات تكشف الشخص اللي بيغير منك وبيحقد عليك | لغة الجسد تفضحه! ل تشعر أن هناك من يظهر لك الحب ولكن يخفي خلف ابتسامته غيرة وحقداً؟ 🤔 في هذا الفيديو نكشف لكم 5 علامات وإشارات حاسمة في علم النفس ولغة الجسد تفضح الشخص الحاسد والغيور، وكيف تفهم النوايا الحقيقية للآخرين لحماية نفسك وبناء علاقات صحية. ​!#لغة_الجسد #علم_النفس #الغيرة #الحسد #الحقد

بطل تبقى سهل
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Saturday 22 August 2026 19:58:15 GMT
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user091900401
user9973760969672 :
مابي اكتشف الشخص إلى يحقد على خليه الله يعطي كل شخص على نيته 🤣🤣
2026-08-30 09:11:24
0
dbjskbsjbsk0
بنت الشيخ :
ايه حرمت ابوي وعيالها
2026-08-27 12:42:02
0
hodaahmed9687
رنوش :
فعلا ده اللي بيحصل
2026-08-23 17:35:33
0
user9390614696582
رياض مصطفى 💔♥️❣️ :
صح صح كلامك صح😉
2026-08-22 20:04:59
0
hodaahmed9687
رنوش :
فيديوهاتك كلها مميزه ونصائح جميله
2026-08-23 17:35:04
0
hodaahmed9687
رنوش :
❤️❤️❤️❤️
2026-08-23 17:35:11
0
user2071819104684
نورا :
🥰🥰🥰🥰
2026-08-23 08:49:24
0
badie.allqabili
Badie Allqabili :
🔋🔋
2026-08-22 20:28:14
0
mahmoud_altayaar
mAHMOUD | aLTAYAR :
🥰🥰🥰
2026-08-22 20:04:49
0
shayma.mshmsh3
shosho Alp Boody :
🥰
2026-08-27 16:50:05
0
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29 de septiembre de 1980. Vitoria. Aquella noche, en el número 68 de la avenida de Gasteiz, **Mariola Ustarán** esperaba cumplir siete años. Había salido con su hermana Rocío a comprar chucherías y piruletas para repartir al día siguiente, mientras en casa se preparaba su cumpleaños. Su padre, **José Ignacio Ustarán Ramírez**, perito industrial y miembro de la ejecutiva de UCD en Álava, y su esposa, **Rosario Muela**, concejala de UCD en Vitoria, ultimaban los detalles de la celebración. A las nueve, sonó el telefonillo.  —¿José Ignacio Ustarán?   —Sí, vive aquí.   —Vengo a traerle un paquete.   Era un regalo, algo natural en la víspera de su cumpleaños. Rosario abrió la puerta y apareció una mujer, seguida de varios hombres armados. La celebración terminó antes de empezar. Los terroristas de ETA irrumpieron en su hogar, buscando a José Ignacio. Su hijo, que estudiaba en su habitación, oyó el revuelo y vio a su padre apuntado. Se cruzaron una única mirada, sin saber que era la despedida. Cuando el chico llegó a la cocina, su rostro estaba pálido. Juliana, la mujer que ayudaba a la familia, le preguntó si quería cenar. Dijo que no, aunque era buen comedor. La cocina se convirtió en una prisión: Rosario, sus hijos y Juliana quedaron vigilados por una terrorista armada mientras la sopa se enfría y el miedo invadía el ambiente. Rosario suplicó:   —Se han equivocado. La política soy yo. Llévenme a mí.   Pero habían venido por José Ignacio. Desconectaron los teléfonos y lo retuvieron en el despacho. Finalmente, lo llevaron. Rosario preguntó qué harían con él; respondieron que hablarían y decidirían. Antes de marcharse, amenazaron a la familia con que no contactaran a la Policía. La puerta se cerró y quedó el silencio. Rosario, desesperada, pidió ayuda desde casa de una vecina. Mientras los amigos y familiares buscaban a José Ignacio, sus asesinos habían decidido que nunca regresaría. Cerca de las diez y media, unos vecinos encontraron un automóvil bloqueando la entrada de un garaje. En el asiento trasero estaba **José Ignacio Ustarán**, muerto, con dos impactos de bala. No había casquillos en el lugar, lo que sugería que lo mataron en otro sitio y luego lo trasladaron. Al recibir la noticia, Rosario lanzó un grito de desesperación. Sus hijos ya lo sabían. Papá no volvería. Con 51 años y tras diecisiete años de matrimonio con Rosario, José Ignacio era padre de cuatro hijos. Días antes, habían recibido una amenaza anónima que ignoraron. ETA político-militar reclamó el asesinato por su afiliación a UCD, pero ninguna explicación podía justificar esa cena interrumpida. La sopa fría, las piruletas, la mirada entre padre e hijo. Al día siguiente, **Mariola cumplió siete años**. Mientras los familiares acudían al velorio, la pequeña recibió un juego de café de juguete, comenzando a ofrecer café a quienes venían a despedirse de su padre. Una niña obligada a crecer de golpe por el terrorismo. José Ignacio fue enterrado en el cementerio de Santa Isabel. Rosario, viuda a los treinta y seis años, se mudó a Sevilla con sus cuatro hijos para comenzar de nuevo. Pero nadie pudo dejar atrás aquella cocina. Los hijos crecieron cargando con aquella horrible noche. Mariola nunca celebró un cumpleaños sin recordar el asesinato de su padre la noche anterior. Y queda una herida más: **la impunidad**. Los asesinos nunca fueron juzgados. Años después, la familia escribió: **«Tus asesinos nunca fueron juzgados. Aquella noche nadie cenó. ETA asesinó a José Ignacio Ustarán, pero dejó dentro de aquella casa algo que ningún calendario pudo borrar: la última noche en que papá estuvo en casa. Que la pesada losa del tiempo jamás borre su memoria.»**
29 de septiembre de 1980. Vitoria. Aquella noche, en el número 68 de la avenida de Gasteiz, **Mariola Ustarán** esperaba cumplir siete años. Había salido con su hermana Rocío a comprar chucherías y piruletas para repartir al día siguiente, mientras en casa se preparaba su cumpleaños. Su padre, **José Ignacio Ustarán Ramírez**, perito industrial y miembro de la ejecutiva de UCD en Álava, y su esposa, **Rosario Muela**, concejala de UCD en Vitoria, ultimaban los detalles de la celebración. A las nueve, sonó el telefonillo. —¿José Ignacio Ustarán? —Sí, vive aquí. —Vengo a traerle un paquete. Era un regalo, algo natural en la víspera de su cumpleaños. Rosario abrió la puerta y apareció una mujer, seguida de varios hombres armados. La celebración terminó antes de empezar. Los terroristas de ETA irrumpieron en su hogar, buscando a José Ignacio. Su hijo, que estudiaba en su habitación, oyó el revuelo y vio a su padre apuntado. Se cruzaron una única mirada, sin saber que era la despedida. Cuando el chico llegó a la cocina, su rostro estaba pálido. Juliana, la mujer que ayudaba a la familia, le preguntó si quería cenar. Dijo que no, aunque era buen comedor. La cocina se convirtió en una prisión: Rosario, sus hijos y Juliana quedaron vigilados por una terrorista armada mientras la sopa se enfría y el miedo invadía el ambiente. Rosario suplicó: —Se han equivocado. La política soy yo. Llévenme a mí. Pero habían venido por José Ignacio. Desconectaron los teléfonos y lo retuvieron en el despacho. Finalmente, lo llevaron. Rosario preguntó qué harían con él; respondieron que hablarían y decidirían. Antes de marcharse, amenazaron a la familia con que no contactaran a la Policía. La puerta se cerró y quedó el silencio. Rosario, desesperada, pidió ayuda desde casa de una vecina. Mientras los amigos y familiares buscaban a José Ignacio, sus asesinos habían decidido que nunca regresaría. Cerca de las diez y media, unos vecinos encontraron un automóvil bloqueando la entrada de un garaje. En el asiento trasero estaba **José Ignacio Ustarán**, muerto, con dos impactos de bala. No había casquillos en el lugar, lo que sugería que lo mataron en otro sitio y luego lo trasladaron. Al recibir la noticia, Rosario lanzó un grito de desesperación. Sus hijos ya lo sabían. Papá no volvería. Con 51 años y tras diecisiete años de matrimonio con Rosario, José Ignacio era padre de cuatro hijos. Días antes, habían recibido una amenaza anónima que ignoraron. ETA político-militar reclamó el asesinato por su afiliación a UCD, pero ninguna explicación podía justificar esa cena interrumpida. La sopa fría, las piruletas, la mirada entre padre e hijo. Al día siguiente, **Mariola cumplió siete años**. Mientras los familiares acudían al velorio, la pequeña recibió un juego de café de juguete, comenzando a ofrecer café a quienes venían a despedirse de su padre. Una niña obligada a crecer de golpe por el terrorismo. José Ignacio fue enterrado en el cementerio de Santa Isabel. Rosario, viuda a los treinta y seis años, se mudó a Sevilla con sus cuatro hijos para comenzar de nuevo. Pero nadie pudo dejar atrás aquella cocina. Los hijos crecieron cargando con aquella horrible noche. Mariola nunca celebró un cumpleaños sin recordar el asesinato de su padre la noche anterior. Y queda una herida más: **la impunidad**. Los asesinos nunca fueron juzgados. Años después, la familia escribió: **«Tus asesinos nunca fueron juzgados. Aquella noche nadie cenó. ETA asesinó a José Ignacio Ustarán, pero dejó dentro de aquella casa algo que ningún calendario pudo borrar: la última noche en que papá estuvo en casa. Que la pesada losa del tiempo jamás borre su memoria.»**

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