@taly_163: El club de teatro ya no se reunía con la misma intensidad. Después del aniversario y de la obra más grande que habían montado en años, el ritmo bajó de golpe. Muchos respiraron aliviados. Otros, en cambio, sintieron el vacío de pronto. Hasta que la universidad anunció el evento de recaudación. No era nada demasiado elaborado, pero tenía sentido: un fin de semana completo dedicado a reunir fondos para la reconstrucción de la biblioteca comunitaria del barrio que estaba justo detrás del campus. Un incendio menor había dejado el edificio inutilizable y los niños del vecindario se habían quedado sin ese espacio. La escuela, con su reputación impecable, decidió ayudar. Había de todo: venta de comida, torneos deportivos entre facultades, un concurso de karaoke bastante caótico y varios carnavales organizados por los clubes estudiantiles. Y, por supuesto, una obra de teatro corta con venta de boletos. La maestra titular del club los miró a todos esa tarde con la expresión de quien sabe que está pidiendo demasiado. —Sé que están exhaustos —dijo, caminando entre las butacas vacías—. Pero hagan su mejor esfuerzo. Nuestra escuela tiene una grandiosa reputación en este teatro. No hay que defraudarla. Nadie protestó en voz alta. Solo hubo suspiros y asentimientos cansados. Y así fue como Jan y JingJing volvieron a verse envueltas en ensayos. La diferencia era sutil, pero estaba ahí. Ya no eran extrañas. Jan conocía el sonido exacto de la voz de JingJing cuando se frustraba con una línea. JingJing sabía en qué momento exacto Jan se asomaba por la ventanita de la cabina para ajustar una luz. Se llamaban por su nombre sin dudar. Se buscaban con la mirada cuando alguien contaba un chiste técnico o una anécdota del reparto. Durante los ensayos, Jan seguía en su lugar de siempre: sentada frente al tablero enorme de luces y sonido, con los auriculares a medio poner y los dedos manchados de grafito. Pero cada vez que escuchaba la voz de JingJing ensayando un diálogo, levantaba la vista. No de forma obvia. Solo un segundo. Lo suficiente para verla gesticular bajo el reflector cálido, fruncir el ceño, corregirse y volver a empezar. Era lo mismo de siempre. Las mismas luces. Las mismas marcas en el suelo. El mismo olor a madera y a polvo de escenario. Y, al mismo tiempo, era completamente distinto. Porque ahora, cuando JingJing terminaba una escena y miraba hacia la cabina buscando una confirmación, Jan ya no era solo “la del staff”. Era Jan. Y cuando Jan le hacía una seña con la mano para indicarle que el volumen estaba bien, JingJing sonreía de una forma que no usaba con nadie más del equipo técnico. Una tarde, después de que la maestra diera por terminado el ensayo, JingJing subió los escalones metálicos hasta la cabina y se asomó por la puerta entreabierta. —Oye. Jan levantó la vista de los controles, sorprendida solo un poco. —¿Todo bien? —Sí. Solo… quería preguntarte si mañana puedes quedarte diez minutos más. Hay una parte de la escena final que todavía no me convence del todo y me ayuda cuando me marcas el tiempo desde aquí arriba. Jan asintió, guardando ya los papeles. —Claro. Me quedo. JingJing sonrió, esa sonrisa pequeña y genuina que había empezado a aparecérsele con más frecuencia desde el matcha. —Gracias, Jan. —De nada, Jing. Se quedaron mirándose un segundo más de lo necesario. Después JingJing bajó las escaleras y Jan se quedó sola en la cabina, con los dedos quietos sobre el tablero y una sensación extraña y cálida instalada en el pecho. Era lo mismo de siempre. Solo que ya no lo era. #AU #janhae #jingjingyu #janjingjing

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