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Un robot ganó los 400 metros en Beijing en 38.15 segundos, más rápido que cualquier humano en la historia.  Pero el dato inquietante no es la velocidad: es que nadie programó la forma en que corrió.  El sistema descubrió, por sí solo, un movimiento de brazos que ningún ingeniero diseñó, y esa capacidad de autoajustarse sin supervisión es, a la vez, la mayor promesa y el mayor riesgo de la próxima década de robótica. El video del robot Tien Kung Ultra se volvió viral por su zancada exagerada, un balanceo de brazos que muchos compararon con una animación japonesa.  Según sus desarrolladores, el gesto surgió durante el entrenamiento por refuerzo: el robot generó un efecto giroscópico con los brazos para contrarrestar la rotación de las caderas y mantener el equilibrio a máxima velocidad, una solución de física básica que llegó a descubrir sin instrucción humana.  Hace apenas un año, en la primera edición de estos juegos, el ganador de la misma prueba tardó un minuto con 28 segundos.  Hoy el tiempo es casi cincuenta segundos más rápido, una curva de mejora que revela algo más importante que el marcador. Proyectada a diez años, esa capacidad de autoajuste abre dos futuros que conviven. El primero es el de máquinas capaces de resolver, sin diseño previo, tareas hoy imposibles de programar de forma tradicional: moverse en terrenos irregulares, operar en desastres, cubrir la escasez de mano de obra en logística y manufactura.  El segundo es más incómodo. Un sistema que reinventa su propio comportamiento en semanas es, por definición, más difícil de predecir y auditar. Cuanta más autonomía se les otorgue en fábricas, calles y hogares, más urgente será entender qué decisiones están tomando por cuenta propia y por qué.  A eso se suma una dimensión geopolítica: China respalda esta carrera con estrategia de Estado, y quien domine primero esta capacidad de autoajuste no solo tendrá robots más veloces, sino una ventaja industrial difícil de revertir. El video es gracioso. La curva de aprendizaje detrás es el verdadero titular.
Un robot ganó los 400 metros en Beijing en 38.15 segundos, más rápido que cualquier humano en la historia. Pero el dato inquietante no es la velocidad: es que nadie programó la forma en que corrió. El sistema descubrió, por sí solo, un movimiento de brazos que ningún ingeniero diseñó, y esa capacidad de autoajustarse sin supervisión es, a la vez, la mayor promesa y el mayor riesgo de la próxima década de robótica. El video del robot Tien Kung Ultra se volvió viral por su zancada exagerada, un balanceo de brazos que muchos compararon con una animación japonesa. Según sus desarrolladores, el gesto surgió durante el entrenamiento por refuerzo: el robot generó un efecto giroscópico con los brazos para contrarrestar la rotación de las caderas y mantener el equilibrio a máxima velocidad, una solución de física básica que llegó a descubrir sin instrucción humana. Hace apenas un año, en la primera edición de estos juegos, el ganador de la misma prueba tardó un minuto con 28 segundos. Hoy el tiempo es casi cincuenta segundos más rápido, una curva de mejora que revela algo más importante que el marcador. Proyectada a diez años, esa capacidad de autoajuste abre dos futuros que conviven. El primero es el de máquinas capaces de resolver, sin diseño previo, tareas hoy imposibles de programar de forma tradicional: moverse en terrenos irregulares, operar en desastres, cubrir la escasez de mano de obra en logística y manufactura. El segundo es más incómodo. Un sistema que reinventa su propio comportamiento en semanas es, por definición, más difícil de predecir y auditar. Cuanta más autonomía se les otorgue en fábricas, calles y hogares, más urgente será entender qué decisiones están tomando por cuenta propia y por qué. A eso se suma una dimensión geopolítica: China respalda esta carrera con estrategia de Estado, y quien domine primero esta capacidad de autoajuste no solo tendrá robots más veloces, sino una ventaja industrial difícil de revertir. El video es gracioso. La curva de aprendizaje detrás es el verdadero titular.

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