@userni1bc8bsx2: #سيد_طالب_الموسوي_قائد_عمليات_ديالى_للحـشد_الشعبي #ديالى_بعقوبة #ميسان_العماره #بعقوبه #العماره

الإعلامي أحمد آل بندر
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Saturday 05 September 2026 15:42:08 GMT
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yhfhy4
نسر الصحاري :
اللهم احفظ السيد للقائد
2026-09-05 23:09:11
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mile567hd
محمد باقر :
كفو والله
2026-09-05 16:08:52
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sehad1997
العسكري ابن ديالى :
ربي يحفظكم جميعا
2026-09-08 11:37:17
0
hssipas122
حسن التميمي 🇮🇶✌🏻 :
ابطال ربي يحفظكم
2026-09-06 07:25:50
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2_6en
‣.حمودي ◟🇮🇶◟. :
ربي يحفظكم
2026-09-06 13:31:44
1
tmo2.00
حشداوية :
قائدنا البطل
2026-09-05 22:03:09
1
user6hf6yfvabq
آبن الشايب 🇮🇶🦅 :
🥰🥰
2026-09-06 10:06:15
1
user6231069838678
علاوي الحشداوي ❤️ :
💞💞
2026-09-05 22:25:19
1
dyqejk0ep005
ابو فهد العزاوي :
🥰🥰
2026-09-05 16:11:54
1
olj_m14
آبّہوً سٰٰٓليِٰہمـھہ🖤؛ :
❤️❤️❤️
2026-09-05 15:50:50
1
husain.alqaralusy
حسين الكوردي :
🥰🥰🥰
2026-09-06 10:42:27
1
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El arte de tener razón: Schopenhauer y la lucha por vencer en una discusión. Arthur Schopenhauer, en El arte de tener razón (Dialéctica erística), realiza una observación profundamente crítica sobre la naturaleza humana: en una discusión, muchas veces no buscamos descubrir la verdad, sino tener razón ante los demás. La argumentación puede convertirse entonces en un instrumento de poder, donde vencer al adversario adquiere mayor importancia que comprender la realidad. Para Schopenhauer, el problema no reside únicamente en que las personas se equivoquen, sino en que existe una tendencia psicológica a defender nuestras propias ideas incluso cuando sabemos, o sospechamos, que son incorrectas. El orgullo, la vanidad y el deseo de reconocimiento interfieren con la búsqueda objetiva de la verdad. De esta manera, la discusión deja de ser un diálogo racional y se transforma en una confrontación. La dialéctica erística estudia precisamente las estrategias utilizadas para prevalecer en una disputa. Schopenhauer identifica recursos mediante los cuales una persona puede aparentar tener razón sin poseer necesariamente un argumento verdadero. Exagerar la posición del contrario, cambiar el sentido de sus palabras, llevar sus afirmaciones hasta extremos absurdos, recurrir a ataques personales o desviar el tema son mecanismos que pueden producir una victoria aparente. Sin embargo, la grandeza de la obra no consiste simplemente en enseñar trucos para ganar discusiones. Su verdadero valor está en mostrar cómo funciona la deshonestidad intelectual. Schopenhauer nos obliga a reconocer que también nosotros podemos caer en estas prácticas. El adversario no siempre es el único que utiliza falacias; nuestro propio ego puede conducirnos a manipular una conversación para preservar nuestra imagen. Aquí aparece una distinción fundamental: tener razón no significa necesariamente demostrar la verdad. Una persona puede ganar una discusión y, al mismo tiempo, estar equivocada. Puede convencer a un público mediante una excelente retórica sin que sus argumentos sean válidos. La persuasión y la verdad pertenecen a dimensiones diferentes. Esta reflexión adquiere especial importancia en la sociedad contemporánea. Las redes sociales han convertido muchas conversaciones en auténticas batallas de opiniones. Con frecuencia, las personas no dialogan para comprender, sino para obtener aprobación, desacreditar al otro o imponer su narrativa. El número de seguidores, los comentarios y la capacidad de generar polémica pueden llegar a confundirse con autoridad intelectual. Schopenhauer nos invita, por tanto, a desarrollar una actitud crítica frente a las discusiones. Antes de preguntarnos “¿cómo puedo demostrar que tengo razón?”, deberíamos preguntarnos “¿y si estoy equivocado?”. Esta segunda pregunta exige humildad intelectual y constituye una de las formas más difíciles, pero también más valiosas, de pensamiento. La auténtica inteligencia no consiste en responder siempre, sino en saber cuándo escuchar, cuándo cuestionarse y cuándo reconocer un error. Quien necesita tener razón permanentemente termina convirtiendo su propia identidad en una prisión: cualquier crítica se percibe como una amenaza personal y cualquier discrepancia como un ataque. Desde una perspectiva humanista, el verdadero diálogo no debería buscar vencedores y vencidos. Su finalidad debería ser ampliar nuestra comprensión de la realidad. El otro puede ser un adversario en una discusión, pero también puede convertirse en una oportunidad para descubrir nuestros propios límites. En este sentido, El arte de tener razón puede leerse paradójicamente como una obra que enseña el arte de no dejarse engañar por la necesidad de tener razón. Conocer las estrategias de la erística permite reconocerlas en los demás, pero, sobre todo, identificarlas en nosotros mismos. La mayor victoria intelectual no consiste en humillar al que piensa diferente ni en conseguir la última palabra. Consiste en aproximarse honestamente a la verdad.
El arte de tener razón: Schopenhauer y la lucha por vencer en una discusión. Arthur Schopenhauer, en El arte de tener razón (Dialéctica erística), realiza una observación profundamente crítica sobre la naturaleza humana: en una discusión, muchas veces no buscamos descubrir la verdad, sino tener razón ante los demás. La argumentación puede convertirse entonces en un instrumento de poder, donde vencer al adversario adquiere mayor importancia que comprender la realidad. Para Schopenhauer, el problema no reside únicamente en que las personas se equivoquen, sino en que existe una tendencia psicológica a defender nuestras propias ideas incluso cuando sabemos, o sospechamos, que son incorrectas. El orgullo, la vanidad y el deseo de reconocimiento interfieren con la búsqueda objetiva de la verdad. De esta manera, la discusión deja de ser un diálogo racional y se transforma en una confrontación. La dialéctica erística estudia precisamente las estrategias utilizadas para prevalecer en una disputa. Schopenhauer identifica recursos mediante los cuales una persona puede aparentar tener razón sin poseer necesariamente un argumento verdadero. Exagerar la posición del contrario, cambiar el sentido de sus palabras, llevar sus afirmaciones hasta extremos absurdos, recurrir a ataques personales o desviar el tema son mecanismos que pueden producir una victoria aparente. Sin embargo, la grandeza de la obra no consiste simplemente en enseñar trucos para ganar discusiones. Su verdadero valor está en mostrar cómo funciona la deshonestidad intelectual. Schopenhauer nos obliga a reconocer que también nosotros podemos caer en estas prácticas. El adversario no siempre es el único que utiliza falacias; nuestro propio ego puede conducirnos a manipular una conversación para preservar nuestra imagen. Aquí aparece una distinción fundamental: tener razón no significa necesariamente demostrar la verdad. Una persona puede ganar una discusión y, al mismo tiempo, estar equivocada. Puede convencer a un público mediante una excelente retórica sin que sus argumentos sean válidos. La persuasión y la verdad pertenecen a dimensiones diferentes. Esta reflexión adquiere especial importancia en la sociedad contemporánea. Las redes sociales han convertido muchas conversaciones en auténticas batallas de opiniones. Con frecuencia, las personas no dialogan para comprender, sino para obtener aprobación, desacreditar al otro o imponer su narrativa. El número de seguidores, los comentarios y la capacidad de generar polémica pueden llegar a confundirse con autoridad intelectual. Schopenhauer nos invita, por tanto, a desarrollar una actitud crítica frente a las discusiones. Antes de preguntarnos “¿cómo puedo demostrar que tengo razón?”, deberíamos preguntarnos “¿y si estoy equivocado?”. Esta segunda pregunta exige humildad intelectual y constituye una de las formas más difíciles, pero también más valiosas, de pensamiento. La auténtica inteligencia no consiste en responder siempre, sino en saber cuándo escuchar, cuándo cuestionarse y cuándo reconocer un error. Quien necesita tener razón permanentemente termina convirtiendo su propia identidad en una prisión: cualquier crítica se percibe como una amenaza personal y cualquier discrepancia como un ataque. Desde una perspectiva humanista, el verdadero diálogo no debería buscar vencedores y vencidos. Su finalidad debería ser ampliar nuestra comprensión de la realidad. El otro puede ser un adversario en una discusión, pero también puede convertirse en una oportunidad para descubrir nuestros propios límites. En este sentido, El arte de tener razón puede leerse paradójicamente como una obra que enseña el arte de no dejarse engañar por la necesidad de tener razón. Conocer las estrategias de la erística permite reconocerlas en los demás, pero, sobre todo, identificarlas en nosotros mismos. La mayor victoria intelectual no consiste en humillar al que piensa diferente ni en conseguir la última palabra. Consiste en aproximarse honestamente a la verdad.

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