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call me በርጢ
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yabe_man7
⚽️Estupinan🍻🍻 :
2019 የ ai naw
2026-09-14 17:50:31
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yeabthegoat1738
yeab the goat :
2nd
2026-09-14 17:54:30
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mikiy220
༒༻ሸበላው༺༒ :
2026-09-14 20:49:43
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kimdong.0
steven :
👍👍👍
2026-09-22 16:41:54
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kimdong.0
steven :
😂😂😂
2026-09-22 16:41:51
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kalu21122
kalu :
🥰
2026-09-29 17:23:32
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El cerebro de una niña no se desarrolla aislado. Se desarrolla dentro de relaciones. Y cada vez que un padre responde a su hija con sensibilidad, la escucha, la protege, pone límites sin humillarla, valida lo que siente y cumple lo que promete, su cerebro va aprendiendo algo fundamental: “el mundo puede ser un lugar seguro y yo soy alguien digno de cuidado”. Pero también ocurre al revés. La indiferencia, la ausencia emocional, la imprevisibilidad, el rechazo o el afecto que aparece y desaparece pueden convertirse en experiencias que el sistema nervioso aprende a interpretar como incertidumbre. Y aquí está una de las partes que más me interesa como psicóloga: Una hija no aprende su valor solamente de lo que su padre le dice. Lo aprende, en parte, de cómo él la mira. De si la escucha. De si tiene tiempo para ella. De si puede acudir a él cuando algo le duele. De cómo maneja sus errores. De cómo respeta a su madre. De cómo pone límites. De cómo repara cuando se equivoca. Porque esas experiencias repetidas van construyendo modelos internos sobre las relaciones. Y no significa que un padre tenga el poder de determinar el futuro de su hija. No existe una infancia que escriba para siempre el destino de una persona. Pero sí significa que la relación con las figuras de cuidado importa. Muchísimo. Porque antes de que una niña pueda explicarse qué es el amor, su cerebro ya está aprendiendo cómo se siente ser querida. Y quizás por eso ser padre no consiste solamente en estar en la casa. Consiste en estar emocionalmente disponible dentro de la relación. Porque una hija no necesita un padre perfecto. Necesita un padre con quien su sistema nervioso pueda aprender: “Puedo ser yo. Puedo sentir. Puedo equivocarme. Puedo pedir ayuda. Y sigo siendo digna de amor.” #infancia  #traumas #papá #padres  #familia
El cerebro de una niña no se desarrolla aislado. Se desarrolla dentro de relaciones. Y cada vez que un padre responde a su hija con sensibilidad, la escucha, la protege, pone límites sin humillarla, valida lo que siente y cumple lo que promete, su cerebro va aprendiendo algo fundamental: “el mundo puede ser un lugar seguro y yo soy alguien digno de cuidado”. Pero también ocurre al revés. La indiferencia, la ausencia emocional, la imprevisibilidad, el rechazo o el afecto que aparece y desaparece pueden convertirse en experiencias que el sistema nervioso aprende a interpretar como incertidumbre. Y aquí está una de las partes que más me interesa como psicóloga: Una hija no aprende su valor solamente de lo que su padre le dice. Lo aprende, en parte, de cómo él la mira. De si la escucha. De si tiene tiempo para ella. De si puede acudir a él cuando algo le duele. De cómo maneja sus errores. De cómo respeta a su madre. De cómo pone límites. De cómo repara cuando se equivoca. Porque esas experiencias repetidas van construyendo modelos internos sobre las relaciones. Y no significa que un padre tenga el poder de determinar el futuro de su hija. No existe una infancia que escriba para siempre el destino de una persona. Pero sí significa que la relación con las figuras de cuidado importa. Muchísimo. Porque antes de que una niña pueda explicarse qué es el amor, su cerebro ya está aprendiendo cómo se siente ser querida. Y quizás por eso ser padre no consiste solamente en estar en la casa. Consiste en estar emocionalmente disponible dentro de la relación. Porque una hija no necesita un padre perfecto. Necesita un padre con quien su sistema nervioso pueda aprender: “Puedo ser yo. Puedo sentir. Puedo equivocarme. Puedo pedir ayuda. Y sigo siendo digna de amor.” #infancia #traumas #papá #padres #familia

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