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Manohar Raghuram 786
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Tuesday 29 September 2026 17:14:28 GMT
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A veces me hago la pelotuda a propósito. No porque no vea. Quizás justamente porque veo demasiado. Hay conversaciones que prefiero no tener porque sé que algunas palabras, una vez dichas, tienen la pésima costumbre de volver imposible la ignorancia. Y yo ya aprendí que hay cosas que se pueden soportar mientras permanecen en la penumbra. No necesito que todo esté iluminado. Hay verdades que, cuando las mirás de frente, empiezan a pedirte decisiones. Así que a veces miro para otro lado. Dejo pasar. Finjo que no escuché esa pequeña alteración en una voz, que no noté la pausa donde antes no había ninguna, que no vi cómo algo cambió de forma aunque conserve exactamente el mismo nombre. No es ingenuidad. Es administración de energía. Porque también existe una especie de cansancio que nace de entender demasiado pronto. Ese momento en el que alguien todavía está buscando las palabras para contarte algo y vos ya conocés el final de la frase. No porque seas adivina. Porque hay gestos que llegan antes que las confesiones. Y quizás ese sea mi problema: confundo a veces la capacidad de percibir con la obligación de interpretar. Entonces empiezo a juntar pequeñas cosas. Una detrás de otra. Como quien encuentra fragmentos de vidrio después de que algo se rompió, aunque nadie haya escuchado el golpe. Y podría armar con ellos una explicación. Probablemente bastante convincente. Pero también sé que mi cabeza tiene un talento peligroso para completar espacios en blanco. Puede convertir una sombra en una figura. Un silencio en una respuesta. Una sospecha en una historia entera. Por eso ya no sé qué me pesa más: si aquello que alcanzo a ver o todo aquello que mi cabeza construye alrededor de lo que no veo. Hay días en los que quisiera tener menos percepción. Menos antenas. Menos habitaciones abiertas dentro de la cabeza. Poder atravesar ciertas cosas sin registrar el cambio de temperatura. Pero no sé hacerlo. Y lo peor es que tampoco sé si quiero. Porque quizás mi problema nunca fue darme cuenta de todo. Quizás fue descubrir que darse cuenta no siempre sirve para algo. Hay cosas que podés comprender perfectamente y aun así no saber qué hacer con ellas. Podés leer una grieta desde el primer milímetro y seguir viviendo dentro de la pared. Podés reconocer el incendio antes de ver las llamas y quedarte sentada, por cansancio, por cariño, o simplemente porque todavía no sabés si lo que olés es humo o tu propia memoria recordándote cómo arde una casa. Y entonces hago lo único que sé hacer cuando no quiero saber: me hago la pelotuda. No porque no me dé cuenta. Sino porque a veces saber exactamente dónde duele no significa estar preparada para tocarlo.
A veces me hago la pelotuda a propósito. No porque no vea. Quizás justamente porque veo demasiado. Hay conversaciones que prefiero no tener porque sé que algunas palabras, una vez dichas, tienen la pésima costumbre de volver imposible la ignorancia. Y yo ya aprendí que hay cosas que se pueden soportar mientras permanecen en la penumbra. No necesito que todo esté iluminado. Hay verdades que, cuando las mirás de frente, empiezan a pedirte decisiones. Así que a veces miro para otro lado. Dejo pasar. Finjo que no escuché esa pequeña alteración en una voz, que no noté la pausa donde antes no había ninguna, que no vi cómo algo cambió de forma aunque conserve exactamente el mismo nombre. No es ingenuidad. Es administración de energía. Porque también existe una especie de cansancio que nace de entender demasiado pronto. Ese momento en el que alguien todavía está buscando las palabras para contarte algo y vos ya conocés el final de la frase. No porque seas adivina. Porque hay gestos que llegan antes que las confesiones. Y quizás ese sea mi problema: confundo a veces la capacidad de percibir con la obligación de interpretar. Entonces empiezo a juntar pequeñas cosas. Una detrás de otra. Como quien encuentra fragmentos de vidrio después de que algo se rompió, aunque nadie haya escuchado el golpe. Y podría armar con ellos una explicación. Probablemente bastante convincente. Pero también sé que mi cabeza tiene un talento peligroso para completar espacios en blanco. Puede convertir una sombra en una figura. Un silencio en una respuesta. Una sospecha en una historia entera. Por eso ya no sé qué me pesa más: si aquello que alcanzo a ver o todo aquello que mi cabeza construye alrededor de lo que no veo. Hay días en los que quisiera tener menos percepción. Menos antenas. Menos habitaciones abiertas dentro de la cabeza. Poder atravesar ciertas cosas sin registrar el cambio de temperatura. Pero no sé hacerlo. Y lo peor es que tampoco sé si quiero. Porque quizás mi problema nunca fue darme cuenta de todo. Quizás fue descubrir que darse cuenta no siempre sirve para algo. Hay cosas que podés comprender perfectamente y aun así no saber qué hacer con ellas. Podés leer una grieta desde el primer milímetro y seguir viviendo dentro de la pared. Podés reconocer el incendio antes de ver las llamas y quedarte sentada, por cansancio, por cariño, o simplemente porque todavía no sabés si lo que olés es humo o tu propia memoria recordándote cómo arde una casa. Y entonces hago lo único que sé hacer cuando no quiero saber: me hago la pelotuda. No porque no me dé cuenta. Sino porque a veces saber exactamente dónde duele no significa estar preparada para tocarlo.

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