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Era una noche maravillosa, una noche de esas que puede que sólo se den cuando somos jóvenes, querido lector. El cielo estaba tan estrellado, estaba tan claro que, al mirarlo, involuntariamente uno tenía que preguntarse: ¿Será posible que bajo este cielo pueda vivir gente con todo tipo de caprichos y enfados? Esta es también una pregunta de jóvenes, querido lector, de muy jóvenes aunque, ¡ojalá el Señor la enviara más a vuestra alma! Hablando de señores caprichosos y con todo tipo de enfados, no puedo por menos que recordar mi comportamiento ejemplar de ese día. Ya por la mañana temprano me había empezado a atormentar una extraña congoja. De repen-te, me parecio que todos me abandonaban, a mí, que soy un solitario, y que todos me daban la espalda. Aquí, claro, cualquiera tendría derecho a preguntar: ¿Quiénes son todos? Porque llevo ocho años viviendo en San Petersburgo y no he sabido entablar ni una sola amistad. Pero ¿para qué quiero yo esa amistad? Aun sin ella, me conozco todo Petersburgo. Y por eso me pareció que todos me abandonaban cuando la ciudad entera se ponía en pie para, acto seguido, irse a la dacha. Me dio miedo quedarme solo, y tres días enteros anduve vagando apesadumbrado por la ciudad sin lograr entender qué me ocurría. Ya fuera a Nevski, ya fuera a un jardín, o incluso si paseaba por la orilla, no
2026-10-10 01:28:58