@zhab250: #OxideBattleSurvivors4#oxide #oxidesurvivalisland

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YT _TeRsS :
у меня почему то нету
2026-10-12 15:30:41
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Con mis perversas sobrinas Mi hermano siempre fue un cabrón muy confiado. Demasiado, si me lo preguntan a mí. Cuando me marcó ese jueves por la tarde para pedirme que le cuidara a sus hijas el fin de semana porque él y su esposa tenían una boda fuera de la ciudad, se lo tomé como un favor cualquiera. —César, hazme el favor. Ya están grandes, no darán lata, nada más dales una vuelta para que no hagan fiestas en la casa —me dijo por teléfono. Claro, ya están grandes. Acababan de cumplir los dieciocho años hace un par de meses, y decir que estaban grandes era quedarse muy puto corto. Mariela y Andrea. Mis sobrinas gemelas. Las dos miden uno setenta y cinco, casi me alcanzan, pues yo mido uno ochenta, y se cargan unos cuerpos que te dejan pendejo nomás de verlas caminar. Tienen el cabello negro, largo, lacio, que les cae hasta la mitad de la espalda en una cascada oscura y pesada. Sus ojos son de un café miel, ojazos brillantes, intensos, que te miran y te hipnotizan con pura malicia escondida. Luego están sus rostros, idénticos, con unos labios gruesos, carnosos, de esos que uno imagina inmediatamente alrededor de una verga, abiertos, babosos, empachándose de verga. Pero lo más potente de ellas era el cuerpo. Las dos salieron culonas y tetonas a más no poder. Tienen unas cinturitas bien marcadas que abren paso a unos culos enormes, gordos, carnosos, que rebotan cabronamente con cada paso que dan. Y en el pecho… Dios mío. Se cargan unos melones pesados, unas ubres grandes y pesadas que, increíblemente para su tamaño, se mantienen erguidas y firmes, desafiando la gravedad. Llegué a su casa el viernes por la tarde. Hacía un calor sofocante en la ciudad. Abrí la puerta con las llaves que me dejaron y las encontré tiradas en el sillón de la sala, viendo la televisión. Llevaban unos shorts de mezclilla cortísimos que les tragaban la mitad del culo, y unas blusitas de tirantes de algodón delgado que parecían a punto de reventar por la presión de esas tetas gordas. No traían sostén, los pezones se les marcaban perfectamente a través de la tela. —¡Tío César! —gritó Mariela, brincando del sillón. Al hacerlo, esos dos melones dieron un rebote espectacular que me dejó la boca seca instantáneamente. Corrió hacia mí y me abrazó por el cuello. Pude sentir la suavidad de sus pechos aplastándose contra mi camisa. —Qué onda, sobrinas. ¿Listas para aburrirse todo el fin de semana conmigo? —les dije, haciéndome el pendejo, intentando clavar la mirada en sus ojos y no en el escote profundo que me mostraba Andrea al acercarse a saludarme también. —Hola, tío —ronroneó Andrea, dándome un beso muy cerca de la comisura de la boca. El perfume dulce de su cuello me inundó la nariz, mezclado con un olor a crema corporal que me revolvió las hormonas. —Ay, no, qué hueva quedarnos aquí encerradas viendo series —se quejó Andrea, haciendo un puchero con esos labios carnosos, estirando los brazos hacia arriba como si se desperezara, levantando su blusa y mostrándome un par de centímetros de su vientre plano—. Hace un puto calor. Tío… ¿y si nos llevas a la casa de la playa? Ándale, no seas malito. Mariela se paró a mi otro lado, pegando sutilmente su brazo al mío. Pude sentir el calor de su teta rozándome el codo, y no se apartó. Al contrario, se recargó un poco más. —Sí, César. Mi papá ni se va a enterar —dijo Mariela, y noté cómo omitió el «tío» deliberadamente—. Prometemos portarnos súper bien… o súper mal, como tú prefieras. Mariela soltó una risita traviesa que me paró los pelos de la nuca. Cruzaron miradas entre ellas, una mirada cómplice, llena de fuego. Eran unas cabronas. Traviesas, provocadoras, y sabían perfectamente el efecto que causaban en los hombres. Y yo no era de piedra. —Va, pues. Agarren sus cosas —acepté, porque la verdad, la idea de ver a este par de diablillas en bikini era una tentación que ningún hombre en su sano juicio rechazaría—. Pero se apuran. Nos vamos a la playa. El viaje duró un par de horas. Las subí a mi camioneta. #familia #amorfilial #relatos
Con mis perversas sobrinas Mi hermano siempre fue un cabrón muy confiado. Demasiado, si me lo preguntan a mí. Cuando me marcó ese jueves por la tarde para pedirme que le cuidara a sus hijas el fin de semana porque él y su esposa tenían una boda fuera de la ciudad, se lo tomé como un favor cualquiera. —César, hazme el favor. Ya están grandes, no darán lata, nada más dales una vuelta para que no hagan fiestas en la casa —me dijo por teléfono. Claro, ya están grandes. Acababan de cumplir los dieciocho años hace un par de meses, y decir que estaban grandes era quedarse muy puto corto. Mariela y Andrea. Mis sobrinas gemelas. Las dos miden uno setenta y cinco, casi me alcanzan, pues yo mido uno ochenta, y se cargan unos cuerpos que te dejan pendejo nomás de verlas caminar. Tienen el cabello negro, largo, lacio, que les cae hasta la mitad de la espalda en una cascada oscura y pesada. Sus ojos son de un café miel, ojazos brillantes, intensos, que te miran y te hipnotizan con pura malicia escondida. Luego están sus rostros, idénticos, con unos labios gruesos, carnosos, de esos que uno imagina inmediatamente alrededor de una verga, abiertos, babosos, empachándose de verga. Pero lo más potente de ellas era el cuerpo. Las dos salieron culonas y tetonas a más no poder. Tienen unas cinturitas bien marcadas que abren paso a unos culos enormes, gordos, carnosos, que rebotan cabronamente con cada paso que dan. Y en el pecho… Dios mío. Se cargan unos melones pesados, unas ubres grandes y pesadas que, increíblemente para su tamaño, se mantienen erguidas y firmes, desafiando la gravedad. Llegué a su casa el viernes por la tarde. Hacía un calor sofocante en la ciudad. Abrí la puerta con las llaves que me dejaron y las encontré tiradas en el sillón de la sala, viendo la televisión. Llevaban unos shorts de mezclilla cortísimos que les tragaban la mitad del culo, y unas blusitas de tirantes de algodón delgado que parecían a punto de reventar por la presión de esas tetas gordas. No traían sostén, los pezones se les marcaban perfectamente a través de la tela. —¡Tío César! —gritó Mariela, brincando del sillón. Al hacerlo, esos dos melones dieron un rebote espectacular que me dejó la boca seca instantáneamente. Corrió hacia mí y me abrazó por el cuello. Pude sentir la suavidad de sus pechos aplastándose contra mi camisa. —Qué onda, sobrinas. ¿Listas para aburrirse todo el fin de semana conmigo? —les dije, haciéndome el pendejo, intentando clavar la mirada en sus ojos y no en el escote profundo que me mostraba Andrea al acercarse a saludarme también. —Hola, tío —ronroneó Andrea, dándome un beso muy cerca de la comisura de la boca. El perfume dulce de su cuello me inundó la nariz, mezclado con un olor a crema corporal que me revolvió las hormonas. —Ay, no, qué hueva quedarnos aquí encerradas viendo series —se quejó Andrea, haciendo un puchero con esos labios carnosos, estirando los brazos hacia arriba como si se desperezara, levantando su blusa y mostrándome un par de centímetros de su vientre plano—. Hace un puto calor. Tío… ¿y si nos llevas a la casa de la playa? Ándale, no seas malito. Mariela se paró a mi otro lado, pegando sutilmente su brazo al mío. Pude sentir el calor de su teta rozándome el codo, y no se apartó. Al contrario, se recargó un poco más. —Sí, César. Mi papá ni se va a enterar —dijo Mariela, y noté cómo omitió el «tío» deliberadamente—. Prometemos portarnos súper bien… o súper mal, como tú prefieras. Mariela soltó una risita traviesa que me paró los pelos de la nuca. Cruzaron miradas entre ellas, una mirada cómplice, llena de fuego. Eran unas cabronas. Traviesas, provocadoras, y sabían perfectamente el efecto que causaban en los hombres. Y yo no era de piedra. —Va, pues. Agarren sus cosas —acepté, porque la verdad, la idea de ver a este par de diablillas en bikini era una tentación que ningún hombre en su sano juicio rechazaría—. Pero se apuran. Nos vamos a la playa. El viaje duró un par de horas. Las subí a mi camioneta. #familia #amorfilial #relatos

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