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Me detengo a mirar el panorama de la educación en nuestro país y no puedo evitar hacerme una pregunta amarga: ¿en qué momento el remedio resultó peor que la enfermedad? Como ciudadano que observa con profunda preocupación el destino de Panamá, siento indignación ante la ligereza con la que se conduce hoy el Ministerio de Educación. Escuchar al ministro Ventura Vega produce un absoluto desconcierto. Hay una incapacidad manifiesta para aterrizar ideas: premisas circulares que no concluyen en nada, un hablar confuso que recuerda a la oratoria de Cantinflas donde se evitan las respuestas reales y se deja un enorme sinsabor en la sociedad. La educación de una nación no se administra echando cuentos. No necesitamos un ministro que recurra al lenguaje folclorista ni a relatos de la Tulivieja o el Duende para capear la realidad. El folclor se honra en la cultura y en las tradiciones; en la gestión pública, esa falta de rigor conceptual es pura y simple inoperancia. Haber egresado de la histórica Escuela Normal de Santiago es un mérito que se respeta, pero la nostalgia no sustituye al estudio, a la formación continua ni a la capacidad estratégica que exige un cargo de tal magnitud. Decir o insinuar que para ser ministro no se requiere carrera universitaria es una afrenta al esfuerzo de los panameños que creen en el mérito y la preparación. La experiencia y la idoneidad no se proclaman en discursos: se demuestran con planteamientos serios, con visión y con decisiones acertadas. Como parte de una ciudadanía que exige transparencia y justicia, es imposible guardar silencio ante contradicciones que no admiten más evasivas:  Incertidumbre y falta de justicia: ¿En qué quedó el proceso de los docentes separados? ¿Existe la voluntad de abrir un diálogo honesto y desarticular el enredo jurídico heredado de la gestión anterior, o van a perpetuar la injusticia por pura inercia?  Falta de criterio propio: ¿Las constantes metidas de pata son producto del sesgo que dejó la administración pasada, o se deben a que se ejecutan órdenes de arriba sin que la razón pase por la lengua antes de hablar?  Ceguera y soberbia: Un verdadero líder escucha y se rodea de mentes capacitadas. Si sus asesores no logran evitar las constantes salidas en falso, la ceguera deja de ser una equivocación y se convierte en complicidad. Dirigir la educación de un país exige rigor, respeto a la inteligencia de los ciudadanos y una profunda humildad intelectual para reconocer las propias limitaciones. Señor Ministro: la soberbia es la peor consejera en el servicio público. Si no cuenta con las competencias, el conocimiento técnico ni la claridad para guiar esta institución, el acto más humano, ético y digno que puede ofrecerle a Panamá es deponer el ego, dar un paso al costado y permitir que la educación sea conducida por personas que realmente tengan la capacidad que nuestra niñez y juventud merecen.
Me detengo a mirar el panorama de la educación en nuestro país y no puedo evitar hacerme una pregunta amarga: ¿en qué momento el remedio resultó peor que la enfermedad? Como ciudadano que observa con profunda preocupación el destino de Panamá, siento indignación ante la ligereza con la que se conduce hoy el Ministerio de Educación. Escuchar al ministro Ventura Vega produce un absoluto desconcierto. Hay una incapacidad manifiesta para aterrizar ideas: premisas circulares que no concluyen en nada, un hablar confuso que recuerda a la oratoria de Cantinflas donde se evitan las respuestas reales y se deja un enorme sinsabor en la sociedad. La educación de una nación no se administra echando cuentos. No necesitamos un ministro que recurra al lenguaje folclorista ni a relatos de la Tulivieja o el Duende para capear la realidad. El folclor se honra en la cultura y en las tradiciones; en la gestión pública, esa falta de rigor conceptual es pura y simple inoperancia. Haber egresado de la histórica Escuela Normal de Santiago es un mérito que se respeta, pero la nostalgia no sustituye al estudio, a la formación continua ni a la capacidad estratégica que exige un cargo de tal magnitud. Decir o insinuar que para ser ministro no se requiere carrera universitaria es una afrenta al esfuerzo de los panameños que creen en el mérito y la preparación. La experiencia y la idoneidad no se proclaman en discursos: se demuestran con planteamientos serios, con visión y con decisiones acertadas. Como parte de una ciudadanía que exige transparencia y justicia, es imposible guardar silencio ante contradicciones que no admiten más evasivas: Incertidumbre y falta de justicia: ¿En qué quedó el proceso de los docentes separados? ¿Existe la voluntad de abrir un diálogo honesto y desarticular el enredo jurídico heredado de la gestión anterior, o van a perpetuar la injusticia por pura inercia? Falta de criterio propio: ¿Las constantes metidas de pata son producto del sesgo que dejó la administración pasada, o se deben a que se ejecutan órdenes de arriba sin que la razón pase por la lengua antes de hablar? Ceguera y soberbia: Un verdadero líder escucha y se rodea de mentes capacitadas. Si sus asesores no logran evitar las constantes salidas en falso, la ceguera deja de ser una equivocación y se convierte en complicidad. Dirigir la educación de un país exige rigor, respeto a la inteligencia de los ciudadanos y una profunda humildad intelectual para reconocer las propias limitaciones. Señor Ministro: la soberbia es la peor consejera en el servicio público. Si no cuenta con las competencias, el conocimiento técnico ni la claridad para guiar esta institución, el acto más humano, ético y digno que puede ofrecerle a Panamá es deponer el ego, dar un paso al costado y permitir que la educación sea conducida por personas que realmente tengan la capacidad que nuestra niñez y juventud merecen.

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