@hopeantonelli: Merry Christmas Everyone!#christmas #november1st #misletoe #justinbieber

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Sunday 01 November 2026 13:47:19 GMT
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haydennnnn_2
Haydennn :
JUSTINNN
2026-11-01 18:11:13
0
muahh.luvj
.𖥔 ˖ :
Merry christmas
2026-11-01 17:23:06
3
ggwilson1001
G R A C E ❤️‍🔥 :
Omg
2026-11-01 15:12:48
4
princessraiii._
princessraiii._ :
I’m
2026-11-01 16:32:59
3
emilyymoe
emilyymoe :
yesss
2026-11-01 21:10:38
0
dancerchloe1
Dancerchloe2008 ❤️💚🎄 :
Merry Christmas
2026-11-01 17:08:17
2
whattheheckisthis02
ydkme🦄💐👅 :
@Serenitysecrettttt🙈
2026-11-01 16:48:58
0
say_less388
Say_Less 🙊 :
@𝔊𝔞𝔟𝔢🐵 😁
2026-11-01 19:20:48
1
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#FANFIC :: Hanzade Sultán no es de esas sultanas que se dejan intimidar. Aunque su madre carezca de poder dentro del palacio, ella impone autoridad allí donde pisa. Es hija de Gulfem Sultán y del gran Sultán Suleimán el Magnífico, la primogénita del sultán del Imperio. La más astuta del palacio. Hanzade no se inclina ante nadie, ni siquiera ante la madre sultana Ayşe Hafsa. Desde pequeña dejó claro quién era. Su padre la llama “mi pequeña Şah”, porque reconoció en ella una voluntad inquebrantable, una inteligencia aguda y una capacidad poco común para defenderse por sí sola. Incluso siendo una niña, daba órdenes como si hubiera nacido para gobernar. Hanzade es como un halcón. No porque fuera agresiva, sino porque observaba antes de actuar. Desde niña poseía una mirada atenta, capaz de descubrir aquello que otros pasaban por alto. Era paciente, astuta y difícil de intimidar; podía permanecer en silencio mientras los demás hablaban, esperando el momento exacto para intervenir. Y cuando lo hacía, nunca desperdiciaba un movimiento. Suleimán lo comprendió desde que ella era pequeña. Su hija no necesitaba que nadie se interpusiera por ella cada vez que encontraba un obstáculo. Hanzade prefería aprender a sortearlo por sí misma. Como un halcón, podía mantenerse en lo alto, observarlo todo y esperar… hasta encontrar el instante perfecto para descender. Cuando creció, se casó a los dieciséis años con un pasha cuya edad triplicaba la suya. Obligada, aceptó la ceremonia pero apenas unos días después, el pasha falleció por una causa extraña. Suleimán sabía quién había sido la causante, pero decidió callar. Y así ocurrió con los tres matrimonios que siguieron, todos y cada uno de ellos acabaron sin vida tras desposar a la hija mayor del sultán Suleimán. Fue así como recibió el apodo de “la esposa de la muerte”.  Nadie en el palacio osaba pronunciar su nombre sin un deje de cautela. Las concubinas bajaban la mirada a su paso, los eunucos se apartaban con premura y hasta los visires medían sus palabras cuando ella estaba presente. No era crueldad lo que inspiraba Hanzade, sino algo más profundo y más difícil de nombrar: la certeza de que nada se le escapaba. Su madre, Gulfem Sultán, había aprendido a vivir en la penumbra del harén, sin favores ni poder, resignada a un lugar que nunca eligió. Pero Hanzade no había heredado su resignación. Había heredado, en cambio, la mirada fría de su padre y esa paciencia peligrosa que solo tienen quienes saben que el tiempo trabaja a su favor. Dicen que la madre sultana Ayşe Hafsa la evitaba. No por miedo, pues una madre sultana no teme a nadie, sino porque sabía que Hanzade no era una nieta que pudiera moldearse. Era un halcón criado entre gaviotas tarde o temprano, extendería las alas y volaría por encima de todas ellas. Suleimán, que había visto crecer a sus otros hijos entre halagos y ambiciones, reconocía en Hanzade algo distinto. No la ambición ruidosa de quien busca el trono, sino la serenidad de quien ya se sabe destinada a algo grande. Nunca la reprendió por sus silencios, ni la obligó a sonreír donde no quería. La dejaba ser. Tras la muerte de su cuarto esposo, el palacio entero aguardó en vilo. ¿Habría un quinto? ¿Un sexto? Los pashas más veteranos comenzaron a rehuir los honores que antes codiciaban. Ningún hombre con dos dedos de frente deseaba convertirse en el siguiente nombre tachado de la lista. Y sin embargo, ninguno se atrevía a rechazar abiertamente una alianza con la hija predilecta del sultán.  Hanzade, mientras tanto, no mostraba remordimiento alguno. Caminaba por los jardines del Topkapı con la misma calma de siempre, la mirada alta, las manos cruzadas por delante. Si alguien se atrevía a insinuar algo sobre sus difuntos esposos, ella respondía con una media sonrisa y una frase que helaba la sangre: —Qué frágil es la vida de los hombres… y qué poco acostumbrados están a que una mujer los mire a los ojos. Y nadie volvía a sacar el tema.  #wattpad #elsultan
#FANFIC :: Hanzade Sultán no es de esas sultanas que se dejan intimidar. Aunque su madre carezca de poder dentro del palacio, ella impone autoridad allí donde pisa. Es hija de Gulfem Sultán y del gran Sultán Suleimán el Magnífico, la primogénita del sultán del Imperio. La más astuta del palacio. Hanzade no se inclina ante nadie, ni siquiera ante la madre sultana Ayşe Hafsa. Desde pequeña dejó claro quién era. Su padre la llama “mi pequeña Şah”, porque reconoció en ella una voluntad inquebrantable, una inteligencia aguda y una capacidad poco común para defenderse por sí sola. Incluso siendo una niña, daba órdenes como si hubiera nacido para gobernar. Hanzade es como un halcón. No porque fuera agresiva, sino porque observaba antes de actuar. Desde niña poseía una mirada atenta, capaz de descubrir aquello que otros pasaban por alto. Era paciente, astuta y difícil de intimidar; podía permanecer en silencio mientras los demás hablaban, esperando el momento exacto para intervenir. Y cuando lo hacía, nunca desperdiciaba un movimiento. Suleimán lo comprendió desde que ella era pequeña. Su hija no necesitaba que nadie se interpusiera por ella cada vez que encontraba un obstáculo. Hanzade prefería aprender a sortearlo por sí misma. Como un halcón, podía mantenerse en lo alto, observarlo todo y esperar… hasta encontrar el instante perfecto para descender. Cuando creció, se casó a los dieciséis años con un pasha cuya edad triplicaba la suya. Obligada, aceptó la ceremonia pero apenas unos días después, el pasha falleció por una causa extraña. Suleimán sabía quién había sido la causante, pero decidió callar. Y así ocurrió con los tres matrimonios que siguieron, todos y cada uno de ellos acabaron sin vida tras desposar a la hija mayor del sultán Suleimán. Fue así como recibió el apodo de “la esposa de la muerte”. Nadie en el palacio osaba pronunciar su nombre sin un deje de cautela. Las concubinas bajaban la mirada a su paso, los eunucos se apartaban con premura y hasta los visires medían sus palabras cuando ella estaba presente. No era crueldad lo que inspiraba Hanzade, sino algo más profundo y más difícil de nombrar: la certeza de que nada se le escapaba. Su madre, Gulfem Sultán, había aprendido a vivir en la penumbra del harén, sin favores ni poder, resignada a un lugar que nunca eligió. Pero Hanzade no había heredado su resignación. Había heredado, en cambio, la mirada fría de su padre y esa paciencia peligrosa que solo tienen quienes saben que el tiempo trabaja a su favor. Dicen que la madre sultana Ayşe Hafsa la evitaba. No por miedo, pues una madre sultana no teme a nadie, sino porque sabía que Hanzade no era una nieta que pudiera moldearse. Era un halcón criado entre gaviotas tarde o temprano, extendería las alas y volaría por encima de todas ellas. Suleimán, que había visto crecer a sus otros hijos entre halagos y ambiciones, reconocía en Hanzade algo distinto. No la ambición ruidosa de quien busca el trono, sino la serenidad de quien ya se sabe destinada a algo grande. Nunca la reprendió por sus silencios, ni la obligó a sonreír donde no quería. La dejaba ser. Tras la muerte de su cuarto esposo, el palacio entero aguardó en vilo. ¿Habría un quinto? ¿Un sexto? Los pashas más veteranos comenzaron a rehuir los honores que antes codiciaban. Ningún hombre con dos dedos de frente deseaba convertirse en el siguiente nombre tachado de la lista. Y sin embargo, ninguno se atrevía a rechazar abiertamente una alianza con la hija predilecta del sultán. Hanzade, mientras tanto, no mostraba remordimiento alguno. Caminaba por los jardines del Topkapı con la misma calma de siempre, la mirada alta, las manos cruzadas por delante. Si alguien se atrevía a insinuar algo sobre sus difuntos esposos, ella respondía con una media sonrisa y una frase que helaba la sangre: —Qué frágil es la vida de los hombres… y qué poco acostumbrados están a que una mujer los mire a los ojos. Y nadie volvía a sacar el tema. #wattpad #elsultan

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