@adriasolapastor: La triste realidad de los hombres👣 #adriasolapastor #desarrollopersonal #productividad #emprendimiento

Adrià Solà Pastor
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Thursday 04 January 2024 16:30:56 GMT
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Comments

focato0
Foca :
Cómo que triste realidad, no es para nada triste eso
2024-01-04 20:48:05
849
erasmoramirez90
Erasmo Ramirez :
soy adulto funcional y sigo siendo niño asi de sencillo
2024-01-05 03:09:16
400
ldlm0308
Luis Daniel :
Yo soy maestro, vivo solo, no tengo hijos, no tengo familia cerca, pero jamás he perdido ni espíritu de Niño.
2024-01-05 13:39:51
202
josevazquez512
Jose Vazquez :
Facts
2024-01-07 03:10:53
14
carlosmumuso
Carlos Mumuso :
Nadie crece ni se construye solo, es lo hermoso de la vida, todos teneemos personas que nos socorrieron y nos ayudaron en algún momento crucial.
2024-01-05 04:19:50
551
christiantorres823
Christian Torres :
Si confirmo, me fui a otra ciudad y me di cuenta que si no trabajo no como, pero eso te hace crecer y creer en tus capacidades
2024-01-05 03:23:22
108
verstappia
verstappia :
buena Lance Stroll!
2024-01-05 21:18:45
26
romairl
Romaf1 :
Tremendo Lance stroll 🙌
2024-01-08 02:11:49
16
enzotdtt
Enzo Tdtt :
lo aprendí a mis 32 años
2024-01-05 00:44:06
221
albertoarana309
albertoarana309 :
Un hombre nace cuando aprende a confiar en Dios, no en si mismo
2024-01-06 08:32:28
18
regiglim
Regi :
Lance Stroll
2024-01-08 01:42:12
5
rick_6222
Rick :
esos que siguen con sus videojuegos a las 30 😂😂😂😂😂
2024-01-05 03:51:58
25
eli_azu
🌙 𝓔𝓵𝓲 💫 :
No solo el hombre también las mujeres, todos los humanos debemos y somos responsables de nuestra propia vida
2024-01-06 17:52:45
22
danielgarmendia77
danielgarmendia77 :
El Estado tiene el DEBER de ayudarte, porque somos nosotros,los ciudadanos, quienes pagamos con el fruto de nuestro trabajo los impuestos .
2024-01-05 19:20:34
17
emanuel.bp
Emanuel :
ES LANCE STROLL
2024-01-07 12:57:33
5
narutoytanjiro3.1416
NarutoyTanjiro3.1416 :
Con el solo hecho de llorar todos los dias hasta los 8 años esperando que alguien llegue a salvarte, ahí me di cuenta que solo yo puedo salvarme.
2024-01-07 00:19:24
6
jcsantos_704
Jc Santos :
100% de acuerdo.
2024-02-18 01:32:57
47
xmgeovanny
Geovany :
A luchar con Dios al lado para lograr
2024-01-05 21:53:21
17
elalexrose
Alex Rose :
Yo estoy consciente de esa realidad pero sigo siendo un niño
2024-01-05 01:41:40
74
felipe.450
FELIPE RAMOS RISCO HAMAHIK :
Yo soy un niño de 54 años. Mi deber es proteger y cuidar. Soy un niño feliz
2024-01-06 20:05:42
8
luisrey_mma
luisrey_mma :
pase por eso y fue decepcionante para mí y caí en una confusión de tristeza, pero Cristo me salvó y me di cuenta que nunca estuve solo 💯
2024-01-05 14:52:59
9
yo_soy_carol1
Carol soy yo :
También le pasa a las mujeres
2024-01-05 15:57:32
196
integra.tu.sol
Integra tu sol :
No estoy de acuerdo para nada de hecho la transición de niño a hombre ocurre cuando se permite ser vulnerable, pedir ayuda y expresarse emocionalmente de una modo sano
2024-01-06 16:33:30
307
noeleon99
Noel sal y limón :
diras las personas en general 🤨
2024-01-05 10:03:37
34
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“Historia de una seguidora. La primera vez que cargué a mi hija en brazos, yo tenía una pulsera del hospital en una mano… y una esposada a la cama en la otra. Sí, arrancamos fuerte. —Felicitaciones, mamá —me dijo la enfermera, con esa sonrisa que usan las personas que no saben si darte un abrazo o llamar a un terapeuta. Yo miré a mi bebé y sentí que el corazón se me partía en pedacitos, como galletita barata en mate cocido. Era tan chiquita, tan perfecta, tan ajena a todo el desastre que era yo. Yo estaba presa por haber hecho una estupidez monumental. No voy a mentir: no era una santa. Si la vida fuera una película, yo era ese personaje que uno mira y dice: “Amiga, ¿por qué tomaste todas las malas decisiones seguidas?” Pero cuando la vi a ella, supe algo con una claridad dolorosa: mi hija merecía una vida donde el sonido de las rejas no fuera una canción de cuna. Tres días después vino la trabajadora social. —¿Estás segura? —me preguntó, sentándose frente a mí con una carpeta enorme. —No —le dije llorando—. Pero estoy segura de que conmigo no va a estar mejor. Firmar esos papeles fue como arrancarme un pulmón con una cucharita. Le besé la frente, le acomodé la mantita y le susurré: —Perdoname, mi amor. Ojalá un día entiendas que te dejé ir porque te amaba demasiado como para condenarte a mi vida. Y ahí se la llevaron. Yo me quedé sola en esa habitación, con los brazos vacíos y la sensación de que alguien me había sacado el alma por la nariz. --- Pasaron los años. Salí de la cárcel. Intenté rehacer mi vida. Lo cual suena muy inspirador, pero en realidad fue más tipo: “Bueno, hoy no robé nada, no me peleé con nadie y comí fideos sin llorar. Vamos progresando.” Conseguí trabajo limpiando en una pensión, alquilé una pieza mínima con humedad artística en las paredes y me prometí dos cosas: 1. Nunca volver a meterme en problemas. 2. Nunca buscar a mi hija. No porque no la amara. Sino porque pensaba que ya tendría una vida buena, una familia decente, una madre normal que no supiera abrir una cerradura con un clip. A veces, en secreto, calculaba su edad. “Hoy cumple diez.” “Hoy cumple quince.” “Hoy seguro me odia.” “Hoy capaz está enamorada.” “Hoy probablemente tiene una madre mejor.” Y después me retaba sola: —Basta, Marta, dejá de torturarte y andá a colgar la ropa. --- A los cincuenta y ocho años me desmayé fregando un baño. Romántico, ¿no? No en París, no en un spa, no en brazos de un millonario viudo. En el baño de una pensión, al lado de un balde con lavandina. Cuando desperté, estaba en un hospital. Un médico me hablaba, pero yo escuchaba todo como si estuviera bajo el agua. —Necesitamos hacer estudios… hay una infección severa… y una complicación cardíaca… Yo apenas levanté una ceja. —Doctor, dígamelo en idioma pobre. —Que está grave —me respondió con honestidad. —Ah. Bueno. Gracias por la sinceridad, al menos no me lo vendió como promo. Me internaron. Yo estaba sola. Sin marido, sin familia, sin nadie que me alcanzara ni una mandarina. La señora de la cama de al lado tenía cinco visitas por día, flores, revistas y hasta una nuera que le llevaba sopa casera. A mí me dejaron un vaso de gelatina y un control de tele sin pilas. La vida, siempre tan considerada. Al segundo día entró una médica joven. Pelo recogido, guardapolvo impecable, cara de no dormir hace una semana y aun así parecer salida de una propaganda de pasta dental. —Buenos días, soy la doctora Ana Ferrer. Voy a revisar sus análisis. Yo asentí, derrotada. —Doctora, si me voy a morir, avíseme con tiempo así me peino. Ella soltó una risita. Una risita chiquita, involuntaria. Y algo en esa risa me apretó el pecho. Me revisó con mucha delicadeza. Demasiada, incluso. —¿Tiene familiares a quien llamar? —preguntó sin mirarme. —No. —¿Nadie? —Mire, doctora, si me muero, mis únicas herederas son dos plantas secas y una frazada con olor a humedad. Ella se quedó quieta. Después me miró. Y vi sus ojos. Sentí un golpe en el estómago. Porque esos ojos… eso
“Historia de una seguidora. La primera vez que cargué a mi hija en brazos, yo tenía una pulsera del hospital en una mano… y una esposada a la cama en la otra. Sí, arrancamos fuerte. —Felicitaciones, mamá —me dijo la enfermera, con esa sonrisa que usan las personas que no saben si darte un abrazo o llamar a un terapeuta. Yo miré a mi bebé y sentí que el corazón se me partía en pedacitos, como galletita barata en mate cocido. Era tan chiquita, tan perfecta, tan ajena a todo el desastre que era yo. Yo estaba presa por haber hecho una estupidez monumental. No voy a mentir: no era una santa. Si la vida fuera una película, yo era ese personaje que uno mira y dice: “Amiga, ¿por qué tomaste todas las malas decisiones seguidas?” Pero cuando la vi a ella, supe algo con una claridad dolorosa: mi hija merecía una vida donde el sonido de las rejas no fuera una canción de cuna. Tres días después vino la trabajadora social. —¿Estás segura? —me preguntó, sentándose frente a mí con una carpeta enorme. —No —le dije llorando—. Pero estoy segura de que conmigo no va a estar mejor. Firmar esos papeles fue como arrancarme un pulmón con una cucharita. Le besé la frente, le acomodé la mantita y le susurré: —Perdoname, mi amor. Ojalá un día entiendas que te dejé ir porque te amaba demasiado como para condenarte a mi vida. Y ahí se la llevaron. Yo me quedé sola en esa habitación, con los brazos vacíos y la sensación de que alguien me había sacado el alma por la nariz. --- Pasaron los años. Salí de la cárcel. Intenté rehacer mi vida. Lo cual suena muy inspirador, pero en realidad fue más tipo: “Bueno, hoy no robé nada, no me peleé con nadie y comí fideos sin llorar. Vamos progresando.” Conseguí trabajo limpiando en una pensión, alquilé una pieza mínima con humedad artística en las paredes y me prometí dos cosas: 1. Nunca volver a meterme en problemas. 2. Nunca buscar a mi hija. No porque no la amara. Sino porque pensaba que ya tendría una vida buena, una familia decente, una madre normal que no supiera abrir una cerradura con un clip. A veces, en secreto, calculaba su edad. “Hoy cumple diez.” “Hoy cumple quince.” “Hoy seguro me odia.” “Hoy capaz está enamorada.” “Hoy probablemente tiene una madre mejor.” Y después me retaba sola: —Basta, Marta, dejá de torturarte y andá a colgar la ropa. --- A los cincuenta y ocho años me desmayé fregando un baño. Romántico, ¿no? No en París, no en un spa, no en brazos de un millonario viudo. En el baño de una pensión, al lado de un balde con lavandina. Cuando desperté, estaba en un hospital. Un médico me hablaba, pero yo escuchaba todo como si estuviera bajo el agua. —Necesitamos hacer estudios… hay una infección severa… y una complicación cardíaca… Yo apenas levanté una ceja. —Doctor, dígamelo en idioma pobre. —Que está grave —me respondió con honestidad. —Ah. Bueno. Gracias por la sinceridad, al menos no me lo vendió como promo. Me internaron. Yo estaba sola. Sin marido, sin familia, sin nadie que me alcanzara ni una mandarina. La señora de la cama de al lado tenía cinco visitas por día, flores, revistas y hasta una nuera que le llevaba sopa casera. A mí me dejaron un vaso de gelatina y un control de tele sin pilas. La vida, siempre tan considerada. Al segundo día entró una médica joven. Pelo recogido, guardapolvo impecable, cara de no dormir hace una semana y aun así parecer salida de una propaganda de pasta dental. —Buenos días, soy la doctora Ana Ferrer. Voy a revisar sus análisis. Yo asentí, derrotada. —Doctora, si me voy a morir, avíseme con tiempo así me peino. Ella soltó una risita. Una risita chiquita, involuntaria. Y algo en esa risa me apretó el pecho. Me revisó con mucha delicadeza. Demasiada, incluso. —¿Tiene familiares a quien llamar? —preguntó sin mirarme. —No. —¿Nadie? —Mire, doctora, si me muero, mis únicas herederas son dos plantas secas y una frazada con olor a humedad. Ella se quedó quieta. Después me miró. Y vi sus ojos. Sentí un golpe en el estómago. Porque esos ojos… eso

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