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Un día después de mi muerte, mi madre entrará a mi cuarto, se sentará a la orilla de la cama y, mirando mi ropa, confundida pensará en que, a pesar de muchas fallas, siempre fui un niño bueno, su flaquito, su niño chiquito. En ese momento, entenderá todas las cosas que me hacían sentir mal: críticas, burlas, rechazos... comprenderá cómo me sentía al saber que siempre fui la oveja negra de la familia. Llorará desconsolada, porque dice que siempre fui lo que ella deseaba, y quizás esa fue la razón por la que la hacía feliz con mis chiste, payasadas y preguntas sin sentido. Reflexionará sobre lo que hizo mal, aunque seguramente se culpará, pero entenderá que jamás cometió un error. Siempre fue la mejor mamá: me protegió, se preocupó por mí y siempre me decía “Pórtate bien”. Se dará cuenta del dolor y las cosas que oculté bajo mi sonrisa y acciones juguetonas, cosas que nunca le conté para no preocuparla. Debo aceptar que, a pesar de todo, jamás me juzgó por lo que era.
2026-08-03 07:06:36